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Nido de caranchos

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Foto: Rodrigo Abd

El panorama desolador de la sociedad en que nos toca vivir no es consecuencia de una maldición bíblica sino de décadas de dominación, explotación, expoliación y despojo.

En efecto, la violencia explícita de los macropoderes expresados por la alianza de Estado, Capital y corporaciones.

La industria cultural con sus múltiples mecanismos y dispositivos insufla de contínuo patrones de conducta hiperindividualistas e hipercompetitivos.

Desde los programas de competición y entretenimientos que venden una falsa ilusión de participación hasta la interpelación de redes sociales haciéndoles creer a quienes pulsan el click en un mouse que están emitiendo opiniones propias y no inducidas.

La patética figura de las y los influencers, es un exponente de cómo se produce el vaciamento cultural y cuando la visión y operación en las pantallas se rutiniza deja de lado la lectura crítica y comprensiva de la historia y de la realidad social.

Una sociedad fragmentada por el imperio dictatorial de las mercancías banaliza los sufrimientos y dolores de millones de personas y engendra las excrecencias políticas mesiánicas.

Nadie puede negar que gran parte de las poblaciones de Latinoamérica, Asia, Africa y parte e Europa padecen a diario por las guerras explícitas e implícitas que la multiplicación de la pobreza.

Capítulo aparte el drama de los migrantes que mueren el Mar Mediterráneo huyendo del horror.

La carnicería en Oriente Medio con misiles, bombardeos, invasiones y desplazamiento forzado de personas ya se cobró más de 12000 vidas.

La guerra en Ucrania no cesó.

Entre tanto los jerarcas de las superpotencias mundiales continúan con la devastación que solo beneficia a los complejos industriales militares base de sus economías.

Sólo la rebelión de los pueblos por cansancio o por asco como decía Albert Camus podrá detener la catástrofe.

Carlos A. Solero
Noviembre de 2023
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Una antigua y repudiable práctica de quienes ejercen el macro poder en diversas latitudes es la de la censura y el silenciamiento de las voces insumisas y disidentes.

En efecto, las formas de esas restricciones o lisa y llanamente la aniquilación de la expresiones de denuncia y protesta contra el despotismo son múltiples, variadas.

En las últimas semanas ocurrieron una serie de la acontecimientos imposibles de soslayar.

La poeta palestina residente en la Franja de Gaza Heba Abú Nada alcanzó a escribir estos versos que conmueven antes que los bombardeos de las tropas del Estado de Israel aniquilaran su vida y la de miles de sus semejantes: "La noche en la ciudad es oscura excepto por el brillo de los misiles, silenciosa, excepto por el sonido del bombardeo; aterradora excepto por la promesa tranquilizadora de la oración; negra, excepto por la luz de los mártires".

Este poema postrer, antes de la muerte de Heba Abú Nada nos invoca aquel valiente Reportaje al pie del patíbulo del resistente revolucionario Julius Fucik.

Hacíamos mención a los dispositivos y mecanismos de silenciamiento y al respecto cabe señalar cómo la Feria del libro de Frankfurt descartó la participación de una poeta palestina argumentando falazmente con el conflicto de Medio Oriente y el gobierno de Argelia negó la participación en un evento cultural de primer nivel a la escritora francesa y premio Nobel de literatura 2020 Annie Ernaux por cuestiones burocráticas de plazos de visado.

Lo que no dicen es que A. Ernaux firmó un manifiesto reclamando la inmediata libertad de un periodista puesto en prisión por el régimen argelino.

También continúan siendo perseguidas y hostigadas continuamente por los Estados la escritora polaca Olga Tocarzuck y Svetlana Alixievich "enemiga pública número uno" para el dictador bielorruso Lucashenko.

En Latinoamérica el régimen nicaraguense encabezado por Daniel Ortega hostiga y persigue a Gioconda Belli y Sergio Ramírez, ambos revolucionarios Sandinistas.

Por más que pretendan acallar las voces de la protesta y la disidencia éstas persistirán con potencia y coraje irreductible.

Carlos A. Solero
Sábado 28 de octubre de 2023
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"Si no acabamos con la guerra la guerra acabará con nosotros". La frase del escritor Herbert George Wells es una síntesis contundente del período histórico que nos toca padecer y transitar. 

Cada día observamos con horror como la destrucción sistemática de poblaciones, ciudades y hasta represas hidroeléctricas es exhibida como espectáculo en los noticieros.

Carros de combate, misiles, drones y demás artefactos de destrucción invaden el paisaje de la devastación.

