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Insistentes, seguimos en la refrescada anual de los libros leídos durante el año. Algunos títulos encierran enlaces con textos que fuimos publicando. Y si andan con ganas, pueden mirar los listados de 2009, 2010, 2011 y 2012.


Enero
  • El cuaderno de Bento, de John Berger
  • Henri Cartier-Bresson, el disparo fotográfico, de Clément Chéroux
  • La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera

Febrero
  • El infinito viajar, de Claudio Magris

Marzo
  • Apuestas / El yugo y la marcha, de Andrés Rivera
  • Futuro, de Marc Augé

Abril
  • Desde el altillo, de Eduardo Alvariza 

    Mayo
    • El caballero que cayó al mar, de H.C. Lewis
    • El farmer, de Andrés Rivera
    • La humillación de los Northmore, de Henry James
    Junio
    • Desconfiar de las imágenes, de Harun Farocki
    • Te digo más, de Roberto Fontarrosa

    Julio
    • La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera

    Agosto
    • La historia siguiente, de Cees Nooteboom

    Septiembre
    • Estoy hecho de cine, conversaciones de José Martínez Suárez con Mario Gallina
    • Dios y el Estadio, de Mikhail Bakunin
    Octubre
    • Montevideo, de AA.VV.
    • Una felicidad repulsiva, de Guillermo Martínez
    Diciembre
    • Divorcio en Buda, de Sándor Márai
    • Tina Modotti. Una nueva mirada, 1929, de Jesús Nieto Sotelo y Elisa Lozano Álvarez
    • Relatos, Arturo Uslar Pietri
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    El que fuera representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú admite que compartió la perplejidad de los soldados bajo su control, y se reprocha su soberbia y despreciable fatuidad, al volver la mirada a los inicios de una guerra de hispanoamericanos contra hispanoamericanos, por no divulgar entre jefes, oficiales y tropa bajo su control la más espléndida máxima de San Agustín: La misión de la Iglesia no es liberar a los esclavos, sino hacerlos buenos.


    El acusado ruega al señor escribano haga constar que menospreció la más espléndida enseñanza de San Agustín, y que, sin embargo, tiene la pretensión que sabe fatua y soberbia, de defender la verdad. La suya al menos. Hágase constar, donde sea, que el acusado proclamó, desde las gradas de Kalassassaya, en Tiahuanaco, la libertad del indio, cumpliendo órdenes que recibió de la Primera Junta. Hágase constar que los señores mineros y los señores encomenderos por merced real, que cobran tributo de por vida a los indios, y que se flagelan en la negra noche de Semana Santa, en las calles de piedra de ciudades de piedra y plata, deploraron la abrupta manumisión del indio, y el señor obispo Lasanta, que habló por esa caudalosa aristocracia, dijo que el doctor Castelli y sus compañeros son malditos del Eterno Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    El doctor Castelli, en su nombre, y en el de sus compañeros, ausentes con excusa, ruega se haga constar que él y sus compañeros soportan la maldición de la Santísima Trinidad con la misma resignación que el trigo acepta, molido, volverse harina; la harina, pan; el pan, alimento de viejos y jóvenes, mujeres y chicos; y el alimento, materia excremencial.

    El acusado, que vio a sus jueces orar a la madre de Dios, y flagelarse, crucificados, y morder el polvo de una ciudad que no es Jerusalén, las bocas rayadas por el freno, ruega se haga constar que se abstiene de preguntar qué bocas besaban las bocas rayadas por el freno y qué dulces depravaciones ocurren en las camas porteñas de los que, en el Norte, se flagelan y oran, crucificados, a la madre de Dios.

    ¿Desean, tal vez, los señores jueces, que el que fuera representante de la Primera Junta en el ejército del Alto Perú revele el misterio de ese nocturno rito penitencial, de esa exasperada escenificación del Calvario?

    Castelli cree escuchar que le preguntan si tiene algo que agregar al testimonio de los señores Viamonte, Luzuriaga, Montes de Oca, Basavilbaso y Valera. Castelli, que se pone de pie, el cuerpo envuelto en una capa azul que huele a bosta y sangre, y las piernas enfundadas en las botas que se calzó una remota noche de mayo para deshacer un mazo de barajas españolas, mira la pila de hojas en blanco que yace sobre su pupitre de escolar, y mueve la cabeza, de izquierda a derecha, la boca muda, para que se sepa que dice no.

    La revolución es un sueño eterno, Andrés Rivera
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    Doña Encarnación adivinaba cuando me venían las ganas. Las ganas son como una impaciencia. Como una vibración en las rodillas. Se me endurecían los muslos.


    Cuando uno es toro, la leche empuja para abajo, para el lado donde nacen las piernas, y late, la leche, como un corazón, abajo, arriba de la verga.

