Donde ahora se encuentra el local de Cuesta Blanca, antes era el cine Atlas Santa Fe, en Santa Fe y Riobamba.
por Arturo Pérez-Reverte
(Alfaguara, Buenos Aires, 2021,400 páginas)
Una nota advierte que “Entre 1942 y 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, buzos de combate italianos hundieron o dañaron catorce barcos aliados en Gibraltar y la bahía de Algeciras. Está novela está inspirada en esos hechos reales. Sólo los personajes y alguna situaciones son imaginarios.” En el libro hay tres mapas de la región y se aclara que esos atentados se hacían con torpedos humanos tripulados por dos buzos italianos (el singular proyectil llevaba por nombre “maiale”). A tramos se narra en la primera persona del escritor, que, como periodista, está tomando notas en el presente sobre aquellos sucesos. La alternancia entre pasado y presente opera como foco de atención y suspenso y va creando el interrogante por saber qué pasó y cómo. La escritura de Pérez-Reverte está construida a la perfección y no alardea con ornatos que desconcentrarían al lector aunque sí hay frases muy bellas: “Nada puede hacer para que esto ocurra, pues los hilos del azar, los mecanismos raros de la vida y la muerte, los manejan crueles e imaginados dioses.”
Como es habitual en ficciones de tema bélico, siempre hay un romance de grandes proporciones. Y aquí están Teseo Lombardo (el buzo italiano) y Elena Arbués, propietaria de una librería en esa zona, viviendo un amor no declarado cuyo posible desenlace mantiene cautivo al lector. Ella es dueña de una personalidad singular y muy fuerte, hasta extraña, y él, curiosamente, un valiente que resulta tímido al enfrentarse con una mujer de esa talla.
Los diálogos están muy logrados, especialmente el interrogatorio que padece la librera por parte de un policía.
Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) fue periodista de guerra durante veintiún años, cubrió dieciocho conflictos para la prensa y la televisión. Fue traducido a cuarenta idiomas y se calcula que tiene más de veinte millones de lectores en el mundo. Es autor de numerosas novelas, entre ellas la saga del capitán Alatriste y la trilogía de Falcó. Varias de sus obras fueron llevadas al cine y a la televisión. Recibió numerosos premios y es miembro de la Real Academia Española.
Germán Cáceres
(Alfaguara, Buenos Aires, 2021,400 páginas)
Una nota advierte que “Entre 1942 y 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, buzos de combate italianos hundieron o dañaron catorce barcos aliados en Gibraltar y la bahía de Algeciras. Está novela está inspirada en esos hechos reales. Sólo los personajes y alguna situaciones son imaginarios.” En el libro hay tres mapas de la región y se aclara que esos atentados se hacían con torpedos humanos tripulados por dos buzos italianos (el singular proyectil llevaba por nombre “maiale”). A tramos se narra en la primera persona del escritor, que, como periodista, está tomando notas en el presente sobre aquellos sucesos. La alternancia entre pasado y presente opera como foco de atención y suspenso y va creando el interrogante por saber qué pasó y cómo. La escritura de Pérez-Reverte está construida a la perfección y no alardea con ornatos que desconcentrarían al lector aunque sí hay frases muy bellas: “Nada puede hacer para que esto ocurra, pues los hilos del azar, los mecanismos raros de la vida y la muerte, los manejan crueles e imaginados dioses.”
Como es habitual en ficciones de tema bélico, siempre hay un romance de grandes proporciones. Y aquí están Teseo Lombardo (el buzo italiano) y Elena Arbués, propietaria de una librería en esa zona, viviendo un amor no declarado cuyo posible desenlace mantiene cautivo al lector. Ella es dueña de una personalidad singular y muy fuerte, hasta extraña, y él, curiosamente, un valiente que resulta tímido al enfrentarse con una mujer de esa talla.
Los diálogos están muy logrados, especialmente el interrogatorio que padece la librera por parte de un policía.
Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) fue periodista de guerra durante veintiún años, cubrió dieciocho conflictos para la prensa y la televisión. Fue traducido a cuarenta idiomas y se calcula que tiene más de veinte millones de lectores en el mundo. Es autor de numerosas novelas, entre ellas la saga del capitán Alatriste y la trilogía de Falcó. Varias de sus obras fueron llevadas al cine y a la televisión. Recibió numerosos premios y es miembro de la Real Academia Española.
