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Nido de caranchos

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En un bonito libro que salió el año pasado, Del come rico­nocsere i santi -identificación confiada al relato de Stefano Jaco­muzzi y e! diseño de Gigi Cappa Bava- se narra un episodio de la infancia de San Luis Gonzaga. Un pariente, viéndolo jugar, le preguntó qué haría si supiera que había de morir pocos minu­tos después; y el niño, tranquilo, respondió: «Seguiría jugando.» Si esta anécdota es fidedigna, Luis se merece la aureola por ella bastante más que por otros gestos compungidos, que una oleo­grafía a menudo fastidiosamente pudibunda le atribuye y que no están a la altura de la grandeza de los verdaderos santos, los cuales no son vacilantes meapilas sino azarosos navegantes en el mar inexplicable de la existencia.


Este apólogo sugiere muchas cosas. En primer lugar, la es­túpida y amonestadora gravedad del adulto, que necesita darse importancia con pensamientos elevados porque no es capaz de vivir, tan sólo vivir: necesita tener metas y compromisos que le distraigan de esta impotencia, no sabe ir errante puesto que siempre ha de ir a algún sitio, desprecia la fútil hora presente y la programa con vistas al futuro. Cuando este adulto ve que al­guien, como el niño, vive y juega descuidado de preocupaciones y fines, no tolera la presencia a su lado de esa libertad que le hace sentirse humillado por su ampulosa miseria, y recurre a la autoridad represiva más alta, a la muerte, que ostenta la plena solemnidad de toda autoridad: cualquier rito, aun el más ino­cente como la inauguración de un año académico o de una ex­posición, es de alguna manera un rito fúnebre; quien corta la cinta o pone la primera piedra es siempre, un poco, uno que arroja con decoro un puñado de tierra.

El familiar de Luis quiere que el niño no piense en el juego, sino en la muerte o futuro, porque la muerte es la culminación de todo futuro. Dada su angosta devoción, quizás tenga inten­ción de conducirlo al pensamiento de la fe, pero el niño sigue jugando precisamente porque está inundado por la Gracia, por el Evangelio que invita a dejar que cada día lleve su pena sin acrecentada con la de! mañana, a no destruir la vida con la preo­cupación de conservada. El juego del niño -no sé por qué, pero me le imagino sencillamente corriendo de un lado para otro- se basta a sí mismo, no necesita nada más, ni plegarias ni cartillas ni mociones conclusivas. Se asemeja a la felicidad sin llevar con­sigo la estulta arrogancia que tiene a menudo cualquier supues­ta felicidad.

Es arduo acercarse a la infancia, a ese niño que corre de acá para allá en una carrera que contiene al mundo ya las cosas que son sus compañeras de juego. Es fácil hablar de los juguetes desde un punto de vista sociológico o pedagógico, estudiados como productos de una cultura impuesta y apreciar o deplorar sus efectos educativos; es inevitable anhelados con nostalgia sentimental cuando nos recuerdan nuestra infancia, una esta­ción que identificamos con la poesía de la vida mientras que sólo fue el tiempo de nuestro descubrimiento de la poesía de la vida, según modos y formas ni mejores ni peores que los de otras generaciones.

Al ser su cualidad esencial difícilmente accesible, el juguete se vuelve misterioso cual objeto donde se condensa e! absoluto presente de! niño que juega con él, la autosuficiencia de la rea­lidad repentinamente preñada de significado. No hay muchos niños -niños creíbles, no insoportables y falsos muñecos- entre los grandes personajes de la literatura universal, y tampoco hay muchos juguetes. Algunos grandes escritores, desde Hoffman a Baudelaire, han captado el aspecto enigmático o siniestro de los juguetes, la inquietante rareza que aparece de improviso en el hocico de un mono de trapo abandonado en el suelo o en la mueca de un papagayo.

Los cuentos de Hoffmann retratan magistralmente esta ambigüedad de los juguetes que transforma su familiar ternura en una amenaza, como si muñecas, soldaditos, caballitos meced o res y osos de trapo fueran también, o sobre todo, una armada nocturna que espera el momento de sublevarse enemiga, y mientras tanto se desborda pavorosa en los sueños y las pesadillas de quien hasta poco antes había estado jugando cariñosa mente con ella. Esta alevosa reticencia o perfidia, que ciertos es­critores dejan trasparentar en los caballeros de plomo o en los payasos de trapo, simboliza la oscura inquietud de la infancia, sus ambivalencias, los traumas y las escisiones, los dolores y las crueldades que marcan con profundas cicatrices el crecimiento de una persona. Un perro de trapo con sus bizcos ojos de cristal puede ser la primera epifanía de la indiferencia de las cosas, de la soledad y la melancolía de la vida.