    Yo, en el campo, me sobaba ese triángulo de pelo, arriba de la verga. Y me tocaba la verga. Todavía era la de un semental.

    Había razón. Yo y Juan Lavalle mamamos de la teta de Doña Agustina Osornio, mi señora madre, la del bello culo. Hombre guapo, Juan Lavalle. Se alistó, pendejo, en los granaderos del general San Martín. Y peleó como el mejor. Se largaba, solo con su caballo, al encuentro de los soldados del rey de España, y los mataba con su sable y la exaltación de un fraile santo. Hasta que lo mataron a él, los montoneros, en un infame pueblo del Norte. Dicen que lo entregó una mujer: pobre Juan Lavalle, tan buen mozo, morir vendido por una mujer.

    Era corta la verga de Juan Lavalle. Y la mía era la de un semental. En el campo, a caballo, nos abríamos la bragueta, y las medíamos sobre la montura de los caballos. La mía era, por lo menos, el doble de la de él. Y cuando las medíamos, él se volvía como loco. Por eso se fue con los Granaderos del general San Martín. Para mostrar que su coraje superaba, lejos, el de cualquier soldado de su tiempo, español o criollo. Juan Lavalle: tanto coraje al pedo.

    Yo miraba el cielo, en mis campos, y el techo de mi despacho, en los cuarteles de Palermo, y me sobaba duro. Piel, pelo, huesos, carne, verga.

    Hay que quitarse esa leche, cuando uno es toro, antes de que cuaje. Porque la cabeza del hombre, con esa leche depositada, allí, abajo, se enturbia. Ordeñar. Y rápido. Como a las vacas. Un hombre, si es hombre, es toro y vaca.

    Yo, en mi despacho de Palermo, pensaba 18 horas por día. Escribía. Escribir es pensar. Pensaba 100 leguas por delante de cualquiera que pensara en los intereses del Estado. Eran pocos los que pensaban en los intereses del Estado. Son pocos. Yo soy uno de los pocos. El primero. El mejor.

    Los otros, los otros eran criollos de coraje. Como Juan Lavalle. Como Gregorio Aráoz de Lamadrid. Esos dos no supieron, nunca, qué era pensar. Cantores de vidalas, sí.

    El manejo del Estado me apasiona. El manejo de los intereses del Estado me apasiona. No la guitarra. No el sexo. El sexo distrae. Lo usaba, claro. Porque la verga se me paraba. Y eso era algo que yo no podía impedir. Ni aún hoy, yo, un hombre fuerte, puedo impedirlo.

    Doña Encarnación era buena para el ordeñe.

    Vení, murmuraba ella donde fuera que estuviésemos. Cuando terminaba, yo, aliviado, agradecido, le decía que ella, Doña Encarnación, conocía todos los secretos del ordeñe. Ella reía, satisfecha, y me preguntaba si era eso lo que me parecía, y yo le contestaba que sí, que su habilidad me paralizaba, y que su habilidad iba mucho más lejos que la de las mestizas y las negras. Y ni hablar de las indias.

    A Doña Encarnación se le arrugaba la piel de la frente cuando yo bajaba esa balanza, pero yo le sonreía, y me cuadraba frente a ella como un cadete rápido y ágil y obediente. A Doña Encarnación se le oscurecían los ojos. Y algo retrocedía dentro de ella. Fríos los ojos de Doña Encarnación.

    Doña Encarnación era cruel a la hora del juego amoroso. Y a cualquier hora. Pero yo aguantaba el trabajo de sus manos y de su boca. Me daban algo cuando trabajaban mi cuerpo, que no sé nombrar. Tampoco podía Doña Encarnación. Ella decía: Usté, Don Juan Manuel, patalea y gruñe como un chancho cuando siente el filo del cuchillo en el cogote.

    No decía, Doña Encamación, nada que yo no le hubiera escuchado antes. Doña Encarnación gustaba decir cosas como ésa. Muy de campo, Doña Encarnación. Muy de encendérsele los ojos, a Doña Encarnación, cuando le daba en el lomo, con el rebenque, a una negrita traviesa. Muy patrona de estancia. Doña Encarnación.

    El farmer, Andrés Rivera
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    "Todo es irreal menos la Revolución."
    Lenin


    Cuaderno 1

    I
    Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla.

    ¿Yo escribí eso, aquí, en Buenos Aires, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche? Escribí: mi lengua se pudre. ¿Yo escribí eso, hoy, un día de junio, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche?

    Y ahora escribo: me llamaron –¿importa cuándo?– el orador de la Revolución. Escribo: una risa larga y trastornada se enrosca en el vientre de quien fue llamado el orador de la Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La podredumbre prohíbe, a mi boca, la risa.

