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Retrató a los protagonistas de la escena cultural latinoamericana y fue la más pujante promotora de un arte que colocó en un lugar central; con María Elena Walsh formó una pareja de intelectuales brillantes, cuyo legado protege la flamante fundación que lleva los nombres de ambas.

Si a la fotografía argentina hubiera que ponerle un nombre de mujer, ese sería sin dudas el de Sara Facio, una de las personalidades que más hizo por el surgimiento, el desarrollo y la institucionalización de una disciplina a la que dedicó casi setenta años de trabajo. Fotógrafa, curadora, periodista y editora, destacada por sus retratos de personajes de la cultura latinoamericana y por su labor en la promoción de la fotografía, la artista murió esta tarde, a los 92 años, confirmaron a La Nación desde el entorno familiar y la Fundación María Elena Walsh-Sara Facio. Hace un mes, esa entidad -que cuidaba y administraba el legado de Walsh- incorporó también la obra de Facio. Durante cuarenta años, formaron una pareja de intelectuales brillantes.

Había llamado la atención, en abril, la ausencia de la fotógrafa durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, cuando se presentó un volumen con textos de Walsh sobre el feminismo a modo de homenaje. Había estado internada por problemas del corazón. Hoy, tras la noticia de su fallecimiento, la presidenta de la fundación, Graciela García Romero, dijo a La Nación que la artista “se fue apagando de a poco, un proceso natural, de la vejez”. El velatorio será mañana, pero estará reservado a familiares y amigos.

Los muchachos peronistas mirando a cámara

Facio fue la fundadora de varios de los hitos en la historia de la disciplina en el país: creo la primera editorial especializada, La Azotea; entre 1985 y 1998 dirigió la Fotogalería del Teatro San Martín de Buenos Aires, primer espacio dedicado a esta disciplina; conformó el patrimonio nacional, al donar la mayor colección de fotos al Museo Nacional de Bellas Artes en 1998, al que más tarde también legó su biblioteca; fue miembro fundadora del Consejo Argentino de Fotografía, en 1979, junto con sus colegas Alicia D’Amico, Eduardo Comesaña, Andy Goldstein, Annemarie Heinrich, María Cristina Orive y Juan Travnik, con el objetivo de difundir y estudiar la fotografía nacional y abrir diálogos con la producción internacional. Junto a D’Amico, creó secciones especializadas en los diarios Clarín, La Nación (1964-1974), y las revistas Autoclub, Fotomundo y Vigencia. Facio luchó por sacar a la fotografía del ámbito de los fotoclubs. Lo hizo, entre otras cosas, desde la redacción de notas de divulgación técnica y reseñas de exposiciones en importantes diarios y revistas nacionales.

En su vida tuvo un propósito: la labor constante por la legitimización de la fotografía dentro del mundo del arte. Ya puede descansar en paz. Con el esfuerzo de toda su vida logró elevar la dignidad de este medio. “¡Una militancia! Siempre digo cuando me preguntan si no milito: sí, soy militante de la fotografía. Porque, además, soy mujer, como habrás notado. Las mujeres siempre somos menos”, dijo en una de las últimas entrevistas. “No hay duda de que Sara Facio es una de las personas más destacadas y complejas de la historia de la fotografía argentina”, escribió su colega Ataúlfo Pérez Aznar en el libro que dedicó a su obra en Ediciones Larrivière.

Jorge Luis Borges, mago del suspenso y del lenguaje, retratado por Facio

Su currículum llena páginas con más de 500 exposiciones, en forma individual en museos y galerías de toda América, Europa y Asia. Desde 1968 ha publicado más de veinte libros personales: amaba ese formato para la edición de fotografías. Sus páginas siguen con todos los premios recibidos, las muestras que curó y siete cuadritos que se convirtieron en sellos postales. Pero quizá lo más significativo no esté en la enumeración de tantos logros, sino en la cantidad de imágenes que deja la mujer que supo convertir en iconos a figuras de la cultura argentina y latinoamericana, a la vez que posó su mirada en la gente común, que abrió las puertas a la explosión de la fotografía de autor en la Argentina.

