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Germán Cáceres ejercitó con similar pericia la novela, el teatro –había estudiado dramaturgia con Mauricio Kartun-, dejó también su impronta en la literatura infantil y juvenil y no desatendió la ciencia ficción o más bien las anticipaciones transhumanistas en su libro Pesadilla galáctica, uno de los últimos que dio a la imprenta.

Germán Cáceres era el seudónimo de Fernando Abel Penelas, apellido que remite a una estirpe de dignos oficiantes en las letras. Su hermano menor, Carlos, poeta y galleguista de ley, colaboró en La Prensa desde los tiempos en que José Edmundo Clemente era director de la sección Cultura del diario. En cuanto a Fernando Abel, nacido en Avellaneda en 1938, solía confidenciar que comenzó a firmar así en tiempos de la última dictadura. Aunque para ser exacto con la fecha de inicio de esa casi heteronimidad a lo Pessoa, habría que consultar los diccionarios de seudónimos del investigador Mario Tesler.

Él adoptó el suyo precisamente con el propósito de ocultarse detrás de sus fantasmas literarios, más incorpóreos e inofensivos que los Falcones verdes, imprescindible soporte represivo de la tablita de Martínez de Hoz y la plata dulce en beneficio de unos pocos afortunados. O informados. En extremo sensible, también le dolía “como propia la cicatriz ajena”, por decirlo en los términos de Homero Manzi vertidos en el tango “Discepolín. Porque era un hombre solidario y comprometido con su pueblo, virtudes esas proclives a despertar el alerta de los servicios de inteligencia y el despegarse general en el “por algo será” en los años de plomo.

Germán Cáceres tuvo alma y oficio de narrador. De profesión contador, como el poeta santafecino José Pedroni o el actual presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, el erudito biógrafo de Borges, Alejandro Vaccaro, por parejo se llevaba apropiadamente con las letras y los números. Tal vez esa formación universitaria con rigor matemático, lo impulsó a entrever misterios ajenos a las evidencias de las cifras aritméticas. A indagar en zonas oscuras de la mente humana, como en el último conjunto de relatos que publicó: Por amor al crimen y en varios anteriores del género policial del que Borges, Castellani, Walsh, Denevi y María Angélica Bosco son nombres imprescindibles. E igualmente lo habrá inducido a jugar con perspectivas novedosas y no siempre altruistas de la sociedad de consumo disimuladas en los balances de los oligopolios, tales algunas de sus páginas en la mejor tradición de la novelística de yuppies con dosis de humor negro norteamericana.

Ejercitó con similar pericia la novela, el teatro –había estudiado dramaturgia con Mauricio Kartun-, dejó también su impronta en la literatura infantil y juvenil y no desatendió la ciencia ficción o más bien las anticipaciones transhumanistas en su libro Pesadilla galáctica, uno de los últimos que dio a la imprenta. Esa obra fue ganadora en 2022 con el premio Qilqana de Novela Juvenil, en Lima (Perú) y es rica en visiones de futuro que tan pronto sobresaltan al lector como trasmiten en sus entrelíneas la preocupación del autor, de seguro conciente, sin ser en particular religioso, de la validez de aquella pregunta formulada en el año 2000 por nuestro poeta católico José María Castiñeira de Dios en su Cántico al Gran Jubileo: “¿No habrá cruzado el hombre los límites del hombre que le diste al crearlo?.”

Interesado por el cine, estudioso de la historieta en el país y atento a la irrupción del cómic, su ensayo: Oesterheld: la aventura sin fin, es un análisis ineludible sobre el creador de El Eternauta.

******

No bien comencé a tratarlo advertí su amabilidad traducida en la disposición al diálogo franco y extendido. Tengo presente la primera llamada que le hice. Fue una tarde para agradecerle que en una nota bibliográfica aparecida en el periódico "Desde Boedo" referida a un poemario de la común amiga bonaerense Nidia Olivera, elogiara el prólogo escrito por mí. Pronto vino el intercambio de correos electrónicos y de libros. Enseguida, ajenos por supuesto ambos al mercantil “do ut des”, puso su firma en comentarios a varios títulos míos en tanto yo publiqué, referidas a sus ficciones, sendas notas en Cultura de La Prensa el 20 de junio de 2021 y el 22 de mayo de 2022. Asimismo lejos Germán Cáceres de cualquier mezquindad, me vinculó con el amigable director de la lujosa revista mexicana Archipiélago, el arquitecto Carlos Véjar-Pérez Rubio quien a su instancia me invitó a sumarme al staff de sus colaboradores.