La guerra que tiene como protagonistas visibles a la Federación Rusa y Ucrania es la expresión más siniestra de la dinámica del capitalismo contemporáneo porque de un modo u otro involucra a otras potencias como Francia, Alemania, China y por supuesto a Estados Unidos de Norteamérica.

Cuando los organismos internacionales mencionan las crisis humanitarias que provocan los conflictos bélicos se valen de ese eufemismo para ocultar la articulación entre Estados capital y guerra en alianza y contra miles de mujeres y hombres que sufren calamidades varias en diversas latitudes por causa de invasiones, bombardeos u otras maniobras.

La acechanza de horrores y miserias generalizados para la población del planeta es un riesgo cierto e inocultable del colapso en ciernes.

Lo evidente está la vista la capacidad de destrucción de los Estados y las corporaciones no es un delirio de una minoría ruidosa es la prueba contundente del talante predatorio del sistema del capital mercancía.

Carlos A. Solero
Viernes 9 de junio de 2023
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No cabe duda alguna que aún estamos vivenciando lo que Albert Camus denominó "el tiempo del desprecio".

En efecto, están en el mundo en pleno desarrollo más de 16 conflictos bélicos. La guerra entre Rusia aliada a Bielorrusia y que acontece en Ucrania hace más de doce meses es la punta del iceberg de la disputa en sordina entre las principales potencias mundiales.

La OTAN encabezada por EEUU y Alemania, Francia e Inglaterra utiliza al gobierno de Zelensky para enfrentarse con la Federación Rusa y por carácter transitivo con China.

El trasfondo de este conflicto que ya se ha cobrado miles de vidas es para mantener y potenciar los complejos industriales militares, la coartada es el nacionalismo y el llamado "espacio vital" en las áreas de influencia de las potencias mundiales.

Albert Camus, autor del ensayo El hombre rebelde publicado en 1951 afirma que el primer paso en la rebelión es decir no al poder y a los poderosos que buscan imponer la dominación y legitimar los homicidios a través de las guerras y la explotación.

Camus también señaló que los pueblos tarde o temprano se rebelan contra la opresión por asco o por cansancio. El filósofo, dramaturgo, escritor anarquista nacido en Argelia añade un aserto que conserva vigencia en el presente cuando se duda si hay razones para seguir luchando hay que reflexionar que sobran motivos y hay que luchar colectivamente con una rebeldía esperanzada.

Carlos A. Solero
Febrero de 2023
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No solo nos dejan perplejos las imágenes de los bombardeos del Estado ruso sobre diversas latitudes de Ucrania sino también el despliegue de las tropas y milicias alentadas por el Estado ucraniano fanatizadas por el nacionalismo.

En efecto, la barbarie de la guerra se manifiesta de diversas maneras.

Impactan sin duda alguna las imágenes que llegan de la contienda bélica en Ucrania.

Impacta el desamparo de miles de mujeres y hombres de las más diversas edades huyendo por las calles de ciudades devastadas, todas las miserias emergen con las guerras explícitas.

El terror artillado, el desarraigo de miles de personas y también la emergencia del racismo y la xenofobia.

No menos tenebrosas fueron las escenas en estaciones ferroviarias donde hubo tumultos y grescas por impedir subir a los trenes a personas de origen asiático y africanos. Las porras policiales se abatieron sobre esos cuerpos ferozmente.

Las guerras dejan al desnudo la barbarie capitalista en toda su magnitud.

Impactan también las imágenes de algunos barrios de Los Ángeles en Estados Unidos de Norteamérica con personas que transcurren a diario sus vidas a la intemperie. Las caravanas de migrantes que se partiendo de Centroamérica avanzan esquivando la muerte hacia el norte del Continente. Las migraciones en diversos países de África motivadas también por guerras y hambrunas. Los periódicos naufragios de quienes buscan alcanzar las costas de Europa y perecen en los mares.

En estos días vienen a mi recuerdo los testimonios posteriores al desastre de la central nuclear de Chernobyl que supo recoger Svetlana Alexievich en su libro Voces de Chernobyl y también en La guerra no tiene cara de mujer.

Además evocamos a Vasili Grossman de origen ucraniano y su gesta como periodista durante la Segunda Guerra Mundial contando los horrores del nazismo y del stalinismo.

En Vida y destino Grossman dejó plasmados los testimonios del horror, esta novela, una de las más importantes del siglo XX queda de manifiesto como más allá de las etiquetas el militarismo destruye vidas.

Los rostros sufrientes de mujeres, hombres, niñas y niños, ancianas y ancianos tienen nombres diversos en las diferentes latitudes del mundo pero tienen un común de denominador: padecer la barbarie capitalista.