Este aspecto del juguete es el más fácil de representar, pintar muñecas perversas no requiere demasiada fantasía. Es mucho más complejo atrapar el secreto de la familiaridad sin falseada en una papilla insulsa. Las exposiciones o los museos de juguetes son didácticos en general. Aunque no puedan evocar el no­tiempo del juego, hablan de la historia de cómo y cuándo fue­ron organizados, sugeridos o impuestos los juegos; alinean cate­gorías -aviones y osos, mecanos y robots- pero no ponen de manifiesto la irrepetible individualidad que un juguete adquie­re en la vida de una persona. El inevitable desacierto de casi to­dos los museos y las exposiciones es el del profesor, que siempre quiere enseñar y explicar algo en vez de mostrado sin más, como hace la poesía; quizá el mejor museo sería un almacén sin pre­tensiones, excepto la de dar la posibilidad a cualquiera de ir a ver qué le gusta en ese momento, sin ser sometido a recorridos di­dascálicos e instalaciones funambulescas.

En el Museo de Historia Cultural de Lund, en una sala poco vis­tosa -que la atracción de una cercana y más ambiciosa exposición de cerámicas puede hacer que pase desapercibida- hay un modes­to y encantador mundo de juguetes, sencillamente agrupados unos con otros como si hubieran sido colocados en su sitio, pero no de­masiado, cuando los niños se han ido a dormir. Hay poquísimas explicaciones, ningún comentario; ni rastro de un catálogo. Los ju­guetes abarcan unos cien años de infancia, más o menos desde me­diados del siglo pasado hasta nuestros años cincuenta.

Una intimidad acogedora reina en la pequeña sala que al­berga encantos y tristezas de la infancia. Una intimidad que se encuentra por todas partes en esta antigua y pequeña ciudad sueca, con sus calles tranquilas, las casas bajas que muestran a través de las ventanas sin cortinas recogidos intérieurs domésti­cos, la catedral románica, robusta fortaleza de la fe, y la plurise­cular universidad, rica en tradiciones conservadas con lozanía. En Suecia se disfruta de la señorial y festiva curiosidad intelec­tual de gente que se interesa por otras cosas, por lo que llega del otro lado de la frontera, completamente libre de esa afanosa in­seguridad que condena a tantos pueblos y culturas (especial­mente en Mitteleuropa) a estar obsesionados por sí mismos y por su identidad, a requerir sin cesar atestados de estima y con­sideración. Una de las mayores injusticias de la vida es la mali­ciosamente reconocida por el Evangelio: a quien tiene le será dado, a quien no tiene se le quitará incluso lo poco que tiene. Quien está bien -individuo o pueblo-, quien se ve libre de la necesidad, el avasallamiento y la inferioridad a menudo es ge­neroso y simpático, mientras que quien está hambriento y es humillado, en algunas ocasiones se vuelve desagradable por su insistente y resentido afán de autoafirmación.

El hipopótamo de trapo del museo de Lund vale lo que el burro que el príncipe Myskin, el idiota de Dostoievski, ve pas­tar en el prado suizo y no logra olvidar. Corpulento como un bulldog de verdad, está todo deslustrado y rasgado, más arriba del hocico faltan los ojos de cristal, pero, en su lugar, las señales de la tela que se ha desgastado son dos ojos más auténticos: pa­recen la mirada miope y bonachona de quien no se fía demasia­do de las cosas, como ciertos simpáticos vejetes que se empeñan en no ponerse las gafas y entre cierran los párpados para mirar. El hipopótamo es tosco y gracioso, tiene las patas torcidas y un amplio trasero, el aire de quien va por ahí tambaleándose in­cierto y deseando tan sólo que se le deje en paz; es una pobre criatura que muestra en sus lomos todos los palos que la vida y la historia le han infligido, pero les contrapone una tranquila dignidad toda suya subrayada por los remiendos.

Cerca de él, una oveja mecedora pierde un poco del todavía tupido pelo rojizo, hay muñecas acomodadas en lindas y cálidas casitas con los tejados a dos aguas, un trencito se ha parado al lado de una silla, soldados a pie y a caballo dibujan la embaru­llada geometría de una batalla y sugieren el pathos de estar a la defensiva contra el caos, algunos cubos componen sobre una balda móviles figuras, alteradas de vez en cuando por una cara del cubo colocada en una posición equivocada, bizarras e ino­centes quimeras. Los juguetes son viejos, delatan la índole dete­riorable de las cosas y de la existencia, la desolación de tantos días de la infancia, pero también una tenaz resistencia contra la consunción. El hipopótamo le planta cara a la intemperie del tiempo no menos esforzadamente que los húsares rojoazules; la vida ataraza, pero en el fondo un buen par de pantalones se pue­de remendar muchas veces.