Por años mantuvimos quincenales encuentros nada rutinarios y en cambio siempre inaugurales de noticias y proyectos en la confitería La Tolva, en la esquina de Billingurst y Güemes, situada a un par de cuadras de su palermitano departamento de la calle Mansilla y avenida Coronel Díaz. En ocasiones se sumaba a nuestra mesa la novelista profesora Ana María Cabrera trayéndonos el obsequio de sus novelas históricas sobre Macacha Güemes y el jurista del siglo XIX que reivindicó los derechos de las mujeres, Cristián Demaría.

Continuó así la amistad, al calor de “las afinidades electivas” (Goethe dixit), con esa suerte de resquicio abierto a la felicidad que representan los amables rituales cumpliéndose; hasta que su salud comenzó a decaer y la mía me dio algún susto. Entonces tuvimos que resignarnos al lejano trato por WhatsApp entendiéndonos como podíamos entre palabras con letras disparatadamente cambiadas por el celular.

Por fortuna a finales de octubre hablé con él por el teléfono fijo. Nos despedimos prometiéndole una próxima visita. Como en un cuento policial suyo, el ladrón irrumpió de improviso el jueves 6 de noviembre último. Se llevó su vida llena de achaques, pero seguro no pudo ni podrá con la historia a contar hoy y a recontar mañana y después, del creador que fue Germán Cáceres. Ni con la de sus construcciones literarias en buen número antológicas.

Carlos María Romero Sosa 
Con Nuestra América, 15 de noviembre de 2025
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Con profundo dolor despedimos al escritor, dramaturgo, crítico literario, de cine e historietista Germán Cáceres, quien falleció este jueves 6 de noviembre a los 87 años.


Germán Cáceres, seudónimo de Fernando Penelas, había nacido en Avellaneda el 27 de febrero de 1938, y durante muchos años llevó adelante la sección de crítica literaria en la página de la Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte, donde por supuesto dio numerosas conferencias, participó de presentaciones de libros.

Además, en varias ocasiones presentó películas en el Cineclub La Rosa y fue organizador de eventos relacionados con la historieta y la literatura infantil y juvenil, dos de los ámbitos en los que se destacó.

Como graduado en Ciencias Económicas llevó adelante la contabilidad y presentaciones legales de la Biblioteca, y durante años los de la Fundación El Libro, organizadora de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Allí, entre otras cosas, tuvo el agrado de conocer a uno de sus ídolos, Ray Bradbury, cuando visitó la Argentina en 1987.

Como autor publicó libros de ficción (El checo, la giganta y el enano, Frankenstina, Cuentos para mocosos y purretes, Los silencios prohibidos, Los pintores mueren del corazón, Matar una vez, El futuro que fue, Por amor al crimen, entre otros); ensayo (La aventura en América y Entre dibujos, marionetas y pixeles); y más de diez novelas juveniles (El enigma del Siambón, El ataque de los acuanautas, El detective despistado, Mi vecina es un fantasma (y su hija también), Pesarilla galáctica y El misterio del profesor ausente, entre otras).

También escribió siete obras de teatro (El incidente (Un episodio en la vida de Manuel Belgrano), estrenada en el Teatro Fray Mocho), y fue autor de numerosos ensayos sobre historietas (Charlando con Superman o los distintos volúmenes de su serie Evocando viñetas). Realizó la adaptación en historietas de obras de la literatura universal (Edgar Allan Poe, Mack Twain y Julio Verne, entre otros). Por esta especialidad fue invitado a distintos festivales internacionales.

Recibió la Mención de Honor Premio Municipal en Cuento. Obtuvo cuatro Fajas de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE): en novela, en literatura juvenil y dos en ensayo. En el año 1996, mereció la Mención de Honor en el Concurso Internacional de Ficción sobre Gardel (Uruguay). En 1999, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires le concedió el 1er. Premio Especial Eduardo Mallea en ensayo. En 2002, fue premiado en el concurso de cuentos Atanas Mandadjiev (Sofía, Bulgaria), y se le otorgó el título de Gran Maestro del Relato Policial. Varios de sus libros fueron traducidos al italiano y al portugués.