Cortázar con el cigarrillo entre los labios, Borges en su biblioteca, Neruda taciturno en su casa, las mil y una sonrisas de su amada María Elena Walsh, los muchachos peronistas mirando a cámara, los chiquitos con la ñata contra el vidrio que hielan el corazón... Hay decenas de imágenes suyas que ya están inscriptas en la memoria colectiva.

Su obra se vio en los últimos años revisitada en exposiciones como Perón, en Malba en 2018, y los homenajes por sus noventa años en 2022, en el Bellas Artes y el CCK. Entre las históricas, las que hizo junto con Alicia D’Amico fueron excepcionales: las únicas argentinas en presentar una exposición individual en el Centro Pompidou de París con la muestra de Escritores latinoamericanos. Lo mismo sucedió con la exposición de Buenos Aires y su gente, que fue la primera muestra individual de fotógrafos argentinos en Brasil, en el Museu de Arte Moderna de San Pablo. Posteriormente, parte de los libros Buenos Aires, Buenos Aires y Humanario se exhibieron en la Tsukada Gallery de Tokio. Las muestras Humanario -un relevamiento llevado a cabo en 1966 sobre el estado crítico de los nosocomios nacionales-, La vuelta de Perón y Funerales de Perón debieron esperar al gobierno democrático para exponerse, en 1985, en el contexto de 25 años de fotografía en el Centro Cultural Recoleta.

Julio Cortázar con el cigarrillo entre sus labios, un retrato emblemático de 1967

Nacida en San Isidro, el 18 de abril de 1932, desde sus 14 años, Facio estudiaba el arte en el museo mayor. Pero la relación profesional con el Bellas Artes comenzó cuando acercó la propuesta de conformar una colección de fotos, que en la actualidad cuenta con más de 1500 imágenes. Desde su creación en 1998 hasta 2012, la artista estuvo a cargo de gestionar el crecimiento de este acervo. En esas décadas, además, realizó otras cinco donaciones al museo de piezas de su colección particular. La última fue en 2014 y dio lugar a la muestra Latinoamérica, que también contó con su curaduría. Facio donó el 25% de sus fotos al patrimonio del Bellas Artes. En 2022, cedió su biblioteca personal, constituida durante sesenta años en los que trabó vínculos con artistas e instituciones de todo el mundo a partir de su actividad como fotógrafa, editora y gestora cultural. Son mil volúmenes dedicados a la historia del medio, colecciones especializadas y ensayos fotográficos.

Facio estaba formada en bellas artes, obtuvo el grado de Profesora Nacional de Bellas Artes en 1953. Dos años más tarde, viajó a París para estudiar artes visuales con una beca del gobierno francés: fue en ese viaje compartido con Alicia D’Amico, otra futura gran fotógrafa, cuando una cámara de fotos cayó en sus manos. Al regresar a Buenos Aires, el padre de Alicia, fotógrafo profesional, las incentivó a interiorizarse en ese arte. En 1957, comenzó a practicar fotografía en el estudio de Luis D’Amico. Con ayuda del Fondo Nacional de las Artes, Facio logró comprar su primera cámara fotográfica profesional. Con la tutoría de Annemarie Heinrich, se sumergió en el fotoperiodismo, al que se dedicó durante muchos años.

Entre 1960 y 1985, compartió estudio con Alicia D’Amico. Juntas decidieron tomar fotos de Buenos Aires, que recorrían en su Fiat 600. Buenos Aires Buenos Aires, publicado en 1968, marca un antes y después en su carrera, y en la fotografía argentina. La exhibición de 30 obras originales como marco de la presentación del libro, que iba a inaugurarse en la sede de Avenida Corrientes del Museo de Arte Moderno en 1968, fue suspendida, y fue la primera muestra fotográfica censurada en la Argentina, probablemente por el texto de Julio Cortázar, quien tiempo antes había criticado –desde París– a la dictadura militar de esa época. Sudamericana había publicado el libro con una condición: que Julio Cortázar escribiera el texto. Y escribió: Sara y Alicia han fotografiado Buenos Aires con un soberano rechazo de temas monumentales, e itinerarios pintorescos o insólitos; sus imágenes nacen de algo que participa de la caricia, de la queja, de la llamada, de la complicidad, de la amarga denuncia, todos los gestos interiores de una sensibilidad coincidiendo con la razón estética para que cada apertura sobre la ciudad tenga algo de velo de la Verónica, de lino enjugando una cara mojada por la vida.