Entre tanto los banqueros y mercaderes de la muerte continúan su festín y el plan de exterminio global de población que los tecnoburócratas y macropoderes consideran población supernuneraria no cesa.

El capital sigue triturando vidas.

Carlos A. Solero
Sábado 5 de marzo de 2022
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Con poemas de Bertolt Brecht, Félix Grande Lara, Gloria Fuertes, Luis Alberto Quesada y Selva Casal. 

Buenos Aires, Argentina, marzo de 2022.

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Iván Kovalenko llegó de Kiev a Santiago de Chile en 1954, con sus padres y una hermana. Padecieron la ocupación alemana, en 1941; la rusa soviética, a fines de 1944.

Tenían estatus de refugiados. Iván, un mocetón de quince años, me llevaba dos, superándome por diez centímetros de estatura. Fuimos compañeros en el cuarto de humanidades del Liceo Juan Bosco, en La Cisterna. Hablaba el castellano fluidamente y poseía mejor vocabulario que muchos de nosotros.

Adusto y reconcentrado, hacía de su silenciosa extranjería una coraza social. Buen alumno, cumplidor como pocos. Infundían respeto sus anchas manos campesinas y su mirada imperturbable.

Durante las dos primeras semanas de diciembre, rendíamos los exámenes finales del año, con valor de cincuenta por ciento, ante comisiones externas del Ministerio de Educación, integradas por tres profesores para cada asignatura, más el maestro del ramo, que nos defendía, con derecho a voz, pero sin voto decisivo. Los curas agasajaban a los examinadores con suculentos almuerzos, en procura de inducir su benevolencia.

En el examen de Historia y Geografía, Iván Kovalenko se presentaba con nota seis de promedio. Le bastaba un mísero dos para aprobar.

El examinador de turno, luego de leer en voz alta su nombre, le preguntó:

-¿Es usted ruso, verdad?

-Soy ucraniano -respondió Iván, con su aplomada voz de barítono.

-Vamos a ver -retrucó el profesor. -Ucrania pertenece hoy a la Unión Soviética; eso lo hace a usted ruso y soviético.

-No, señor. Soy ucraniano y mi familia es ucraniana.

-Mire, joven, como profesor de Historia no puedo dejarle pasar esa afirmación en el examen del ramo... Le doy la última oportunidad para que rectifique. ¿Cuál es su nacionalidad?

-Ucraniana, a mucha honra -reiteró Iván Kovalenko, y su voz pareció estremecer la sombría sala.

Fue reprobado. Días más tarde, a instancias de sus padres, el entonces rector del colegio, presbítero Raúl Silva Henríquez, intercedió ante el Ministerio. Le fue enmendada a Iván la sentencia por un modesto "suficiente".

Se rumoreó en el colegio que el examinador de marras era comunista. Falso. Se iba a comprobar más tarde su filiación radical y masónica.

...A la postre, no todos somos proclives a los imperios y globalizaciones de circunstancia, ni menos a las nacionalidades forzosas.

Nunca más supe de Iván Kovalenko. Quizá esté ahora mismo escuchando noticias de su patria ultrajada.

Edmundo Moure
Santiago de Chile, febrero 24, 2022
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A mediados de 1969 un partido de fútbol por las eliminatorias para México '70 desató una guerra de cien horas entre Honduras y El Salvador, que dejó seis mil muertos y veinte mil heridos. El polaco Ryszard Kapuscinski la denominó "La guerra del fútbol", y la hizo conocer mundialmente en una de sus memorables crónicas.


Iba envuelto en una oscuridad total, densa, espesa e impenetrable, como si una venda negra me cubriera los ojos; no podía ver nada en absoluto, ni siquiera mis propios brazos, extendidos hacia adelante. El cielo debía de haberse cubierto de nubes, pues habían desaparecido las estrellas, y en ninguna parte se veía luz alguna.

Estaba solo en medio de una ciudad extraña y desconocida, que no podía ver y que parecía haber quedado sepultada bajo tierra. Un silencio cargado de tensión lo envolvía todo; la ciudad había enmudecido como si la hubieran hechizado, ni una sola voz, ningún sonido llegaba de ninguna parte. Caminaba hacia adelante, palpando, como un ciego, las paredes, las cañerías de desague y las rejas de los escaparates. Me percaté de que mis pasos retumbaban sobre la acera, así que empecé a andar de puntillas y con sumo sigilo. De pronto, mi mano dio en el vacío: no había más pared; debía de haber llegado al final de la manzana. ¿Habría salido a una plaza? ¿O tal vez se trataba del final de un terraplén y tenía delante un precipicio? Palpé el suelo con los pies. ¡Asfalto! Estaba en medio de una calzada. Crucé al otro lado y volví a pegar me al muro. Perdido, sin saber dónde quedaba Correos ni dónde estaba el hotel, seguí avanzando. De repente oí un estruendo ensordecedor, sentí que perdía el equilibrio y me desplomé sobre la acera.