Fue miembro correspondiente de la Academia de Letras e Artes do Nordeste Brasileiro y de la Unión Brasileira de Escritores (UBE). Fue nombrado miembro de número por la Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil, e incorporado en 2010 al Diccionario razonado de la literatura y la crítica argentinas. Se desempeñó como jurado en el Festival de cine "Buenos Aires Rojo Sangre" 2008. En 2009, invitado por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, homenajeó a Juan Carlos Onetti.

En Lima, Perú, resultó ganador de la convocatoria "Novela juvenil 2020" realizada por Editorial Qilqana, que publicó su novela Pesadilla galáctica. Colaboró en varios medios de la Argentina, Uruguay, Brasil, España y México, y escribió en la revista “Fierro” de la primera época.
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por Aldo Pravia
(Buenos Aires, libro artesanal, 2021, 256 páginas)

A manera de introducción hay una frase de Hugo Pratt: “Yo tengo un antiguo pacto con el futuro, porque trato de alcanzar ciertas cosas que sé que no tendré jamás.”

Este libro tan bien escrito está inundado de datos sobre el artista. No creo que Pratt haya sabido tanto sobre su propia vida y obra como este ensayista que realizó a partir de 2004 una investigación ciclópea.

Pratt nació el 14/6/1927en Playa del Lido entre Ravena y Rímini – aunque él se consideraba veneciano–y falleció en Grandvaux, Suiza, el 20/8/1995. Se casó dos veces, tuvo cuatro hijos y, además, reconoció a dos naturales.

Pravia es sumamente minucioso al detallar los pormenores de la vida de Pratt. Opina que “…se ha definido como un autodidacta dotado por la naturaleza, con un permanente interés innato por el dibujo y dueño de un universo propio surgido de su imaginación…”

El libro se da el lujo no solo de enumerar la obra completa de Pratt, sino de aquellos historietistas que fueron sus amigos y de sus compañeros de trabajo. Admiraba a dibujantes de la talla de Milton Caniff, Alex Raymond, Noel Sickles. Alex Toth y Will Eisner. Además, el volumen menciona innumerables historietas y revistas.

Pratt siempre demostró una vocación aventurera que no puede dejar de evocar a otro grande: Robin Wood.

Hugo Pratt el tano cuenta con muchas fotos y dibujos suyos y también de otros sobresalientes maestros del grafismo.

Pratt siempre ha manifestado que no quería tener casa propia porque no podía estarse quieto en un mismo sitio: fue un trotamundos insaciable Y así, el texto intenta captar todos los aspectos de su personalidad: gestos, manías, las salidas con amigos, sus mujeres y, especialmente, sus comilonas. Se lo percibe excéntrico, vital, anárquico.

Fue uno de los tantos integrantes del equipo artístico que se aglutinó alrededor de la figura de Oesterheld –al que consideraba el más grande guionista de historietas– cuya casa “…fue un verdadero semillero de arte”.

Sobre la evolución del estilo de Pratt a partir de El Sargento Kirk –el guión pertenecía a Oesterheld– en el cual exhibía excelentes primeros planos y usaba pincel en las manchas, Pravia señala que más adelante adopta una figuración que lo llevaría al “…más puro concepto cinematográfico de narración”. También indica que “…trabajaba en sus originales al doble del tamaño de publicación.” El mismo artista se definió como “un escritor que dibuja y un dibujante que escribe.”

Se señala a la recordada Escuela Panamericana de Arte, fundada por los hermanos Enrique y David Lipszyc y en la que ejerció Pratt como profesor. También nombra a otros maestros que ejercieron la docencia allí.

En cierta forma, con sus abundantes datos, mientras habla de Pratt comenta una parte importante de la historia de este noveno arte. Por ejemplo, la Editorial Frontera y sus famosas revistas Frontera y Hora Cero. Allí nació uno de sus tantos hitos: Ticonderoga Flint, con guión de Oesterheld. El mismo dúo dio origen a Ernie Pike, un cronista que relata los sufrimientos y desastres que origina la guerra.

Pravia enuncia que Ann y Dan (1959) fue la primera historieta que realizó en forma integral Hugo Pratt, asistido por Gisela Dester en dos episodios.