    Yo, Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé, todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria?

    La revolución es un sueño eterno, Andrés Rivera
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    Un hombre, cuando escribe para que lo lean otros hombres, miente. Yo, que escribo para mí, no me oculto la verdad. Digo: no temo descubrir, ante mí, lo que oculto a los demás.


    Me atengo a una sola ley: no hay comercio entre lo que escribo y yo. Nadie vende, nadie miente. Nadie compra, nadie es engañado.

    No afronto, tampoco, y no vaya olvidado, el miedo que devasta, frente a la hoja en blanco, al que escribe para los otros. No corro el riesgo de que alguien me reproche mis faltas de buen gusto y mis atentados, si los hay, a la ortodoxia de la prosa castellana. Ni que me asalte el anhelo (dicen que es irreprimible) de sustituir a Dios, que suele terminar en una boutade tan torpe y patética y expiatoria como la que se le escuchó a M. Flaubert cuando le preguntaron quién era Mme. Bovary.

    ¿Escribo lo que temo olvidar? Sí.

    ¿Temo descubrir, ante mí, lo que oculto a los demás? Sí.

    ¿Escribo lo que deseo olvidar? Sí.

    Para que pueda creer en lo que escribo: no al énfasis, no al asombro.


    A los veinticinco años, en París, me recibí de abogado. Y a los treinta y ocho, cené con Charles Baudelaire.

    Él, a su manera abrupta, me preguntó: Usted, ¿qué hace, además de ser argentino? Miré al bueno de Baudelaire, vestido de negro, y le sonreí. Era agosto, y yo era joven, y hacía calor en París, pero una brisa fresca venía del Sena, y se estaba bien en el café. Alcé mi copa, y él la suya, y las vaciamos, y le contesté, sin titubear, por encima de las velas, en un francés que, ahora, me envidio: Gasto el dinero de mi padre. Y cuando extraño a la patria, cuando supongo que sus todavía escasos e incomparables mitos flaquean en mi memoria, lo leo, amigo mío. Baudelaire me miró, y levantó su copa vacía, y me saludó, halagado, creo. Dije lo que dije esa noche, porque era joven, sano y bello y seductor, en opinión de algunas damas a las que les aseguré un mes, no más de un mes, de discreto pasar. Y estaba persuadido, cuando me miraba en el espejo, desnudo, de que era inmortal.

    El amigo de Baudelaire, de Andrés Rivera
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    Como el año pasado, tomé como costumbre anotar los libros leídos mes a mes. No es un catálogo del buen leer, sino lo que se fue cruzando por el camino, y el propósito es sólo el de la memoria personal o la pura curiosidad. Aquí están, estos son.


    Enero
    • Cortos, de Alberto Fuguet
    • Un pintor de hoy, de John Berger

    Febrero

    • El guardián entre el centeno, de J.D. Sallinger
    • La habitación cerrada, de Paul Auster
    • Soriano por Soriano, de Osvaldo Soriano
    • Una cuestión personal, de Kenzaburo Oé

    Marzo
    • Triste, solitario y final, de Osvaldo Soriano
    • La vida nueva, de Orhan Pamuk
    • El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares
    • Por la espalda, de Andrés Rivera
    • Acerca de Roderer, de Guillermo Martínez
    Abril
    • Cine o sardina, de Guillermo Cabrera Infante
    • Arqueros, ilusionistas y goleadores, de Osvaldo Soriano

    Mayo
    • Mecanismo a válvula, de Eduardo Alvariza
    • La casa de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata
    • Primeras vistas de Buenos Aires, de Esteban Gonnet
    • Sumo por Petinatto, de Roberto Petinatto
    • El enigma del Siambón, de Germán Cáceres
    • A sus plantas rendido un león, de Osvaldo Soriano

    Junio
    • La máquina de follar, de Charles Bukowski
    • Quieres hacer el favor de callarte, por favor, de Raymond Carver

    Julio
    • Mitologías, de Roland Barthes
    • Las cartas de Groucho, de Groucho Marx
    • El héroe de las mujeres, de Adolfo Bioy Casares
    Agosto
    • Éramos unos niños, de Patti Smith
    • Damas chinas, de Mario Bellatin

    Septiembre
    • El hombre del Potemkin, de Juan Carlos Pumilla
    • Los maléficos, de Ross McDonald
    • Catedral, de Raymond Carver

    Octubre
    • Polo, el buscador, de Hugo Montero e Ignacio Portela 
    • Los últimos tres días de Fernando Pessoa, de Antonio Tabucchi

    Diciembre
    • ¿Y ahora qué? ¡A cortar café!, de Aurora Sánchez Nadal
    • Fuego azul, de Ernestina Mo
    • Visitando a Mrs. Nabokov, de Martin Amis
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