Había volcado un cubo de basura de hojalata.

En aquel tramo, la calle debía de bajar en pendiente, porque el cubo rodó con estrépito durante un buen rato. En ese momento oí abrirse muchas ventanas, de donde me llegaban unos susurros llenos, de terror: "¡Silencio! ¡Silencio!", voces ahogadas de una ciudad que quería que aquella noche el mundo se olvidara de ella, que deseaba sumirse en la oscuridad y el silencio, que se defendía de ser desenmascarada. A medida que se alejaba, vacío, el cubo de basura calle abajo, se abrían más y más ventanas y se repetían los susurros de "¡Silencio!, ¡silencio!", suplicantes unos, furiosos otros. Pero no había manera de detener al monstruo de hojalata, que rodaba por las desiertas calles como enloquecido, chocando con estrépito contra los adoquines, las farolas y los bordillos. Aterrorizado y empapado en sudor, me tendí sobre la acera, pegándome a ella como una lapa. Temía que empezasen a dispararme. Había cometido un acto de traición contra la ciudad. El enemigo podía haber oído el ruido del cubo de basura y así localizar la situación de Tegucigalpa que, en semejante oscuridad y silencio, no había manera de detectar. Pensé que no me quedaba más que una salida: huir, largarme de allí lo más lejos posible. Me levanté de un salto y eché a correr. Me dolía la cabeza debido al fuerte golpe que me había dado al caer sobre la acera. No obstante, seguí corriendo como un poseso hasta que tropecé con algo y volví a caer de bruces. Sentí el sabor de la sangre en la boca. Me levanté y me apoyé contra una pared. El cerco de los muros se cerraba sobre mí, un ser indefenso, acorralado por una ciudad que ni siquiera podía ver. Agucé la vista en espera de la luz de las linternas, convencido de que me seguirían para darme caza. Atraparían al intruso que había infringido la última orden dada en esta guerra, orden que prohibía a todo el mundo salir a la calle durante la noche. Pero no ocurrió nada; todo estaba sumido en un silencio sepulcral y la más absoluta oscuridad. Seguí a tientas mi incierto camino, con los brazos extendidos, perdido en el laberinto de las calles, magullado, sangrando y con la camisa hecha jirones. Debía de llevar allí siglos enteros, seguramente había llegado ya hasta el fin del mundo. De repente cayó un aguacero, una violenta tormenta tropical. Por un instante un rayo iluminó la ciudad fantasma. Me vi en medio de unas calles que me eran completamente desconocidas, vi unos edificios viejos y míseros, una casa de madera, un farol, el empedrado. Todo desapareció en una fracción de segundo. Sólo se oía el ruido de la lluvia y, de cuando en cuando, los bandazos del viento. Temblando de frío y empapado, permanecí inmóvil durante un rato, sacudido por escalofríos. Palpé el muro hasta encontrar la entrada de un portal, donde me refugié del aguacero. Acurrucado entre el muro y el portal, intenté dormir, pero no lo logré.

De madrugada me encontró allí una patrulla del ejército.

- Estúpido, insensato -me dijo un sargento con cara de sueño-, ¿dónde te metes en una noche de guerra?

Me contemplaban con miradas llenas de sospecha; querían llevarme a la comandancia de la ciudad. Por suerte llevaba encima mi documentación y pude explicarles lo que había pasado. Me acompañaron al hotel. Durante el camino, el sargento me dijo que los combates no habían dejado de librarse durante toda la noche, pero como el frente estaba lejos, en Tegucigalpa no se podían oír los disparos.

Ryszard Kapuscinski
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La enfermera que se hizo famosa al ser retratada 1945 mientras la besaba un marino estadounidense en Times Square, Nueva York, para celeberar el final de la Segunda Guerra Mundial murió a la edad de 91 años, informó el martes su familia.


La fotografía del Día de la Victoria en la que Edith Shain aparece vestida de blanco fue capturada por Alfred Eisenstaedt en un momento épico de la historia de Estados Unidos y se convirtió en un ícono de la celebración del fin de la guerra en todo el mundo luego de que fue publicada en la revista Life.