“A los dos o tres días de ese primer encuentro, como estaba convencido de que las fotos no iban a salir, me dijo: Vamos a la Unesco, así hacés algunas fotos. Él estaba trabajando como traductor, y ahí fue donde le saqué esa foto que le gustaba tanto y que me dijo que tenía que ser su foto oficial”, recordaba Facio. Es la foto de Cortázar fumando, el ceño apenas fruncido... icónica.

Sara Facio y María Elena Walsh, una pareja de intelectuales brillantesSara Facio

“Sara pretendía, a partir de la inserción y desarrollo de su obra en su tiempo, promover la comprensión de la evolución de la fotografía como medio de expresión en el país y sus aportes, no solo a partir de sus propias imágenes, sino como autora y posteriormente como editora, curadora y crítica”, señaló Pérez Aznar, estudioso y testigo de su vida y obra.

Recibió numerosos premios, entre otros, el que otorga la Federación Internacional del Arte Fotográfico de Suiza; el Konex de Platino (1992) como Mejor Fotógrafa Argentina de la década; en 2011 fue nombrada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires, y en 2019, galardonada con el Premio Nacional a la Trayectoria Artística, que otorga el Ministerio de Cultura de la Nación. Es también autora de un libro sobre la historia de su disciplina: La fotografía en la Argentina: desde 1840 a nuestros días.

Sus obras integran las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, además de prestigiosos acervos particulares.

Las nueve décadas

Cumplió 90 años en 2022 y tuvo una torta de tres pisos en el Bellas Artes y después otra en el hall del Teatro San Martín. “Yo no sé si todos tienen consciencia de cómo cambio la vida de nosotros, los fotógrafos, a partir de la movida de Sara en el San Martín y en el MNBA”, dijo Julie Weisz en el primer festejo. Después, Facio vio su obra proyectada en las pantallas de los teatros de avenida Corrientes y en el Obelisco, y cumplió el viejo anhelo de una muestra callejera con imágenes en la vía pública en cuatro barrios, Recoleta, San Telmo, Congreso y Microcentro. “Ningún homenaje sería en verdad suficiente para destacar tantos años dedicados a la fotografía. Dicho de otro modo, es impensable no vivir en un estado de permanente agradecimiento hacia su figura. ¿Acaso sería posible la existencia de una feria especializada en fotografía sin el trabajo institucional que Sara realizó a lo largo de los años noventa? ¿Qué museos comprarían fotografías si no hubiese luchado tanto por la incorporación de este medio a sus colecciones patrimoniales? “, escribió el curador Francisco Medial cuando se le rindió tributo en Pinta BAPhoto, y se exhibieron planchas de negativos y una de sus serie menos vistas, los Autopaisajes, representación fragmentaria de sí misma y de la naturaleza.

Sara repartía sus días entre su casa y su estudio, que siguió teniendo por separado en la calle Paraguay, abocada con pasión al cuidado del legado de su compañera de vida, desde la Fundación María Elena Walsh. Ya hacía tiempo que había dejado de tomar fotos. Alguna vez escribió una especie de epitafio: “Lo que yo hago en fotografía es para lograr que el día que me muera no digan que se murió una vaca sino que se murió una persona que vio eso. Y lo que yo vi está en mis fotos. Como si dijera: «Esta es mi ciudad, mi gente, la que admiro, la que me gusta». Ese es mi canon.” Murió una persona que vio la vida que transcurría ante sus ojos.

