martes, 13 de enero de 2009

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Gaza, la poesía y el dolor de una tierra barrida por el fuego

John Berger escribe sobre el drama palestino a través del recuerdo de un gran poeta.

Imágenes del territorio palestino tras las nuevas
operaciones militares israelíes

Pocos días después de nuestro regreso de lo que, hasta hace poco, se consideraba el futuro estado de Palestina y hoy es la cárcel más grande del mundo (Gaza) y la sala de espera más grande del mundo (Cisjordania), tuve un sueño. Estaba solo, de pie, desnudo hasta la cintura, en un desierto de arenisca. Más tarde, la mano de alguien recogía polvo del suelo y lo arrojaba contra mi pecho. Era un acto de consideración más que de agresión. Antes de tocarme, el polvo o la grava se transformaba en jirones de tela, probablemente algodón, que envolvían mi torso. Luego estos harapos volvían a cambiar convertidos en palabras, en frases. Escritas no por mí sino por el lugar. Al recordar este sueño, me vino a la mente la expresión barrido por la tierra. Repetidas veces. Barrido por la tierra habla de un lugar o lugares donde todo, tanto lo material como lo inmaterial, ha sido arrojado a un lado, saqueado, arrebatado, demolido, regado hasta desaparecer, todo salvo la tierra tangible. Hay una pequeña colina llamada Al Rabweh en las afueras del oeste de Ramallah, está al final de la calle Tokio. Cerca de la cima de la colina está enterrado el poeta Mahmoud Darwish. No es un cementerio.

La calle se llama Tokio porque conduce al Centro Cultural de la ciudad, que se halla al pie de la colina y fue construido con fondos japoneses. Fue en este Centro donde Darwish leyó algunos de sus poemas por última vez, aunque entonces nadie suponía que sería la última. ¿Qué significa la palabra última en momentos de desolación?

Fuimos a visitar la tumba. Tiene una lápida. La tierra excavada sigue desnuda, y los que lo lloran han dejado pequeñas coronas de trigo verde - como sugiere en uno de sus poemas -. También hay anémonas rojas, trocitos de papel, fotos. Él quería ser enterrado en Galilea, donde había nacido y donde aún vive su madre pero los israelíes no lo permitieron. En el funeral, decenas de miles de personas se congregaron allí, en Al Rabweh. Su madre, que tiene 96 años, les habló. "Es hijo de todos ustedes", les dijo.

¿En qué ruedo hablamos cuando hablamos de los seres queridos que acaban de morir o de ser muertos? Creemos que nuestras palabras resuenan en un momento presente más presente que aquellos en los que vivimos normalmente. Comparable a aquellos en que hacemos el amor, enfrentamos un peligro inminente, tomamos una decisión irrevocable, bailamos un tango. No es en el ruedo de lo eterno donde resuenan nuestras palabras pero podría ser que estuvieran en alguna pequeña galería de ese ruedo.

En la colina, ahora desierta, traté de recordar la voz de Darwish. Tenía la voz tranquila de un apicultor:

"Una caja de piedra
donde los vivos y los muertos se mueven en el barro seco
como las abejas cautivas en el panal de una colmena
y cada vez que el sitio se estrecha
hacen una huelga de hambre de flores
y le piden al mar que les muestre la salida de emergencia."

Al recordarla, sentí la necesidad de sentarme en la tierra tangible, en el pasto verde. Lo hice.

En árabe, Al Rabweh significa "la colina cubierta de pasto verde". Sus palabras han vuelto al lugar de donde salieron. Y no hay nada más. Una nada compartida por cuatro millones de personas. La siguiente colina, a 500 metros de distancia, es un basural. Los cuervos lo sobrevuelan en círculos. Algunos niños escarban entre los desperdicios. Cuando me senté en la hierba junto a la tumba recién excavada, ocurrió algo inesperado. Para definirlo tengo que describir otro hecho.

Sucedió hace pocos días. Mi hijo Yves manejaba e íbamos hacia la ciudad de Cluses en los Alpes franceses. Había nevado. Las laderas de las colinas, los campos y los árboles estaban blancos, y la blancura de la primera nieve a menudo confunde a las aves, interfiriendo con su sentido de la distancia y la orientación. De pronto, un pájaro golpeó el parabrisas. Por el espejo retrovisor, Yves lo vio caer al costado del camino. Frenó y dio marcha atrás. Era un pájaro pequeño, un petirrojo. Atontado pero todavía con vida, abría y cerraba los ojos. Lo recogí de la nieve, lo sentí tibio en mi mano, muy tibio, los pájaros tienen la sangre a una temperatura más alta que la nuestra. Seguimos camino. De a ratos, yo lo revisaba. En media hora había muerto. Lo levanté para colocarlo en el asiento trasero del auto. Lo que me sorprendió fue su peso. Pesaba menos que cuando lo recogí de la nieve. Lo pasé de una mano a otra para asegurarme. Era como si la energía que tenía cuando estaba vivo, su lucha por la vida, lo hubiera hecho más pesado. Ahora era casi ingrávido. Tras sentarme sobre el pasto de la colina de Al Rabweh, ocurrió algo parecido. La muerte de Mahmoud había perdido su peso. Lo que quedaba eran sus palabras.

Han pasado los meses, cada uno cargado de presagios y silencio. Ahora las catástrofes fluyen juntas hacia un delta que no tiene nombre y al que los geógrafos bautizarán más tarde, mucho más tarde. Hoy no hay nada que hacer más que tratar de caminar sobre las amargas aguas de este delta sin nombre.