Germán Cáceres
No solo nos dejan perplejos las imágenes de los bombardeos del Estado ruso sobre diversas latitudes de Ucrania sino también el despliegue de las tropas y milicias alentadas por el Estado ucraniano fanatizadas por el nacionalismo.
En efecto, la barbarie de la guerra se manifiesta de diversas maneras.
Impactan sin duda alguna las imágenes que llegan de la contienda bélica en Ucrania.
Impacta el desamparo de miles de mujeres y hombres de las más diversas edades huyendo por las calles de ciudades devastadas, todas las miserias emergen con las guerras explícitas.
El terror artillado, el desarraigo de miles de personas y también la emergencia del racismo y la xenofobia.
No menos tenebrosas fueron las escenas en estaciones ferroviarias donde hubo tumultos y grescas por impedir subir a los trenes a personas de origen asiático y africanos. Las porras policiales se abatieron sobre esos cuerpos ferozmente.
Las guerras dejan al desnudo la barbarie capitalista en toda su magnitud.
Impactan también las imágenes de algunos barrios de Los Ángeles en Estados Unidos de Norteamérica con personas que transcurren a diario sus vidas a la intemperie. Las caravanas de migrantes que se partiendo de Centroamérica avanzan esquivando la muerte hacia el norte del Continente. Las migraciones en diversos países de África motivadas también por guerras y hambrunas. Los periódicos naufragios de quienes buscan alcanzar las costas de Europa y perecen en los mares.
En estos días vienen a mi recuerdo los testimonios posteriores al desastre de la central nuclear de Chernobyl que supo recoger Svetlana Alexievich en su libro Voces de Chernobyl y también en La guerra no tiene cara de mujer.
Además evocamos a Vasili Grossman de origen ucraniano y su gesta como periodista durante la Segunda Guerra Mundial contando los horrores del nazismo y del stalinismo.
En Vida y destino Grossman dejó plasmados los testimonios del horror, esta novela, una de las más importantes del siglo XX queda de manifiesto como más allá de las etiquetas el militarismo destruye vidas.
Los rostros sufrientes de mujeres, hombres, niñas y niños, ancianas y ancianos tienen nombres diversos en las diferentes latitudes del mundo pero tienen un común de denominador: padecer la barbarie capitalista.
Entre tanto los banqueros y mercaderes de la muerte continúan su festín y el plan de exterminio global de población que los tecnoburócratas y macropoderes consideran población supernuneraria no cesa.
El capital sigue triturando vidas.
Carlos A. Solero
Sábado 5 de marzo de 2022
En efecto, la barbarie de la guerra se manifiesta de diversas maneras.
Impactan sin duda alguna las imágenes que llegan de la contienda bélica en Ucrania.
Impacta el desamparo de miles de mujeres y hombres de las más diversas edades huyendo por las calles de ciudades devastadas, todas las miserias emergen con las guerras explícitas.
El terror artillado, el desarraigo de miles de personas y también la emergencia del racismo y la xenofobia.
No menos tenebrosas fueron las escenas en estaciones ferroviarias donde hubo tumultos y grescas por impedir subir a los trenes a personas de origen asiático y africanos. Las porras policiales se abatieron sobre esos cuerpos ferozmente.
Las guerras dejan al desnudo la barbarie capitalista en toda su magnitud.
Impactan también las imágenes de algunos barrios de Los Ángeles en Estados Unidos de Norteamérica con personas que transcurren a diario sus vidas a la intemperie. Las caravanas de migrantes que se partiendo de Centroamérica avanzan esquivando la muerte hacia el norte del Continente. Las migraciones en diversos países de África motivadas también por guerras y hambrunas. Los periódicos naufragios de quienes buscan alcanzar las costas de Europa y perecen en los mares.
En estos días vienen a mi recuerdo los testimonios posteriores al desastre de la central nuclear de Chernobyl que supo recoger Svetlana Alexievich en su libro Voces de Chernobyl y también en La guerra no tiene cara de mujer.
Además evocamos a Vasili Grossman de origen ucraniano y su gesta como periodista durante la Segunda Guerra Mundial contando los horrores del nazismo y del stalinismo.
En Vida y destino Grossman dejó plasmados los testimonios del horror, esta novela, una de las más importantes del siglo XX queda de manifiesto como más allá de las etiquetas el militarismo destruye vidas.
Los rostros sufrientes de mujeres, hombres, niñas y niños, ancianas y ancianos tienen nombres diversos en las diferentes latitudes del mundo pero tienen un común de denominador: padecer la barbarie capitalista.