En 1967 Pratt escribe y dibuja La Balada del Mar Salado, en la que aparece su personaje más logrado y que le dio fama internacional: Corto Maltés. Éste recibió el Yellow Kid en el Festival de Lucca de 1970 y fue premiado en el Festival de Angouleme en 1976. La lista completa de distinciones que obtuvo es inagotable. Según el guión de Pratt, el Corto Maltés nació un10 de julio de 1887 en Malta, hijo de una gitana sevillana y un marinero inglés. El héroe se sumerge en aventuras de todo tipo, lindantes con la fábula: es un bohemio, un soñador que viaja a los lugares más insólitos del planeta.

Al final del libro hay un artículo de apenas cuatro páginas –«Orígenes de la Literatura Dibujada»– donde se resume con un poder de síntesis poco común la historia de este género en la Argentina.

Hugo Pratt el tano es un libro excelente e imprescindible: debe figurar en la biblioteca de todo amante de la historieta. Juan Sasturain enfatizó: “Qué envidia. Muy pocas veces un libro nos produce una sensación así. Gracias por eso.”

Aldo Pravia (Buenos Aires, 1947) trabajó como dibujante publicitario. Desde muy chico fue un fanático de las historietas y cursó un año en la Escuela Panamericana de Arte. Asimismo, estudió dibujo y pintura con distintos maestros. Escribió artículos, colaboraciones y producciones de cine y TV. para Argentina e Italia.

Germán Cáceres
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Guasón (Joker, EE. UU., 2019)
Dirección: Todd Phillips.
Guión: Todd Phillips y Scott Silver.
Fotografía: Lawrence Sher.
Música: Hildur Guonadottir.
Intérpretes: Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Frances Conroy, Zazzie Beetz, Brett Cullen, Dante Pereira-Olson, Douglas Hodge, Jolie Chan.


En principio parecería que esta película no tiene nada que ver con la historieta Batman (1939), de Bob Kane y Bill Finger, ya que el justiciero no está presente. Pero la acción transcurre en Ciudad Gótica, precisamente en la que aquel reside, y resulta oportuno aclara que no es un superhéroe, ya que no tiene poderes como Superman – un extraterrestre oriundo del planeta Kripton–, sino que su fortaleza se debe a un intenso entrenamiento físico.

Además, interviene un tal Thomas Wayne, un millonario que en la historieta original es el padre de Bruce –que también aparece en el filme cuando era un chico–, tras cuya identidad (que en la Argentina también se la conoció como Bruno Díaz), se oculta el hombre murciélago. Y como en el comic, tanto el potentado como su esposa son asesinados. Y hay bastante más: no solo que en los créditos se nombra a D.C. Comics, empresa que posee los derechos del personaje (y también los de Superman), sino que en cierto sentido este Guasón fílmico parece continuar la famosa novela gráfica La broma asesina (The Killing Joke, 1988), de Alan Moore (guión) y Brian Bolland (dibujo), una de las grandes creaciones del género. En ella, tanto Batman como el Guasón son tipos atormentados y traumáticos que sufren conflictos psicológicos similares.

Este renovado Guasón (Joaquin Phillips) tuvo una infancia horrorosa y nada feliz (curiosamente su madre lo llama “Happy”), y el argumento parece indicar que esa desdicha es irrecuperable, ya que la locura se apodera del payaso. Y como venganza justiciera comete una serie de brutales asesinatos, en un ámbito urbano asolado por la basura acumulada, producto de una salvaje huelga de recolectores.

El filme obtiene un clima tan opresivo como agobiante y oscuro, hasta fantasmal, y en ese logro es esencial la excelente fotografía de Lawrence Sher. La dirección de Todd Phillips (que se lo conocía por algunas comedias) sobresale en las angulaciones que imprime a las tomas y por narrar convincentemente una historia triste y amarga, que prácticamente hipnotiza al espectador. El Guasón repite en varias escenas: “Creo que no fui feliz ni un solo instante en toda mi vida”.

Joaquin Phillips se consagra como uno de los mejores actores de la actualidad. Es magistral su manejo del cuerpo y de sus muecas psicóticas captadas en magníficos primeros planos. Y su brillante interpretación remite a las de Jack Nicholson (Batman, 1989, de Tim Burton) y de Heath Ledger (El caballero de la noche, 2008, de Christhofer Nolan).

Mención especial merece la banda de sonido con temas tan encantadores como «Smile» y «That´s Life» (entre otros).

Guasón obtuvo el León de Oro a la mejor película en el último Festival de cine de Venecia.