Me gustaría escuchar la historia del hipopótamo, saber qué ha visto, en qué habitaciones fue zarandeado y mimado, cuál ha sido el destino de quien jugó con él. Ese hocico huraño repro­cha que siempre se deje de jugar demasiado pronto; también con todos los demás juguetes, obviamente, por ejemplo los elec­trónicos, no menos seductores para la fantasía que las viejas construcciones con los cubos de madera. Fuera de esta sala, la vida adulta concede bastante poco a la seriedad y la pasión del juego, las sofoca con la frivolidad del compromiso. Jugar, de por sí, sería fácil; cualquier cosa puede convertirse en un juguete, una caja de cerillas vacía, un botón. Un amigo pediatra me ha contado de un niño gravemente enfermo de leucemia que, nada más acabar con el gota a gota, cogía el asta de metal usada para colgar los medicamentos y echaba a correr esgrimiéndola por los pasillos: en aquel momento estaba en unos divertidos autos de choque de un parque de atracciones. No es necesario leer las vi­das de los santos para ver cómo se debería vivir.

9 de diciembre de 1990
Claudio Magris, El infinito viajar
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La placa en la puerta, por previsible que sea, suscita una in­negable emoción: no estamos acostumbrados a considerar ese nombre, Dostoievski, como el de un inquilino. Dostoievski em­pero, no sólo vivió en este apartamento del primer piso de la ca­lle Kaznachéiskaia 11 en Leningrado, escribiendo en sus habita­ciones Crimen y castigo, sino que fue poeta de estos rellanos, de cuartitos abuhardillados y escaleras mal iluminadas, de las es­cuálidas viviendas populares donde Raskólnikov se abandona a su delirio de elevarse por encima del bien y del mal.


Con un genio en el que la caridad cristiana se entrelazaba con la más turbia experiencia del nihilismo moderno, Dos­toievski mostró cuán trágica y al tiempo ridículamente banal es la seducción transgresora, que invita a infringir la ley moral en nombre del insondable y fangoso fluir de la vida; sus héroes, como Raskólnikov o cada uno de nosotros, son grandes en el su­frimiento y a la postre en la protervia que induce a dejarse des­lumbrar por la bazofia del mal, interpretando al pie de la letra los primeros libros que se ponen a tiro, devorados apresurada­mente y mal digeridos. Tal vez sólo Dante haya logrado en igual medida hacer hablar a sus personajes desde el interior de sus dramas, sin arrollados con el decálogo de valores en que creía firmemente. Dostoievski no impone ni siquiera a sus figuras más abyectas, a la voz de su desgarrada depravación, el Evange­lio; es más, es precisamente éste el que le intima a escuchar, sin censuras, las expresiones más disonantes del corazón humano. En esa Divina comedia moderna que es su narrativa, los cercos dantescos se han transformado en las escaleras y los pasillos os­curos de los barrios populares de la metrópoli, el paisaje más verdadero de nuestra poesía, nuestro teatro del mundo.

La visita a esta casa va incluida en el más adocenado pro­grama turístico de todo viaje a Leningrado, lo cual no disminu­ye sin embargo el encanto y la sorpresa al atravesar su umbral. Junto a la entrada hay un bastón, un paraguas y un sombrero; poco más adelante, en la habitación de los hijos, un caballito mecedor con la crin cerdosa, una muñeca, un tintero azul, el cuaderno en que su mujer anotaba el balance doméstico, con las entradas y las salidas. En estas habitaciones flota el misterio de la vida vivida, y no sólo porque quien la vivió se llama Dos­toievski; en torno a los objetos se ha condensado la existencia que han pautado, el tiempo transcurrido deslizándose a través de ellos hacia la nada, el ritmo cotidiano, el placer y la desilu­sión, ese incrédulo estupor con el que se llega al final de un día y de la vida. Las tacitas de café son de color marrón, sobre la mesa hay una caja con té muy fuerte, el escritorio está recubier­to con un paño verde, el icono vela con discreción por el orden doméstico y por una fantasía febril, algunos cigarrillos Laferme parecen salvados sólo provisionalmente de la consumición que, hace más de un siglo, transformó a sus compañeros de paquete en humo y ceniza.