María Paula Zacharías
Diario La Nación, 18 de junio de 2024
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Un hijo de campesinos muy pobres llega a la universidad y cambia su destino cuando descubre que la literatura es lo mejor que le pasó en la vida. Se convierte en profesor, pero lo hace con culpa, porque siente que su elección es una dolorosa traición a sus padres. Se casa bajo el influjo de la ilusión y pronto advierte que tendrá una vida familiar desdichada. Sobrevive con esmero a la envidia de colegas ruines. Como en una alucinación, cuando promedia su vida aparece el verdadero amor, pero se le escapa entre los dedos. No hay nada fuera de las cuatro paredes de su escritorio que le despierte mayor pasión que los libros: dedica la mayor parte de sus horas y hasta el final de sus días a leer y a escribir, obsesivamente. Si uno juzgara por las líneas principales de su argumento, tendría derecho a pensar que se trata de la novela más aburrida del mundo. Sin embargo, ahora, a apenas dos días de haber terminado de leerla y aún bajo los efectos de la conmoción por la lectura, puedo decir que Stoner, de John Williams, es una de las novelas más maravillosas que leí en mi vida.


En Stoner no pasa nada y al mismo tiempo pasa todo aquello que puede conmover a una persona común; a través del registro de la vida del profesor William Stoner, John Williams revela con nueva luz las diferentes etapas de esa vida que son, en definitiva, las instancias por las que atraviesa cualquier mortal: nacer, crecer, enamorarse, ver crecer a un hijo, ver morir a los padres, envejecer. Nada es extraordinario en Stoner; sus días transcurren casi siempre a puertas cerradas, en casa o en la universidad. Incluso las dos grandes guerras del siglo XX pasan por la novela como rumores de una humanidad que vive en forma paralela. Con sus gestos de bajo perfil y hasta de debilidad ante la manipulación de los otros, Stoner se aleja del modelo de héroe clásico de la sociedad estadounidense al punto que mientras sus compañeros se alistan, él elige no ir al combate ya que el refugio de los libros siempre le resulta más atractivo que cualquier batalla.


Tapa Stoner.

Cada una de las modestas peripecias que lo tienen como protagonista es narrada a través de un relato sutil que otorga tanta relevancia a la acción como a los movimientos de la luz del sol ingresando por una ventana. Y el brillo y la singularidad de este texto radican ahí: es un medio tono, una levedad de lo ordinario que se eleva a categoría de arte por la gracia de un modo de escribir y de contar, como en este fragmento que describe el resquebrajamiento de la ilusión amorosa. "Sentía piedad distante, amistad desganada y respeto familiar, y sentía también una pena cansada, porque sabía que ya nunca más el hecho de verla le traería la agonía del deseo que una vez había conocido y sabía que nunca se emocionaría por tenerla cerca como antes le había sucedido. La tristeza disminuyó y la arropó con gentileza, apagó la luz y se metió en la cama junto a ella." O este otro, que reproduce esa pregunta que todos alguna vez nos hacemos, si valió la pena, si nuestra vida, así como es, tuvo y tiene algún sentido: "Había llegado a ese punto en el que le asaltaba, con intensidad creciente, una cuestión de una simplicidad tan aplastante que carecía de recursos para afrontarla. Se empezó a preguntar si su vida merecía la pena, si alguna vez la había merecido".

Como el protagonista de su novela, John Williams también fue profesor y enseñó en la Universidad de Missouri. Nació en 1922 y murió en 1994, sin saber que su nombre ocuparía un lugar entre los grandes y que se seguiría hablando de su libro -publicado en 1965- tanto tiempo después. Ocurre que aunque en su momento vendió unos pocos miles de ejemplares, la novela siguió reverberando en el boca en boca de agudos lectores, algunos de ellos famosos escritores como Ian McEwan o Enrique Vila Matas o figuras como Tom Hanks, quien la definió así: "Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va a la universidad y se convierte en un maestro. Pero es una de las cosas más fascinantes que jamás he encontrado".

Varias tapas de Stoner.