La identidad de la enfermera en la fotografía permaneció desconocía hasta fines de la década de 1970, cuando Shain le escribió al fotógrafo diciendo que ella era la mujer de la imagen tomada el 14 de agosto, en una época en la que ella trabajaba en el Hospital Doctor en la ciudad de Nueva York.

La identidad del marino ha sido disputada y no se ha resuelto.

Desde entonces, la fotografía también marcó la vida de Shain debido a que la fama que consiguió la llevó a recibir invitaciones para participar en eventos relacionados con la guerra como ofrendas florales, desfiles y otros eventos conmemorativos.

"Mi madre siempre estuvo dispuesta a aceptar nuevos desafíos y su preocupación por los veteranos de la Segunda Guerra Mundial le dio energías para buscar hacer una diferencia", dijo su hijo Justin Decker en un comunicado.

Shain, quien murió el domingo en su casa en Los Angeles, deja a tres hijos, seis nietos y ocho bisnietos.

Escrito por Belinda Goldsmith; Editado en español por Ricardo Figueroa.
Fuente: Yahoo!
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de Almudena Grandes
(Tusquets Editores, S.A., Buenos Aires, 2008, 933 páginas)

Almudena Grandes —ganadora del Premio José Manuel Lara 2008 por esta novela— emprende una colosal investigación sobre la historia española desde los hechos de la Guerra Civil hasta el año 2005. No sólo ha frecuentado una documentación bibliográfica inmensa, sino que ha acudido a filmes, testimonios y trabajos de campo. La autora confiesa en su Nota “Al otro lado del hielo”, agregada al final, que ha tomado partido por los republicanos, porque a esta altura de los tiempos no quedan dudas de que el bien estaba de parte de ellos, y coloca un epígrafe perteneciente a Antonio Machado (“…para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo estará claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro…Quizá la hemos ganado.”), poeta que le inspiró con sus versos el título del libro (“Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”).

Por su estilo esta novela se podría enmarcar en un realismo tributario de Benito Pérez Galdós, sino fuera porque Grandes le ha incorporado procedimientos literarios propios del siglo XX, como el monólogo interior, las fracturas temporales y la intercalación de partes narradas alternadamente en primera y en tercera persona. Y tal vez lo principal, que habla de su oficio, es que las vueltas al pasado y posterior retorno al presente operan en el interior de cada capítulo, como si se tratara de un montaje cinematográfico que estuviera recurriendo a flash backs y flash forwards. La prosa es un primoroso deleite para el lector por la plenitud y potencia de sus imágenes, por la belleza de sus períodos largos y la riqueza de vocabulario. Tanto en el lenguaje como en la estructura de la obra, la autora opta por la amplificación y el énfasis.

Es asombroso cómo logra enumerar copiosos datos históricos con espontánea fluidez, como si surgieran de su imaginación y no de una búsqueda documental. Entre los más interesantes aportes figura el relato de la actuación de la División Azul, formada por grupos falangistas, en el frente del Este, durante la frustrada invasión alemana a la ex URSS; la gesta de los republicanos que combatieron contra el nazismo junto a la resistencia francesa y las aplicación de la insólita Ley de Responsabilidades Políticas (1939), que expropiaba propiedades de los republicanos para cedérseles a los seguidores del franquismo. Y no deja de remarcar con vehemencia cómo las llamadas democracias occidentales y la URSS abandonaron a los republicanos permitiendo que el dictador Francisco Franco consolidara su poder (“La traición es la ley, la única realidad a mi alcance”, se lamenta el personaje Ignacio Fernández Muñoz).

La novela gira en torno a dos familias, una representada por el citado Ignacio Fernández Muñoz, idealista embanderado en el bando republicano y que debió exiliarse en Francia, y la otra, por Julio Carrión González, un tipo acomodaticio, que termina encumbrándose realizando prósperos —y delictivos— negocios inmobiliarios bajo la protección del régimen de Franco. Cuando el empresario fallece, a su entierro asiste, inesperadamente, Raquel Fernández Perea, nieta de Ignacio, donde conoce a Álvaro Carrión, hijo de Julio, cuyo mutuo enamoramiento desata el conflicto.


La capacidad fabulatoria de la autora parece interminable y se sumerge en el vastísimo árbol genealógico de las dos familias, que se relacionaron desde sus bisabuelos hasta la actualidad recorriendo meandros que obligan a una lectura atenta y puntillosa. Aparecen incontables y sustanciosas tramas inmersas en ese período histórico, en las cuales abundan los amores, pero también las traiciones, las tragedias y las derrotas. Recorrer esos árboles y las vidas que enlazaron resulta estimulante, y generan un suspenso equiparable al de los mejores thrillers.