En estas habitaciones donde fue escrito Crimen y castigo no se imagina el ritual de un gran escritor, sino más bien el gesto de quien, de vuelta a casa, deja el sombrero en su sitio. Qué irreal parece, en comparación, la casa museo de Gorki visitada días atrás en Moscú, en la calle Kacalova 6/12, un palacete cons­truido a comienzos de siglo por el millonario Riabusinski.

En aquella casa, donde Gorki vivió desde 1931 hasta su muerte en 1936, casi hay sólo literatura, una mesa alrededor de la que se desarrollaban las reuniones de la Asociación de Escri­tores presididas por él; incluso sus libros en los estantes parecen los que un hombre tiene en una biblioteca para mostrarla al pú­blico más que los sostenidos por él entre las manos en un mo­mento dado por pasión o por azar. En las fotografías se ve a Gorki, con sus ojos oblicuos y sus espesos bigotes paternales, en­tre delegaciones de autores o grupos de colegiales de visita en b casa del Gran Escritor. En esta bella casa modernista hay mucho de institución literaria, que mal soporta la vida; de hecho, antes de que Gorki viviera en ella era la sede de la Editorial de Esta­do. Está la mesa con sus plumas y lapiceros, pero tales señales de la aventura de escribir son avasalladas por las de la administra­ción de la escritura y de la obra escrita; las fotografías captan momentos ejemplares, los chicos no han venido a jugar sino a admirar al célebre autor, alejado aquí en apariencia de su ver­dad, de los vagabundos y los bajos fondos de sus historias. Como en todas las ocasiones rituales de la república literaria, el escritor hace aquí algo diferente, representa otro papel que, se­gún los casos, puede ser meritorio, culpable o vacuo, pero no tiene nada que ver con la escritura, del mismo modo que una conferencia de sexología es algo muy distinto del amor y el sexo.

La culpa no es de Gorki, el cual-como escribe Vittorio Stra­da- ocupa dignamente en la historia literaria «un significativo lugar secundario, diferente del ocupado por el gran visir del rea­lismo», que le ha sido asignado por la tradición soviética; y tam­poco lo es del realismo socialista al que Gorki representaba en aquellos años. Un escritor en cuanto tal, sencillamente, no pue­de ser representante de nada, ni siquiera de las instituciones me­nos peligrosas del realismo estalinista. Quizá fuera Goethe el úl­timo poeta que pudo conciliar -y también él pagando un precio elevado-la poesía con un papel representativo. La idea de Bau­delaire como exponente oficial de algo, aunque se tratara de la transgresión o de las flores del mal, es ridícula, inconciliable con su grandeza. Acaso por ello los grandísimos del siglo XX fueron los escritores como Svevo o Kafka, a quienes la suerte benévola preservó de la posibilidad y, por consiguiente, del peligro de convertirse en figuras oficiales de la sociedad literaria.

El escritor no puede encarnar nada, ni una tendencia ni un mundo poético, puesto que son auténticos sólo hasta que los ex­presa tal como los vive, sin preocuparse de lo que les sucederá ni del efecto que causarán sobre la realidad. Cuando se ocupa y se preocupa por ellos, aun por un sentido de alta responsabilidad moral, acaba su aventura poética y comienza su gestión de la misma, que ha de tener en cuenta tantas otras cosas y conse­cuencias ajenas a ella. En Los Buddenbrook, Thomas Mann ha narrado una grandiosa fábula lubeckense de la declinante socie­dad burguesa. Pues bien, cuando el éxito de su obra maestra lo transformó en el representante de ese mundo, tuvo que conver­tirse en responsable guardián y pedagogo de él; sus bellísimos y limados ensayos ciceronianos sobre Lubeck y la civilización hanseática son espléndidas conferencias, pero algo muy diferen­te de la poesía de Los Buddenbrook, porque sobre ellos pesa el sa­crificio de quien sienta cabeza para hacerse cargo de su familia y a la familia cabría llamada, según el empeño personal, la re­volución, el progreso, el orden, la libertad, la batalla contra la re­presión.

La contradicción puede ser dramática porque el escritor tie­ne todos los deberes de cada hombre, que no puede sacrificar al arte; es responsable frente a su familia, al país, la libertad, la jus­ticia y los demás. También se le puede pedir que renuncie al arte por algo más elevado: Esquilo quiso que en su epitafio fuese re­cordada su milicia en Maratón, no su obra poética; y no pre­tendió combatir por su patria en calidad especial de poeta trági­co, a sabiendas de que podía y debía hacerla solamente como simple ciudadano, como todos los demás.