Seguro que el fandom comiquero no se perderá este filme. Tampoco los cinéfilos.

Germán Cáceres
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El martes 8 de mayo a las 15 horas Germán Cácers dará una charla titulada "Una vuelta al mundo en historieta" en la Biblioteca Popular Ciudad Jardín, ubicada en Finca 6579, Palomar.


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En lugar de escribir esta nota a partir de una determinada bibliografía, decidí, en cambio, tomar en cuenta mi experiencia personal, como adoptando la espontaneidad de los chicos.


En esta reflexión sobre el efecto de la lectura de historietas en la fantasía infantil, se abarca una franja etaria que va aproximadamente desde los seis hasta los trece años.

Y de este modo evoco recuerdos de mi infancia, una época lejana a la cual todavía no habían arribado la televisión, la computadora con internet, los videojuegos y los celulares. En ese entonces los chicos leían historietas a granel. En mi caso, tuve la oportunidad de conseguir casi todas las revistas que se editaban en el país por intermedio de un amiguito que me las prestaba. Su padre se las adquiría porque también a él le gustaba leerlas, aunque se disculpaba diciendo que solo lo hacía para distraerse ya que trabajaba muchas horas al día. En aquel momento existía un gran prejuicio hacia el arte de las viñetas y los globos: se lo consideraba un producto menor y de pésimo gusto. Hablando de prejuicios, más adelante, cuando a partir de varios trabajos teóricos (como los de Umberto Eco y Ariel Dorfman, por ejemplo) se comenzó a pensar sobre el género, algunos críticos afirmaron que en él anidaba una fuerte represión sexual al no plantear escenas amatorias. Sin embargo, el asunto era mucho más sencillo y pedestre: si llegaran a tener algún contenido erótico, en ese período los padres no se las comprarían a sus hijos, o sea que era una cuestión comercial. Más adelante, al compás de los tiempos, abundaron en las historietas la voluptuosidad y los desnudos, actitudes que también fueron condenadas por ciertos sectores.

A través de tales publicaciones, los chicos incursionaban en el maravilloso mundo de la aventura, y evitaban –apelando también a la ayuda del juego-el tedio provocado por el transcurrir de los días, tan parecidos unos a otros, circunstancia que abruma a los adultos.

De esta manera, acompañando a los héroes, se sumergían en civilizaciones desaparecidas que surgían en las selvas como por arte de magia. O atravesaban desfiladeros que lindaban con tremendos abismos mientras los atacaban malvados hombres alados. ¡Cuánta emoción! ¡Eso sí era vivir a pleno! ¡También estimulaban el ingenio tratando de descubrir al asesino antes de que lo lograra el nimbado detective privado!

Ese mundo fabuloso estaba desconectado del cumplimiento de horarios de la vida cotidiana.

Recuerdo con nitidez una circunstancia de la historieta Vito Nervio (1945), creada por Emilio Cortinas y Mirco Repetto y continuada por Leonardo Wadel y Alberto Breccia. El protagonista era un investigador argentino que se enamoraba de su mortal enemigo, la bella Madame de Zabatt, jefa de la terrible banda el Triángulo Verde. Y, a su vez, ella le correspondía. Aunque ambos se enfrentaban en tiroteos y persecuciones, hacían todo lo posible para que el otro se salvara. Esta pasión malsana fue un cimbronazo para la inocencia de los chicos, se trataba de un amor ajeno a los matrimonios y noviazgos que contemplaban a su alrededor. Así, la imaginación volaba no sólo con las proezas heroicas, sino también con los sentimientos de los personajes.

Hubo dos revistas anuales que conmocionaron al país. Una fue el Libro de Oro de Patoruzú, que también atraía a los adultos. Era tal el placer que se sentía con la lectura de sus historietas, notas y chistes gráficos, que al terminar de leer el último número (salió en diciembre en el período 1937-1985) se anhelaba que el año apurase aún más su marcha para así poder leer el próximo. Más allá de los cuestionamientos que suscitó la ideología retrógrada de Patoruzú, su representación de aventuras con dibujos humorísticos provocaba en los pequeños una suerte de encantamiento.

El Libro de la Historieta ya constituía un producto de culto para los fanáticos del género. Se parecía a esos roperos de los cuentos para niños que esconden en su interior un universo colmado de prodigios y ensoñaciones.

