sábado, 20 de agosto de 2011

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Lavalle 780

El estreno de La fuga fue el miércoles 28 de julio de 1937 (en aquella época los estrenos podían ser cualquier día de la semana, y no necesariamente los jueves). Aunque podría haber asistido unos días antes, no es imposible imaginar que Borges haya elegido esa fecha para ir a ver el film de Saslavsky. Según esta hipótesis, habría sido parte de una escena inverosímil a los ojos de hoy: habría estado entre los casi mil setecientos espectadores que, a sala llena, se daban cita esa noche en el Cine Teatro Monumental de Lavalle 780. La sala subsiste, aunque totalmente remodelada. O sería mejor decir "diseccionada", ya que en las sucesivas reformas que sufrió a partir de la década del setenta, el Monumental se fue convirtiendo de a poco en un edificio mutilado por las exigencias comerciales. Si bien se mantienen faustos de moldura s, vitrales, bronces y mármoles de la construcción original, el espacio de exhibición se modificó drásticamente y quedó dividido en cuatro salas: la más grande, de 1.096 butacas; la mediana, de 480; y las dos más pequeñas, de 200 butacas cada una.


El Monumental fue innovador en varios sentidos. Inaugurado el 23 de mayo de 1931 por los empresarios Coll y Di Fiore (también propietarios de los cines Hindú y Renacimiento), impresionaba por su diseño art-déco, en boga en la arquitectura del momento, y por la fastuosidad de su estructura, con oficinas en las plantas altas y salones y confiterías en el subsuelo. La sala principal estaba equipada con los proyectores más avanzados y costosos de la época, los Super-Simplex, que instalaba la casa Max Glücksmann. A Coll y Di Fiore, además, se les había ocurrido invertir en un curioso aparato de refrigeración de la marca Carrier que anticipaba el aire acondicionado y era una rareza en los años treinta. Una crónica de La Nación a raíz de la inauguración de la sala se entusiasmó con estas innovaciones y señaló que el Monumental "constituye una nota de gran relieve en el progreso de nuestra metrópoli".

La otra nota de relieve se la lleva el hecho de que, hacia 1934, el Monumental comenzaba a tener un papel influyente en la promoción de films nacionales. Como en la mayoría de los exhibidores, en el Monumental estaban acostumbrados a trabajar con material de distribuidoras extranjeras, que inundaban el mercado de copias desde la época del mudo. A pesar de los compromisos asumidos con esas distribuidoras, el 24 de octubre de 1934 Coll y Di Fiore decidieron probar suerte con la comedia Ídolos de la radio, cono éxito de público que empezaron a optar por incorporar más films argentinos a los programas. La medida llegó a provocar una querella de la British Company y de otras distribuidoras que reclamaban volver a las pautas de programación anteriores, ya que en las funciones dobles del Monumental los films extranjeros quedaban como material de relleno.

Prácticamente todos los clásicos nacionales de la segunda mitad de los años treinta fueron exhibidos en la llamada "catedral del cine argentino". Los espectadores se amontonaban en el hall de entrada para ver de cerca a los actores, que asistían a los estrenos para ser entrevistados y fotografiados. Un cronista llamado Adolfo Avilés, muy conocido por sus transmisiones en vivo en Radio Splendid, se ubicaba en el interior de la sala y comentaba el film escena por escena. La gente que había quedado fuera de la función (las entradas se agotaban rápido; una sola película era capaz de llenar la sala diariamente y durante varias semanas) al menos tenía el consuelo de escucharla en la radio. Los oyentes percibían las risas y murmullos de la sala; el cronista contaba todo menos el final. Al día siguiente, muchos de esos oyentes corrían a comprar las entradas para ver con sus propios ojos el espectáculo prometido.

Borges va al cine, de Gonzalo Aguilar y Emiliano Jelicié, Buenos Aires, Libraria, 2010.
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