Entre tanto los banqueros y mercaderes de la muerte continúan su festín y el plan de exterminio global de población que los tecnoburócratas y macropoderes consideran población supernuneraria no cesa.
El capital sigue triturando vidas.
Carlos A. Solero
Sábado 5 de marzo de 2022
Buenos Aires, Argentina, marzo de 2022.
Obras maestras de las reinas del terror
Edición de Graeme Davis
(Edhasa, Buenos Aires, 2021, 688 páginas)
Edición de Graeme Davis
(Edhasa, Buenos Aires, 2021, 688 páginas)
Es muy ilustrativa la introducción de Graeme Davis sobre esta voluminosa antología del género de terror que va desde 1830 a 1908 y contiene (entre cuentos, relatos y nouvelles) veintiséis obras escritas por mujeres.
Curiosamente se encuentran autoras famosas como Mary Shelley, Louisa May Alcott, Edith Wharton, Harriet Beecher Stowe y la inesperada Helena Blavatsky, famosa por haber fundado la Sociedad Teosófica y por su apología del esoterismo. Davis también brinda una breve pero jugosa biografía de cada narradora.
Es indudable que una reseña de todas estas obras sería muy fatigosa para el lector, de manera que se elegirán aquellas que mejor resumen el espíritu del libro.
«La transformación», de Mary Shelley (la genial creadora de Frankenstein), pertenece más al género fantástico que al de terror. El lector se deleitará con una prosa bella: “La estancia se santificó con una luz sagrada cuando ella entró. El suyo era un aspecto angelical, esos grandes ojos suaves, esas mejillas repletas de hoyuelos y esa boca de dulzura infantil, que expresan la rara unión de felicidad y amor».
Sorprende que Louisa May Alcott, la inmortal escritora de una novela como Mujercitas, haya gestado el cuento extenso «Perdidos en una pirámide o la maldición de la momia».
«Un cuento de fantasmas» de Ada Trevanion logra suspenso y tensión.
Se encuentra el humor contagioso propio de los relatos del Nick Adams de Hemingway en «El cuento de fantasmas de Tom Toothacre», de Harriet Beecher Stowe, la responsable de La cabaña del tío Tom.
«El destino de madame Cabanel», de Eliza Lynn Litton, es interesante porque un relato de vampiros y fantasmas se transforma en alegato contra el fatalismo y la superstición.
Una narración atrapante ofrece «El cuco de Beckside», de Alice Rea.
En «Inexplicado», de Mary Louisa Molesworth, un halo de misterio va creciendo a medida que transcurre la historia. La nouvelle se introduce de lleno en el tema de los fantasmas “… pueden imaginarse un especie de sombra, o de ecos de nosotros,…”
«En libertad», de Mary Cholmondely, se ofrece un típico relato de terror, con criptas, calaveras, huesos, espíritus malignos y frases cargadas de horror: “… si, después de desgastar mi vida entera con el esfuerzo, alcanzaba el éxito, ¿qué quedaba de mí al final? La tumba.”
Aunque la escritura de Helena Blavatsky –la ardiente promotora del ocultismo– no alcanza la perfección de las otras autoras, «La cueva de los ecos» es muy imaginativa y se sumerge en el mundo de los fantasmas.
Resulta admirable el relato de «El empapelado amarillo», de Charlotte Perkins Gilman, en el cual la voz interior de una mujer que describe sus alucinaciones desemboca en la locura.
Según Noël Coward, Edith Nesbit “Tenía una economía del fraseo y un talento sin precedentes para evocar los días calurosos del verano…” y escribió más de sesenta libros para chicos, y construyó con «La misa por los muertos» un cuento largo impregnado de sensibilidad.
Edith Wharton demuestra su brillante estilo en «La duquesa orante», aunque la historia no resulta del todo atractiva.
Muy sutil el relato de fantasmas de «El terreno blando», de Mary E, Wilkins-Freeman.
«Una historia nada científica», de Louise J. Strong, remite a la ficción y el espíritu de Lovecraft.
«Un alma insatisfecha», de Annie Trumbull Slosson, es un relato de sumo misterio: continuamente desparrama enigmas.
Merece resaltarse la calidad del ímprobo trabajo del compilador Graeme Davis. Correctísima la traducción de Pablo Ingberg.