A diferencia de otros extraordinarios protagonistas de ficción de las llamadas "novelas de campus", como La mancha humana (Philip Roth), Desgracia (Coetzee) o Sobre la belleza (Zadie Smith), el Stoner de Williams no es una personalidad deslumbrante. Pese a las tentaciones, no sucumbe a grandes pasiones ni al deseo de la carne u otros excesos, salvo en una oportunidad en la que es el amor lo que lo envuelve y atormenta. A lo largo de los años, nunca transgrede las buenas costumbres y su vida no resulta destruida por efectos del mal que ejercen los otros. Stoner no es ni por asomo un personaje trágico, sino un guerrero inmóvil, un héroe en sordina. Es una suerte de magia tibia, despintada, pero que alcanza para convertirlo en un personaje inolvidable.

Hinde Pomeraniec
Diario La Nación, lunes 5 de septiembre de 2016
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El amante de los caballos / Basado en: un relato de Tess Gallagher / Dirección y adaptación: Lisandro Penelas / Intérprete: Ana Scannapieco / Asistencia de dirección:Ricardo Vallarino y Julieta Timossi / Asesoramiento coreográfico: Sabrina Camino /Escenografía y vestuario: Gonzalo Córdoba Estévez / Iluminación: Soledad Ianni /Asistencia de iluminación: Carolina Rabenstein / Música: Hernán Crespo / Sala: Moscú Teatro, Camargo 506 / Funciones: sábados, a las 20 / Duración: 45 minutos / Nuestra opinión: muy buena.


De entre los múltiples hechos teatrales, aquí es el unipersonal el que se presenta con fuerza y contundencia, en un espacio que lo contiene de manera maravillosa y que preserva esa intimidad necesaria para sumergirnos de manera amable, pero cercana a las vivencias y recuerdos de esta joven mágica y sensible que encarna Ana Scannapieco.

La protagonista buscará en su infancia y en los relatos de su madre las historias para poder armar el mapa familiar, para poder entender algo de ese pasado que se presenta tan misterioso y abrumador y así despedir a sus muertos, a ese abuelo amante de los caballos y a su padre. En su propio ser tiene de esos hombres mucho más de lo que se cree. A su vez, ambos, corridos del deber ser. Un padre jugador que encontraba en las cartas respuestas existenciales. Un abuelo susurrador de caballos, una persona especial con un don de lo más raro. Los susurros se convierten en este cuento en una pieza fundamental.

El amante de los caballos no intenta narrar una historia, sino que se acerca a los hechos pasados mediante imágenes que llegan de quién sabe dónde en esa mezcla de realidad con magia, pura poesía. Cargado de una gran imaginería, se construye como un relato poético y mágico. En un intento de exploración de otra capacidad teatral, poco transitada en la cartelera porteña, que no intenta educar, ni narrar hechos concretos, sino adueñarse de las herramientas teatrales para jugar entre lo posible y lo mágico. Y lo logra.

Ana Scannapieco y el director Lisandro Penelas hacen un trabajo grandioso; se ponen uno al servicio del otro para arrojar la mejor de las opciones. Una dirección cuidada que está en todos los detalles y una actuación majestuosa que responde a la perfección.

La escenografía de Gonzalo Córdoba Estévez es otro punto destacable en esta puesta, atestada de objetos que remiten a aquel universo, mezcla de campo con recuerdo, con olor a establo. Asimismo, el chamamé se cuela por los intersticios del discurrir del relato y ayuda a generar el ambiente de caballeriza. El diseño lumínico de Soledad Ianni echa claridad sobre objetos, les hace primeros planos para ponerlos en relieve y ubicarnos aún más de lleno en ese universo. El texto es otro de los aciertos de esta puesta; como adaptación de un relato de Tess Gallagher, se carga de poesía y aprovecha este unipersonal para explorar sus más bellas posibilidades. Los movimientos de la actriz son tan precisos que, por un momento, el espectador olvida que el caballo no está en escena, y puede jugar e imaginar que ese baile y ese amor entre ambos es tan cierto como la vida misma..

Jazmín Carbonell
Diario La Nación, viernes 10 de julio de 2015
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Casi cuarenta fotografías cuelgan de una pared blanca impoluta en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Allí están, en blanco y negro, Florida plagada de hombres de traje y sombrero, el Obelisco, la Avenida Santa Fe y la calle Corrientes, imágenes que llevan hasta la década de 1930, una de las épocas más prósperas, a través de la mirada de Horacio Coppola.