Pero Almudena Grandes prueba también poseer una impresionante sabiduría de la vida, y así asombra la solvencia con que se adentra en la psicología de sus numerosas criaturas mediante diálogos hondos y convincentes —cargados verosimilitud— y descripciones precisas de sus estados de ánimo.

Es, ante todo, una novela de personajes —el lector llega a desear tomar parte en sus decisiones—, aunque el fondo histórico sea fundamental para ubicarla en la misma línea seguida por otros escritores españoles contemporáneos que abordaron el tema de la Guerra Civil, como el relato “La lengua de las mariposas” —incluido en Qué me quieres, amor (1996), de Manuel Rivas—, y las novelas El lápiz del carpintero (1999), del mismo autor, y Soldados de Salamina (2001), de Javier Cercas. O, quizás, sea más atinado hablar de una inmersión en la compleja red de las relaciones familiares, con sus odios, cariños, ocultamientos, envidias y celos (“Julio y yo siempre fuimos de mamá, y de vosotros tres, él siempre te quiso más a ti, después a Angélica, y Rafa…¡Pobre Rafa!”). Un hallazgo es la breve y sagaz pintura —en las últimas páginas de la novela y sólo a través de mínimos diálogos— del duro carácter de la madre de Álvaro, una mujer implacable cuyo corazón se ha encallecido después de apoyar durante años los actos inescrupulosos de su marido.

Una obra a veces dice cosas que el creador no se propuso, y todo parecería indicar que no estaba en los planes de Grandes registrar —o tal vez sí— un estilo de vida tan frívolo y vacío como el que desarrolla la sociedad madrileña, atrapada por el consumismo, el exceso de alcohol, el apego incondicional por vestir bien y la infidelidad entendida como recurso para escapar al hastío de la rutina diaria. Habría que pensar si esta actitud evasiva no es una de las tantas rémoras que dejó el franquismo.

Incluso un personaje noble, valiente y preparado como Álvaro no escapa a esta mediocridad. Debe destacarse que en la exposición del auténtico romance que mantiene con Raquel, se despliegan metáforas y símiles que deslumbran por su originalidad y belleza, pero a la vez la autora le concede demasiadas páginas e incurre en varias reiteraciones, como si intentara demostrar que dentro de tanto espanto es posible que surja el amor, numen salvador de la especie humana.

La novela concluye con una frase amarga y contundente: “Sólo una historia española, de esas que lo echan todo a perder”.

Germán Cáceres

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John Berger escribe sobre el drama palestino a través del recuerdo de un gran poeta.

Imágenes del territorio palestino tras las nuevas
operaciones militares israelíes

Pocos días después de nuestro regreso de lo que, hasta hace poco, se consideraba el futuro estado de Palestina y hoy es la cárcel más grande del mundo (Gaza) y la sala de espera más grande del mundo (Cisjordania), tuve un sueño. Estaba solo, de pie, desnudo hasta la cintura, en un desierto de arenisca. Más tarde, la mano de alguien recogía polvo del suelo y lo arrojaba contra mi pecho. Era un acto de consideración más que de agresión. Antes de tocarme, el polvo o la grava se transformaba en jirones de tela, probablemente algodón, que envolvían mi torso. Luego estos harapos volvían a cambiar convertidos en palabras, en frases. Escritas no por mí sino por el lugar. Al recordar este sueño, me vino a la mente la expresión barrido por la tierra. Repetidas veces. Barrido por la tierra habla de un lugar o lugares donde todo, tanto lo material como lo inmaterial, ha sido arrojado a un lado, saqueado, arrebatado, demolido, regado hasta desaparecer, todo salvo la tierra tangible. Hay una pequeña colina llamada Al Rabweh en las afueras del oeste de Ramallah, está al final de la calle Tokio. Cerca de la cima de la colina está enterrado el poeta Mahmoud Darwish. No es un cementerio.

La calle se llama Tokio porque conduce al Centro Cultural de la ciudad, que se halla al pie de la colina y fue construido con fondos japoneses. Fue en este Centro donde Darwish leyó algunos de sus poemas por última vez, aunque entonces nadie suponía que sería la última. ¿Qué significa la palabra última en momentos de desolación?