Germán Cáceres
Curiosamente se encuentran autoras famosas como Mary Shelley, Louisa May Alcott, Edith Wharton, Harriet Beecher Stowe y la inesperada Helena Blavatsky, famosa por haber fundado la Sociedad Teosófica y por su apología del esoterismo. Davis también brinda una breve pero jugosa biografía de cada narradora.
Es indudable que una reseña de todas estas obras sería muy fatigosa para el lector, de manera que se elegirán aquellas que mejor resumen el espíritu del libro.
«La transformación», de Mary Shelley (la genial creadora de Frankenstein), pertenece más al género fantástico que al de terror. El lector se deleitará con una prosa bella: “La estancia se santificó con una luz sagrada cuando ella entró. El suyo era un aspecto angelical, esos grandes ojos suaves, esas mejillas repletas de hoyuelos y esa boca de dulzura infantil, que expresan la rara unión de felicidad y amor».
Sorprende que Louisa May Alcott, la inmortal escritora de una novela como Mujercitas, haya gestado el cuento extenso «Perdidos en una pirámide o la maldición de la momia».
«Un cuento de fantasmas» de Ada Trevanion logra suspenso y tensión.
Se encuentra el humor contagioso propio de los relatos del Nick Adams de Hemingway en «El cuento de fantasmas de Tom Toothacre», de Harriet Beecher Stowe, la responsable de La cabaña del tío Tom.
«El destino de madame Cabanel», de Eliza Lynn Litton, es interesante porque un relato de vampiros y fantasmas se transforma en alegato contra el fatalismo y la superstición.
Una narración atrapante ofrece «El cuco de Beckside», de Alice Rea.
En «Inexplicado», de Mary Louisa Molesworth, un halo de misterio va creciendo a medida que transcurre la historia. La nouvelle se introduce de lleno en el tema de los fantasmas “… pueden imaginarse un especie de sombra, o de ecos de nosotros,…”
«En libertad», de Mary Cholmondely, se ofrece un típico relato de terror, con criptas, calaveras, huesos, espíritus malignos y frases cargadas de horror: “… si, después de desgastar mi vida entera con el esfuerzo, alcanzaba el éxito, ¿qué quedaba de mí al final? La tumba.”
Aunque la escritura de Helena Blavatsky –la ardiente promotora del ocultismo– no alcanza la perfección de las otras autoras, «La cueva de los ecos» es muy imaginativa y se sumerge en el mundo de los fantasmas.
Resulta admirable el relato de «El empapelado amarillo», de Charlotte Perkins Gilman, en el cual la voz interior de una mujer que describe sus alucinaciones desemboca en la locura.
Según Noël Coward, Edith Nesbit “Tenía una economía del fraseo y un talento sin precedentes para evocar los días calurosos del verano…” y escribió más de sesenta libros para chicos, y construyó con «La misa por los muertos» un cuento largo impregnado de sensibilidad.
Edith Wharton demuestra su brillante estilo en «La duquesa orante», aunque la historia no resulta del todo atractiva.
Muy sutil el relato de fantasmas de «El terreno blando», de Mary E, Wilkins-Freeman.
«Una historia nada científica», de Louise J. Strong, remite a la ficción y el espíritu de Lovecraft.
«Un alma insatisfecha», de Annie Trumbull Slosson, es un relato de sumo misterio: continuamente desparrama enigmas.
Merece resaltarse la calidad del ímprobo trabajo del compilador Graeme Davis. Correctísima la traducción de Pablo Ingberg.
Germán Cáceres
Iván Kovalenko llegó de Kiev a Santiago de Chile en 1954, con sus padres y una hermana. Padecieron la ocupación alemana, en 1941; la rusa soviética, a fines de 1944.
Tenían estatus de refugiados. Iván, un mocetón de quince años, me llevaba dos, superándome por diez centímetros de estatura. Fuimos compañeros en el cuarto de humanidades del Liceo Juan Bosco, en La Cisterna. Hablaba el castellano fluidamente y poseía mejor vocabulario que muchos de nosotros.
Adusto y reconcentrado, hacía de su silenciosa extranjería una coraza social. Buen alumno, cumplidor como pocos. Infundían respeto sus anchas manos campesinas y su mirada imperturbable.
Durante las dos primeras semanas de diciembre, rendíamos los exámenes finales del año, con valor de cincuenta por ciento, ante comisiones externas del Ministerio de Educación, integradas por tres profesores para cada asignatura, más el maestro del ramo, que nos defendía, con derecho a voz, pero sin voto decisivo. Los curas agasajaban a los examinadores con suculentos almuerzos, en procura de inducir su benevolencia.