Ignoto para muchos en Estados Unidos, Coppola se convirtió en el primer fotógrafo argentino en tener su propia muestra en el MoMA, junto a quien fuera su mujer, la también fotográfa Grete Stern. La exposición De Bauhaus a Buenos Aires: Grete Stern y Horacio Coppola recorre el trabajo de ambos artistas en su paso por Europa y Buenos Aires, con obras procedentes de la colecciones de IVAM, Malba, Museo Essen (Alemania), Galerie Berison (Berlín) y las colecciones de Alexis Fabry, Sergio Baur, Jorge Mara y del propio artista, entre otras.

"Era frecuente a comienzos del siglo XX que los fotógrafos intentaran capturar una ciudad y definir una visión personal al mismo tiempo. En el caso de Coppola, lo importante es la mirada personalísima y la influencia cinematográfica aplicada al objetivo que es su ciudad natal: Buenos Aires querido", explica Sarah Meister, curadora del Departamento de Fotografía del MoMA y una de las expertas a cargo de la muestra.

Meister comparó el trabajo de Coppola con el de otros fotógrafos en otras ciudades: Brassaï y Germaine Krull en París; Bill Brandt en Londres o Berenice Abbot en Nueva York.

Tal vez por falta de difusión, Coppola no tuvo la notoriedad que alcanzaron muchos de sus colegas entre la audiencia norteamericana, una realidad que el MoMA aspiró a torcer con la nueva exhibición. De hecho, Meister dijo que una de las cosas que más la sorprendieron al conocer la producción notable del argentino fue comprobar cómo a pesar de la calidad de sus imágenes y la oportunidad de su mirada, su obra resultara poco conocida. "Fue un verdadero pionero, la suya era una historia que merecía ser contada", subrayó.

La exhibición estará abierta al público hasta el próximo 4 de octubre. Incluye más de 250 fotografías de época, 40 obras de diseño tipográfico original y materiales de publicidad galardonados, 26 álbumes de fotos y revistas y cuatro películas experimentales en 16 milímetros. Hay fotos de Stern de Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y María Elena Walsh.


Las fotografías de Coppola de Buenos Aires llevan una inevitable carga de nostalgia anclada en el blanco y negro. Detrás de su trabajo está también su historia de amor con Stern. Se conocieron en Europa, en Berlín, donde comenzaron sus carreras artísticas envueltos en la atmósfera avant-garde del Viejo Continente de fines de los años 20. Huyeron de la Alemania nazi, viajaron, pasaron un tiempo en Londres, donde se casaron, y luego... llegó Buenos Aires, donde ambos produjeron la mayor parte de su obra en un entorno propicio para la exploración creativa; una época vibrante, próspera. Compartieron casi diez años de casados y la misma pasión, aunque cada uno con su sello. El MoMA no mezcló sus obras, sino que respetó el espacio propio para cada uno.

Los primeros trabajos de Coppola en Buenos Aires revelan una curiosidad óptica fuera de sincronía con las tendencias prevalecientes en la Argentina. Era un fuera de serie, particularmente interesado en los efectos de la luz y los prismas. En 1936, Coppola recibió un encargo que cambiaría su vida: fotografiar Buenos Aires para celebrar los 400 años de la ciudad. Era la oportunidad perfecta para construir su visión, que ahora cuelga de las paredes del MoMA.

"Para Coppola, ese encargo fue un compromiso personal en el que pudo reflejar su talento innovador", interpreta Meister, que viajó con Roxana Marcoci a Europa y a América Latina en busca de muchas de las piezas exhibidas.

"Es posible que esta muestra sea también un reconocimiento al eclipse de algunos relatos de la modernidad que necesitan ser contados con el foco puesto en América Latina, región descuidada en las antologías de la fotografía del siglo XX", resumió la curadora.