Las historietas también abrieron a los chicos las puertas feéricas del cine. De los personajes que aparecían en las revistas se realizaron varias versiones fílmicas. De manera que podían admirar a sus héroes casi como si fueran de carne y hueso. Además, muchas historietas humorísticas se trasladaron al dibujo animado, hoy llamado cine de animación porque incluye los efectos especiales. Por ejemplo, fueron tomados todos los personajes de la factoría Disney, y el mismo Superman dio origen a diecisiete cortos de los hermanos Fleischer, cuya calidad y espíritu renovador marcaron un hito en la evolución de este arte. De manera que la narración cinematográfica, con ese sortilegio que emana de sus imágenes, se introdujo en la fantasía infantil y la marcó a fuego. Además, viendo películas de aventuras, los chicos terminaron sin proponérselo admirando los notables filmes del Oeste del gran John Ford.

De la revista de historietas al folletín solo mediaba un paso, y de allí a los libros de Emilio Salgari y de Julio Verne, un simple saltito. Con Salgari los pequeños lectores se reencontraron con el mismo conflicto de pasiones que habían observado en Vito Nervio: el Corsario Negro y Honorata de Wan Guld, la hija de su peor enemigo, se enamoraron. Lo mismo sucedía con Sandokán y Mariana. Ya junto a Verne empezaron a fabular con viajes al centro de la Tierra, o de ésta a la Luna, o la posibilidad de emprender una travesía submarina de 20.000 leguas. La invención infantil voló sin freno hasta llegar a la ciencia ficción, que ya habitaba el llamado noveno arte con Buck Rogers (1929), de Dick Calkins, y Flash Gordon (1934), de Alex Raymond, por citar dos ejemplos. Aunque en la Argentina contamos –entre muchos- con otros dos trabajos ilustres: Bull Rockett (1952) y nada menos que El Eternauta (1957), ambas con guiones de Héctor Germán Oesterheld y arte de Francisco Solano López (Bull Rockett la dibujó Paul Campani hasta 1955).

No hay que olvidar que se realizaban adaptaciones a historietas de obras maestras de la literatura universal. La revista Intervalo fue célebre en ese sentido. Tal vez por razones emotivas pienso en autores como Honorato de Balzac, Enrique Ibsen, Jack London, Guy de Maupassant y la lista continúa como si formara parte de “La Biblioteca de Babel”, de Jorge Luis Borges. Estas transcripciones las leían principalmente los padres pero, por supuesto, llegaban a sus hijos.

Mención aparte merecen las versiones que nuestro José Luis Salinas (1908-1985) plasmó de grandes novelas de aventuras, como Ella y Ayesha, de Henry Rider Haggard, El capitán Tormenta y La costa de marfil, de Emilio Salgari, Miguel Strogoff, de Julio Verne, El libro de las selvas vírgenes, de Rudyard Kipling, y La Pimpinela Escarlata, de la Baronesa Emma Orczy. La estética de Salinas privilegiaba la vertiente del estilo ilustración, y facilitaba de esta manera el goce y la apreciación de la lectura.

Desde hace un tiempo la historieta sufre una crisis mundial porque gran cantidad de lectores la han abandonado por la fascinación que ejercen sobre ellos los videojuegos, la televisión, la informática e Internet, y toda la variedad de usos que ofrecen los celulares. Sin embargo, el género aún conserva un mercado pequeño pero fiel hasta la devoción. Y ha mostrado una presencia activa en el aula como auxiliar de maestros y profesores.

En varios manuales se utilizan historietas para favorecer la interpretación de un hecho histórico o de un fenómeno científico. Pero, a la vez, se incluyen adaptaciones de obras famosas, acercándoles a los chicos clásicos a los que hoy les sería difícil acceder por los estímulos visuales que los asedian. Los dibujos distan del estilo realista que predominaba en la época de la revista Intervalo, y en cambio los realizan artistas que sintonizan con el actual gusto estético de los chicos.

Asimismo se editan antologías de cuentos de autores consagrados, y en ellas se incluyen relatos en historietas.

O sea que el noveno arte se ha instalado en la escuela como disparador de la cultura en todas sus manifestaciones y como catalizador de la fantasía infanti. Sigue aportando imaginación y conocimientos pero con el auxilio de las modernas técnicas didácticas.