Cuando la realidad llama a responsabilidades ineludibles, se puede o no deponer la pluma, pero sin hacerse ilusiones con que las prestaciones anteriores atribuyan una autoridad especial al ejercicio de ese deber moral. No molesta que Gorki recibiese a los colegiales, incluso es un gesto simpático que sustrajese horas a su quehacer literario para dedicárselas a ellos, lo molesto es que esos encuentros que habrían debido ser algo obvio, sencillo y natural se conviertan, en las fotografías, en algo excepcional pese a su frecuencia, en algo edificante. Algunas veces el escritor debe tener la humildad de usar la pluma también al servicio de una causa, pero sabiendo que, en ese momento, no está hacien­do de escritor. Los discursos de Thomas Mann contra la Ale­mania nazi pueden valer, en determinado nivel, más que sus no­velas, pero son otra cosa, se expresan en un lenguaje que no tiene nada que ver con el del espíritu del relato.

Hoy el escritor no corre el riesgo de representar una ideolo­gía o una poética de régimen, como Gorki, sino el igualmente grave de convertirse en el speaker a jornada intensiva de la insti­tución literaria que se reproduce taurológicamente a sí misma, en el participante de la mesa redonda permanente sobre la so­ciedad y la vida, en el experto de lo Real. La retórica, o sea, la organización y el engranaje del saber, requiere estos útiles ofi­cios, pero la poesía -por usar los términos de Michelstaedter­tiene que vérselas con la persuasión; es decir, con la lograda o fa­llida búsqueda encaminada a poseer la propia vida y a mirada a la cara sin preocupaciones diplomáticas. Biagio Marin cuenta que una vez, en Grado, una niña a la que le había dicho que era poeta le respondió con tono de chanza: «Los poetas están muer­tos.» Quizá estuviera en lo cierto porque, mientras vive, también el poeta, lo quiera o no, está inscrito en el colegio profesional de la realidad que obliga a lidiar con cautelas, deberes, medidas, compromisos, respetos humanos, limaduras y matices. Sólo cuando es expulsado de ese colegio, la poesía resplandece libre, desinteresada, regiamente despreocupada de todo lo demás.

18 de mayo de 1988
Claudio Magris, El infinito viajar
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Como en 2009 y 2010, se me dio por ir anotando los libros que leía. Insisto en que no se trata de lo bueno, malo, mucho o poco que leí, sino que sirve simplemente como una excusa contra la falta de memoria, y quizás algún dato cuirioso a futuro.


Enero
  • Perdón y olvido. Antología de cuentos (1960-2009), de Sergio Ramírez
  • Las imágenes de Los Beatles, de Tim Hill
  • Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez
  • ¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!, de Kenzaburo Oé
  • Palacios plebeyos, de Edgardo Cozarinsky

Febrero
  • Historias desaforadas, de Adolfo Bioy Casares
  • Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, de Kenzaburo Oé
  • ¿Quién mató a Bob Teal?, de Dashiell Hammett
Marzo
  • Historias de Cronopios y de Famas, de Julio Cortázar
  • Sicilia, de Ismael Grasa (abandonado)
  • Menos que cero, de Bret Easton Ellis
  • Las ciudades invisibles, de Ítalo Calvino
  • El mundo como supermercado, de Michel Houllebecq
  • Muchacha Punk, de Rodolfo Fogwill

Abril
  • Kafka en la orilla, de Haruki Murakami
  • Metafísica del amor, de Arthur Schopenhauer
Mayo
  • Alimentar la mente, de Lewis Carroll
  • Un reloj hace tictac en Navidad / Sustancia de locura, de Patricia Highsmith
  • La guerra del fútbol y otros relatos, de Ryszard Kapuscinski
  • Una belleza rusa, de Vladimir Nabokov

Junio
  • Después del rock. Psicodelia, postpunk, electrónica y otras revoluciones inconclusas, de Simon Reynolds
  • Dublineses, de James Joyce

Julio
  • Borges va al cine, de Gonzalo Aguilar y Emiliano Jelicié.

Agosto
  • Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett
  • El amigo de Baudelaire, de Andrés Rivera
  • La presa, de Kenzaburo Oé (leída a dos voces)
  • El hombre que corrompió a una ciudad, de Mark Twain

Septiembre
  • El jugador, de Fiodor Dostoievsky
Octubre
  • La invención de la fotografía. La imagen revelada, de Quentin Bajac
Noviembre
  • Arrancad las semillas, fusilad a los niños, de Kenzaburo Oé
  • Con la esperanza entre los dientes, de John Berger
  • Todos los hombres son casados, de Roxana Ukmar
Diciembre
  • La muerte lenta de Luciana B., de Guillermo Martínez
  • Cuentos glaciales, de Jacques Sternberg
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