Fuimos a visitar la tumba. Tiene una lápida. La tierra excavada sigue desnuda, y los que lo lloran han dejado pequeñas coronas de trigo verde - como sugiere en uno de sus poemas -. También hay anémonas rojas, trocitos de papel, fotos. Él quería ser enterrado en Galilea, donde había nacido y donde aún vive su madre pero los israelíes no lo permitieron. En el funeral, decenas de miles de personas se congregaron allí, en Al Rabweh. Su madre, que tiene 96 años, les habló. "Es hijo de todos ustedes", les dijo.

¿En qué ruedo hablamos cuando hablamos de los seres queridos que acaban de morir o de ser muertos? Creemos que nuestras palabras resuenan en un momento presente más presente que aquellos en los que vivimos normalmente. Comparable a aquellos en que hacemos el amor, enfrentamos un peligro inminente, tomamos una decisión irrevocable, bailamos un tango. No es en el ruedo de lo eterno donde resuenan nuestras palabras pero podría ser que estuvieran en alguna pequeña galería de ese ruedo.

En la colina, ahora desierta, traté de recordar la voz de Darwish. Tenía la voz tranquila de un apicultor:

"Una caja de piedra
donde los vivos y los muertos se mueven en el barro seco
como las abejas cautivas en el panal de una colmena
y cada vez que el sitio se estrecha
hacen una huelga de hambre de flores
y le piden al mar que les muestre la salida de emergencia."

Al recordarla, sentí la necesidad de sentarme en la tierra tangible, en el pasto verde. Lo hice.

En árabe, Al Rabweh significa "la colina cubierta de pasto verde". Sus palabras han vuelto al lugar de donde salieron. Y no hay nada más. Una nada compartida por cuatro millones de personas. La siguiente colina, a 500 metros de distancia, es un basural. Los cuervos lo sobrevuelan en círculos. Algunos niños escarban entre los desperdicios. Cuando me senté en la hierba junto a la tumba recién excavada, ocurrió algo inesperado. Para definirlo tengo que describir otro hecho.

Sucedió hace pocos días. Mi hijo Yves manejaba e íbamos hacia la ciudad de Cluses en los Alpes franceses. Había nevado. Las laderas de las colinas, los campos y los árboles estaban blancos, y la blancura de la primera nieve a menudo confunde a las aves, interfiriendo con su sentido de la distancia y la orientación. De pronto, un pájaro golpeó el parabrisas. Por el espejo retrovisor, Yves lo vio caer al costado del camino. Frenó y dio marcha atrás. Era un pájaro pequeño, un petirrojo. Atontado pero todavía con vida, abría y cerraba los ojos. Lo recogí de la nieve, lo sentí tibio en mi mano, muy tibio, los pájaros tienen la sangre a una temperatura más alta que la nuestra. Seguimos camino. De a ratos, yo lo revisaba. En media hora había muerto. Lo levanté para colocarlo en el asiento trasero del auto. Lo que me sorprendió fue su peso. Pesaba menos que cuando lo recogí de la nieve. Lo pasé de una mano a otra para asegurarme. Era como si la energía que tenía cuando estaba vivo, su lucha por la vida, lo hubiera hecho más pesado. Ahora era casi ingrávido. Tras sentarme sobre el pasto de la colina de Al Rabweh, ocurrió algo parecido. La muerte de Mahmoud había perdido su peso. Lo que quedaba eran sus palabras.

Han pasado los meses, cada uno cargado de presagios y silencio. Ahora las catástrofes fluyen juntas hacia un delta que no tiene nombre y al que los geógrafos bautizarán más tarde, mucho más tarde. Hoy no hay nada que hacer más que tratar de caminar sobre las amargas aguas de este delta sin nombre.

Gaza, la cárcel más grande del mundo, se está transformando en un matadero. La palabra Franja (de Franja de Gaza) se empapa de sangre, como le ocurrió a la palabra gueto hace 65 años.

Día y noche, las Fuerzas de Defensa israelíes lanzan bombas, proyectiles, armas radiactivas GBU39 y descargas de ametralladora desde el aire, el mar y la tierra contra una población civil de un millón y medio de personas. El número estimado de mutilados y muertos aumenta con cada informe de los periodistas internacionales, a quienes Israel les ha prohibido entrar en la Franja. Sin embargo, la cifra crucial es que por cada baja israelí hay cien bajas palestinas. Una vida israelí vale cien vidas palestinas. Las implicancias de esta hipótesis son constantemente reiteradas por los portavoces israelíes con el fin de que resulten aceptables y normales. A la masacre pronto seguirá la peste; la mayoría de los edificios no tienen ni agua ni electricidad, los hospitales carecen de médicos, medicamentos y generadores. La masacre sigue a un bloqueo y un sitio. Más y más voces de protesta se levantan en todo el mundo. Pero los gobiernos de los ricos con sus medios de prensa mundiales y orgullosos de poseer armas nucleares, garantizan a Israel que todos mirarán a otro lado ante los crímenes que cometen sus Fuerzas de Defensa.