Repito una vez más la célebre frase del genial Hugo Pratt, el creador del fascinante personaje Corto Maltés (1967): “La historieta goza de buena salud y larga vida. ¡Adelante con ella!”

Germán Cáceres
Artículo publicado en la revista "Generación abierta" Nº 70 / mayo 2015.
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El negocio del papá de Manolito, Don Manolo, existe y queda sobre Balcarce, entre Independencia y el Pasaje San Lorenzo.

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Calle Balcarce, Buenos Aires, Argentina
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Evocando viñetas es el título del nuevo libro donde Germán Cáceres presenta notas y entrevistas a maestros de la historieta.

Prolífico autor que ha transitado con soltura el terreno del cuento, el relato policial, la literatura infantil y la dramaturgia, Germán Cáceres goza de un amplio reconocimiento en el mundo de la historieta, que conoce a la perfección.

En Evocando viñetas, recientemente editado por La Duendes, Cáceres entrevista y presenta notas sobre los maestros que entre las décadas del '30 y el '90 dieron forma a parte de una de las más destacadas producciones de este noveno arte, tanto en el país como en el exterior.
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Evocando viñetas, notas y entrevistas a maestros de la historieta, es el nuevo libro de Germán Cáceres, que será presentado el viernes 29 de junio a las 19 horas en Mu, Hipólito Yrigoyen 1440, Buenos Aires.
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de Chuck Dixon & Jorge Zaffino
(Doedytores, Buenos Aires, 2010, 144 páginas)


Winter World apareció en los Estados Unidos en tres entregas entre 1987 y 1988, pero su segunda parte, Winter Sea, no había sido publicada hasta la presente edición en español. Hubo un proyecto de hacer de esta saga una trilogía con la incorporación de otro episodio, Winter War, pero quedó trunco por el fallecimiento del dibujante Jorge Zaffino (1959-2002), pues el guionista Chuck Dixon no quiso recurrir a otro colaborador.

El libro comienza con una bella ilustración hiperrealista que Gerardo Zaffino dedicó a su “querido padre”.

Las dos partes están narradas por su protagonista, Scully, que junto a una adolescente, Wynn, y a la mascota Rahrah -un simpático y a la vez feroz tejón- luchan por sobrevivir en ese despiadado futuro apocalíptico arrasado por la glaciación del planeta. Éste se encuentra prácticamente deshabitado y sólo deambulan por él grupos agresivos que se hallan carcomidos por la degradación moral, el hambre y la inclemencia del frío. Además, los integrantes de algunas de esas tribus se han transformados en sanguinarios caníbales. Como apunta el excelente prólogo de Fernando Ariel García: “Una lógica siniestra de la supervivencia que reduce la existencia a la puesta en práctica de un código binario tan básico como efectivo: matar o morir”.

Jorge Zaffino crea cuadritos de todos los tamaños y formas, algunos de página entera, para forjar un ritmo trepidante que se acentúa por el constante cambio de funcionales planos. Las orugas y las máquinas “del diablo” acopladas de carabelas impactan por su contundencia, y su diseño está emparentado con la óptica de Juan Gimenez. El estilo de Zaffino luce suelto, fresco y, sin embargo, está sumamente trabajado con sombras y rayas. Las escenas de acción poseen verismo, se tiene la sensación de que los personajes están a punto de saltar hacia la realidad, ya que invaden las viñetas cercanas hasta desbordar el mismo diseño de página. Las creativas onomatopeyas vigorizan el movimiento y son fundamentales para referir los potentes disparos de armas sofisticadas y las explosiones de granadas y tanques de combustibles.

El guión de Chuck Dixon –excelente la traducción del nombrado García- posee dinamismo, en ningún momento decae la acción, y apela con frecuencia a sobrios textos explicativos que revelan los pensamientos y dudas de Scully. En Winter Sea el grafismo de Zaffino adquiere mayor brillo. A veces los personajes son representados sólo por siluetas que remarcan la inmensidad de los hielos. Hay enfoques espectaculares, próximos a la distorsión, como si el artista utilizara una filmadora para resaltar esos panoramas tan blancos como desolados. Asimismo, Dixon narra con paso firme y zambulle a Scully en los vericuetos de la introspección: “Al menos, sé qué puedo esperar de este mundo./Una Tierra fría. Fría en todo sentido./Tan fría como el corazón humano”.

Winter World es una estupenda novela gráfica de lectura insoslayable.

Germán Cáceres
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