Fuente: www.lanacion.com.ar
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En las frías mañanas de Londres, adonde había llegado refugiándose de las más feroces hostilidades del autoritarismo, Guillermo Cabrera Infante solía seguir minuciosamente un ritual toda vez que se disponía a escribir. En un pequeño piso en Gloucester Road, rodeado de una frondosa vegetación que le traía recuerdos del Caribe, cada mañana se quitaba sin prisa primero el saco, y luego los pantalones, la camisa, la ropa interior y las medias, de modo que cuando se sentaba ante su máquina de escribir, una Smith Corona que lo acompañó siempre y en la que inventó una de las obras más deslumbrantes de la literatura en lengua castellana, estaba completamente desnudo. Su compañera de toda la vida, Miriam Gómez, lo miraba entre risueña y perpleja, y se preguntaba qué demonios estaría escribiendo el cronista antillano así, tal como Dios lo había traído al mundo. Cabrera Infante escribía sumido en un silencio de muerte, y cada tanto se inclinaba sobre un mapa de La Habana desplegado sobre su mesa de trabajo, cuya cartografía acicateaba su memoria y le producía una punzada en el corazón.


Muchísimos años después, cuando ya el escritor había muerto, dejándonos una obra monumental, su musa supo que ese texto era Mapa dibujado por un espía, la crónica de ese último desgarro que fueron los cuatro meses de 1965 durante los que el poeta vivió en Cuba antes de ser carcomido por el exilio. Cabrera Infante era agregado cultural en Bruselas, pero debió regresar ese año a La Habana para velar los restos de su madre. La burocracia castrista retuvo en el país al escritor, que ya se había desencantado de la revolución y poco después se convertiría en uno de sus críticos más furibundos. Miriam Gómez decidió publicar ese texto descarnado, aunque su esposo narraba en él con indisimulado trazo autobiográfico los infortunios y las desolaciones de su deriva fantasmal por la ciudad, pero sobre todo sus amoríos desesperados y sus volcánicas aventuras sexuales.

Cabrera Infante tenía 36 años, ya había escrito la decisiva Tres tristes tigres y su estilo mordaz, que es un verdadero prodigio del lenguaje y al que alguien definió como ilusionismo retórico, había fascinado ya al mundo hispanohablante en los días del boom latinoamericano. Su obra posterior (Mea Cuba, La Habana para un infante difunto) es en buena parte una memoria de su tierra y de lo que amó en ella durante sus años de juventud, que fueron los años tempranos de la revolución: los bares, la bohemia de la noche, los cabarets, los parques y las salas de cine, donde se dejó encantar por el lenguaje ilusorio de las imágenes y se formó como crítico cinematográfico. Ese ejercicio de la memoria fue también para él un modo de guarecerse de la intemperie existencial a la que lo arrojó brutalmente el exilio. Sabía, como lo saben desde el fondo de los tiempos todos quienes han padecido el destierro, que el lenguaje es un hogar.

El nombre de Cabrera Infante regresó esta semana a los diarios -cuando tras más de medio siglo de distanciamiento Washington y La Habana anunciaron la reanudación de relaciones diplomáticas-, junto al de otros artistas e intelectuales cubanos como Reinaldo Arenas y Néstor Almendros, cuyas vidas también cambiaron para siempre cuando después de abrazar el ideario de la revolución hicieron oír sus primeras disidencias con el régimen cubano. Arenas, el formidable autor de Antes que anochezca y contemporáneo de José Lezama Lima, fue víctima además de una feroz persecución que develó uno de los rasgos más atroces de los autoritarismos: fue encarcelado por su condición de homosexual. Consiguió escapar de ese encierro cuando Fidel Castro autorizó el éxodo de miles de disidentes que se refugiaron en la embajada de Perú y partieron hacia Miami desde el puerto de Mariel. Una vez en el exilio, en Nueva York, Arenas se suicidó a los 47 años.

Miriam Gómez decía que en el extranjero Cuba solía convertirse en el infierno de su marido. Quizás ese sentimiento invade a los exiliados de todos los autoritarismos, que pese a ser hombres libres viven recluidos en la memoria y deben resignarse a no abandonar del todo su patria. Leonardo Padura, el autor de El hombre que amaba a los perros, suele decir que el problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba consiguen salir de la isla.

Esa herida se llama melancolía.

Víctor Hugo Ghitta
La Nación, domingo 28 de diciembre de 2014
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