"Un lugar que llora entra a nuestro sueño," escribió el poeta kurdo Bejan Matur, "un lugar que llora entra a nuestro sueño y nunca se va." Nada más que tierra barrida por la tierra.

Cuatro meses atrás, me encuentro en Ramallah, en un estacionamiento subterráneo abandonado y ocupado por un grupo de artistas visuales palestinos, entre ellos la escultora Randa Mdah. Contemplo una instalación suya con el título de "Teatro de títeres". Está compuesta por un bajorrelieve de tres metros por dos, que se levanta vertical como una pared. Frente a ella, sobre el piso, hay tres figuras esculpidas. El bajorrelieve de hombros, caras, manos, fue construido sobre un armazón de alambres, poliéster, fibra de vidrio y arcilla. Está pintado de colores - verdes oscuros, marrones, rojos -. La profundidad del relieve es casi la misma que la de las puertas de bronce de Ghiberti para el Bautisterio de Florencia, y el escorzo y las distorsionadas perspectivas han sido tratados con casi la misma maestría. (Yo jamás habría adivinado que la artista era tan joven. Tiene 29 años.) La pared del bajorrelieve es como "la cerca" a la que se parece el público de un teatro cuando se lo ve desde el escenario.

En el piso del escenario que está enfrente, hay figuras de tamaño real, dos mujeres y un hombre. Están hechas de los mismos materiales pero con colores más apagados. Una de ellas está al alcance de la mano del público, otra a dos metros y la tercera, al doble de esa distancia. Llevan ropa de calle, la que eligieron ponerse esa mañana. Sus cuerpos están atados a cuerdas que cuelgan de tres varillas horizontales, las que a su vez cuelgan del cielorraso. Son títeres; las varillas son las barras de control de los titiriteros ausentes o invisibles.

Todas las figuras del bajorrelieve miran lo que tienen ante los ojos y se retuercen las manos. Sus manos son parvadas de aves de corral. Son impotentes. Se retuercen porque no pueden intervenir. Son un bajorrelieve, no son tridimensionales y por lo tanto no pueden ingresar o intervenir en el mundo real sólido. Representan el silencio. Esta obra tiene un poder que no veo en ninguna otra. Se adueña de la tierra donde se levanta. Vuelve sagrado el campo de exterminio situado entre los espectadores horrorizados y las víctimas agonizantes. Transformó el piso de un estacionamiento en algo barrido por la tierra. Esta obra profetizó la Franja de Gaza.

La tumba de Mahmoud Darwish en la colina de Al Rabweh ha sido cercada por orden de la Autoridad Palestina y una pirámide de cristal se levanta sobre ella. Ya no es posible sentarse en cuclillas junto a él. Pero sus palabras son audibles y podemos repetirlas y seguir repitiéndolas.

Tengo trabajo que hacer sobre la geografía de los volcanes
de la desolación a la ruina
de la época de Lot a la de Hiroshima
como si nunca hubiese vivido
con un ansia que aún no conozco
quizá el Ahora se ha alejado
y el ayer se ha acercado
así que tomo la mano del Ahora para caminar por el borde de la historia
y evitar el tiempo cíclico con su caos de cabras montaraces
¿Cómo puede salvarse mi mañana?
¿Por la velocidad del tiempo electrónico
o por la lentitud de mi caravana del desierto?
Tengo trabajo hasta mi muerte
como si no viera el mañana
y tengo trabajo para un hoy que no está aquí
así que escucho suavemente suavemente
el latido de hormiga de mi corazón.

Las citas pertenecen al poema Mural, de Darwish.

John Berger
Publicado en castellano en el suplemento de cultura Ñ, del diario Clarín de Buenos Aires, 11 de enero de 2009. Traducción del inglés de Elisa Carnelli


John Berger
El autor de esta nota, nacido en Londres en 1926, está considerado uno de los más grandes escritores ingleses de la actualidad. También dibujante y fotógrafo, es premio Booker y en la trilogía De sus fatigas aborda el cambio social que produjo el paso de la vida rural a la vida urbana durante el siglo pasado. Sus obras más conocidas son Hacia la boda, Lila y Flag y Una vez en Europa. Sus artículos y ensayos del libro Mirar son una referencia ineludible para los interesados en el arte. Con una escritura concisa y de aliento poético, en sus historias prevalece la observación moral y social y el interés por los desamparados.

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