En el examen de Historia y Geografía, Iván Kovalenko se presentaba con nota seis de promedio. Le bastaba un mísero dos para aprobar.
El examinador de turno, luego de leer en voz alta su nombre, le preguntó:
-¿Es usted ruso, verdad?
-Soy ucraniano -respondió Iván, con su aplomada voz de barítono.
-Vamos a ver -retrucó el profesor. -Ucrania pertenece hoy a la Unión Soviética; eso lo hace a usted ruso y soviético.
-No, señor. Soy ucraniano y mi familia es ucraniana.
-Mire, joven, como profesor de Historia no puedo dejarle pasar esa afirmación en el examen del ramo... Le doy la última oportunidad para que rectifique. ¿Cuál es su nacionalidad?
-Ucraniana, a mucha honra -reiteró Iván Kovalenko, y su voz pareció estremecer la sombría sala.
Fue reprobado. Días más tarde, a instancias de sus padres, el entonces rector del colegio, presbítero Raúl Silva Henríquez, intercedió ante el Ministerio. Le fue enmendada a Iván la sentencia por un modesto "suficiente".
Se rumoreó en el colegio que el examinador de marras era comunista. Falso. Se iba a comprobar más tarde su filiación radical y masónica.
...A la postre, no todos somos proclives a los imperios y globalizaciones de circunstancia, ni menos a las nacionalidades forzosas.
Nunca más supe de Iván Kovalenko. Quizá esté ahora mismo escuchando noticias de su patria ultrajada.
Edmundo Moure
Santiago de Chile, febrero 24, 2022
Tenían estatus de refugiados. Iván, un mocetón de quince años, me llevaba dos, superándome por diez centímetros de estatura. Fuimos compañeros en el cuarto de humanidades del Liceo Juan Bosco, en La Cisterna. Hablaba el castellano fluidamente y poseía mejor vocabulario que muchos de nosotros.
Adusto y reconcentrado, hacía de su silenciosa extranjería una coraza social. Buen alumno, cumplidor como pocos. Infundían respeto sus anchas manos campesinas y su mirada imperturbable.
Durante las dos primeras semanas de diciembre, rendíamos los exámenes finales del año, con valor de cincuenta por ciento, ante comisiones externas del Ministerio de Educación, integradas por tres profesores para cada asignatura, más el maestro del ramo, que nos defendía, con derecho a voz, pero sin voto decisivo. Los curas agasajaban a los examinadores con suculentos almuerzos, en procura de inducir su benevolencia.
En el examen de Historia y Geografía, Iván Kovalenko se presentaba con nota seis de promedio. Le bastaba un mísero dos para aprobar.
El examinador de turno, luego de leer en voz alta su nombre, le preguntó:
-¿Es usted ruso, verdad?
-Soy ucraniano -respondió Iván, con su aplomada voz de barítono.
-Vamos a ver -retrucó el profesor. -Ucrania pertenece hoy a la Unión Soviética; eso lo hace a usted ruso y soviético.
-No, señor. Soy ucraniano y mi familia es ucraniana.
-Mire, joven, como profesor de Historia no puedo dejarle pasar esa afirmación en el examen del ramo... Le doy la última oportunidad para que rectifique. ¿Cuál es su nacionalidad?
-Ucraniana, a mucha honra -reiteró Iván Kovalenko, y su voz pareció estremecer la sombría sala.
Fue reprobado. Días más tarde, a instancias de sus padres, el entonces rector del colegio, presbítero Raúl Silva Henríquez, intercedió ante el Ministerio. Le fue enmendada a Iván la sentencia por un modesto "suficiente".
Se rumoreó en el colegio que el examinador de marras era comunista. Falso. Se iba a comprobar más tarde su filiación radical y masónica.
...A la postre, no todos somos proclives a los imperios y globalizaciones de circunstancia, ni menos a las nacionalidades forzosas.
Nunca más supe de Iván Kovalenko. Quizá esté ahora mismo escuchando noticias de su patria ultrajada.
Edmundo Moure
Santiago de Chile, febrero 24, 2022
Hermosisimo edificio que perteneció a Ferrocarriles y aún tiene oficinas, además de funcionar en el primer piso el Consulado de Bolivia.