Gaza, la cárcel más grande del mundo, se está transformando en un matadero. La palabra Franja (de Franja de Gaza) se empapa de sangre, como le ocurrió a la palabra gueto hace 65 años.

Día y noche, las Fuerzas de Defensa israelíes lanzan bombas, proyectiles, armas radiactivas GBU39 y descargas de ametralladora desde el aire, el mar y la tierra contra una población civil de un millón y medio de personas. El número estimado de mutilados y muertos aumenta con cada informe de los periodistas internacionales, a quienes Israel les ha prohibido entrar en la Franja. Sin embargo, la cifra crucial es que por cada baja israelí hay cien bajas palestinas. Una vida israelí vale cien vidas palestinas. Las implicancias de esta hipótesis son constantemente reiteradas por los portavoces israelíes con el fin de que resulten aceptables y normales. A la masacre pronto seguirá la peste; la mayoría de los edificios no tienen ni agua ni electricidad, los hospitales carecen de médicos, medicamentos y generadores. La masacre sigue a un bloqueo y un sitio. Más y más voces de protesta se levantan en todo el mundo. Pero los gobiernos de los ricos con sus medios de prensa mundiales y orgullosos de poseer armas nucleares, garantizan a Israel que todos mirarán a otro lado ante los crímenes que cometen sus Fuerzas de Defensa.

"Un lugar que llora entra a nuestro sueño," escribió el poeta kurdo Bejan Matur, "un lugar que llora entra a nuestro sueño y nunca se va." Nada más que tierra barrida por la tierra.

Cuatro meses atrás, me encuentro en Ramallah, en un estacionamiento subterráneo abandonado y ocupado por un grupo de artistas visuales palestinos, entre ellos la escultora Randa Mdah. Contemplo una instalación suya con el título de "Teatro de títeres". Está compuesta por un bajorrelieve de tres metros por dos, que se levanta vertical como una pared. Frente a ella, sobre el piso, hay tres figuras esculpidas. El bajorrelieve de hombros, caras, manos, fue construido sobre un armazón de alambres, poliéster, fibra de vidrio y arcilla. Está pintado de colores - verdes oscuros, marrones, rojos -. La profundidad del relieve es casi la misma que la de las puertas de bronce de Ghiberti para el Bautisterio de Florencia, y el escorzo y las distorsionadas perspectivas han sido tratados con casi la misma maestría. (Yo jamás habría adivinado que la artista era tan joven. Tiene 29 años.) La pared del bajorrelieve es como "la cerca" a la que se parece el público de un teatro cuando se lo ve desde el escenario.

En el piso del escenario que está enfrente, hay figuras de tamaño real, dos mujeres y un hombre. Están hechas de los mismos materiales pero con colores más apagados. Una de ellas está al alcance de la mano del público, otra a dos metros y la tercera, al doble de esa distancia. Llevan ropa de calle, la que eligieron ponerse esa mañana. Sus cuerpos están atados a cuerdas que cuelgan de tres varillas horizontales, las que a su vez cuelgan del cielorraso. Son títeres; las varillas son las barras de control de los titiriteros ausentes o invisibles.

Todas las figuras del bajorrelieve miran lo que tienen ante los ojos y se retuercen las manos. Sus manos son parvadas de aves de corral. Son impotentes. Se retuercen porque no pueden intervenir. Son un bajorrelieve, no son tridimensionales y por lo tanto no pueden ingresar o intervenir en el mundo real sólido. Representan el silencio. Esta obra tiene un poder que no veo en ninguna otra. Se adueña de la tierra donde se levanta. Vuelve sagrado el campo de exterminio situado entre los espectadores horrorizados y las víctimas agonizantes. Transformó el piso de un estacionamiento en algo barrido por la tierra. Esta obra profetizó la Franja de Gaza.

La tumba de Mahmoud Darwish en la colina de Al Rabweh ha sido cercada por orden de la Autoridad Palestina y una pirámide de cristal se levanta sobre ella. Ya no es posible sentarse en cuclillas junto a él. Pero sus palabras son audibles y podemos repetirlas y seguir repitiéndolas.

Tengo trabajo que hacer sobre la geografía de los volcanes
de la desolación a la ruina
de la época de Lot a la de Hiroshima
como si nunca hubiese vivido
con un ansia que aún no conozco
quizá el Ahora se ha alejado
y el ayer se ha acercado
así que tomo la mano del Ahora para caminar por el borde de la historia
y evitar el tiempo cíclico con su caos de cabras montaraces
¿Cómo puede salvarse mi mañana?
¿Por la velocidad del tiempo electrónico
o por la lentitud de mi caravana del desierto?
Tengo trabajo hasta mi muerte
como si no viera el mañana
y tengo trabajo para un hoy que no está aquí
así que escucho suavemente suavemente
el latido de hormiga de mi corazón.

Las citas pertenecen al poema Mural, de Darwish.

John Berger
Publicado en castellano en el suplemento de cultura Ñ, del diario Clarín de Buenos Aires, 11 de enero de 2009. Traducción del inglés de Elisa Carnelli


John Berger
El autor de esta nota, nacido en Londres en 1926, está considerado uno de los más grandes escritores ingleses de la actualidad. También dibujante y fotógrafo, es premio Booker y en la trilogía De sus fatigas aborda el cambio social que produjo el paso de la vida rural a la vida urbana durante el siglo pasado. Sus obras más conocidas son Hacia la boda, Lila y Flag y Una vez en Europa. Sus artículos y ensayos del libro Mirar son una referencia ineludible para los interesados en el arte. Con una escritura concisa y de aliento poético, en sus historias prevalece la observación moral y social y el interés por los desamparados.

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