viernes, 23 de diciembre de 2011

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Cena navideña

En Nochebuena estoy sentado en el comedor principal del Chasen's con mis padres y mis hermanas y es tarde, las nueve y media o diez. En vez de comer, miro el plato y paso el tenedor por la comida y me quedo abstraído haciendo un caminito entre los guisantes. Mi padre me sobresalta al servir más champán en mi copa. Mis hermanas parecen aburridas. Están morenas y hablan de amigas anoréxicas y de un modelo de Calvin Klein y me parecen mayores de lo que recuerdo, sobre todo cuando alzan sus copas cogiéndolas por el pie y beben lentamente el champán; me cuentan un par de chistes que no entiendo y le dicen a mi padre lo que quieren por Navidad.

Hemos recogido a mi padre esa misma noche en su ático de Century City. Parecía que ya había descorchado, y bebido en su mayor parte, una botella de champán antes de que llegáramos. El ático de mi padre en Century City, al que se trasladó después de separarse de mi madre, es bastante grande y está muy bien decorado y tiene junto al dormitorio un gran jacuzzi que siempre está caliente y humea. Él y mi madre, que no se han visto demasiado desde la separación, que fue, creo, hace un año, parecían nerviosos y enfadados por tener que reunirse en vacaciones, y se han sentado uno frente al otro en el salón y solo han cruzado, creo, cinco palabras.

- ¿En tu coche? - ha preguntado mi padre.

- Sí -ha dicho mi madre, mirando el pequeño árbol de Navidad decorado por la criada de mi padre.

- Bien.

Mi padre termina su copa de champán y se sirve otra. Mi madre pide pan. Mi padre se limpia la boca con la servilleta, se aclara la voz y yo me pongo tenso, pues sé que nos va a preguntar lo que queremos por Navidad, aunque mis hermanas ya se lo han dicho. Mi padre abre la boca. Yo cierro los ojos y él pregunta si alguien quiere postre. Un anticlímax total. Se acerca el camarero. Le digo que no. No miro demasiado a mis padres, me limito a pasarme la mano por el pelo, con ganas de tener algo de coca, o lo que sea, que me ayude a soportar todo esto y paseo la mirada por el restaurante, que solo está medio lleno; los clientes murmuran cosas entre ellos y oigo sus susurros y comprendo que todo esto se reduce a que soy un chico de dieciocho años con el pelo rubio y que me tiemblan las manos y he empezado a ponerme moreno y estoy medio colocado en Chasen's, en Doheny esquina Beverly, esperando a que mi padre me pregunte lo que quiero por Navidad.

Nadie habla demasiado y a nadie parece importarle, y menos que a nadie a mí. Mi padre menciona que uno de sus socios ha muerto de cáncer de páncreas hace poco y mi madre menciona que a una conocida suya, con la que jugaba al tenis, le han hecho una mastectomía. Mi padre pide otra botella -¿la tercera o la cuarta?- y habla de un negocio que tiene entre manos. La mayor de mis hermanas bosteza picoteando su ensalada. Yo pienso en Blair allí sola en su cama acariciando aquel gato negro estúpido y en el cartel que dice: «Desaparezca aquí». Y también en los ojos de Julian y me pregunto si es¬tará vendiendo y pienso en que a la gente le da miedo mezclarse y en el aspecto que tiene la piscina por la noche, con el agua iluminada, resplandenciendo en el jardín.

Entra Jared, no con el padre de Blair, sino con una modelo muy famosa que no se quita el abrigo de pieles y Jared no se quita las gafas de sol. Otro hombre al que conoce mi padre, alguien de la Warner Brothers, se acerca a nuestra mesa y nos desea feliz Navidad. No escucho la conversación. En lugar de eso miro a mi madre, que tiene la vista clavada en su copa y una de mis hermanas le cuenta un chiste y ella no lo entiende y pide más bebida. Me pregunto si el padre de Blair sabrá que Jared está en Chasen's esta noche con una modelo muy famosa. Espero no tener que hacer esto nunca más.

Fragmento de Menos que cero, de Bret Easton Ellis
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