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Piriápolis, Uruguay.
Foto: Emiliano Penelas 

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La educación
Él era tan educado que, antes de cruzar las puertas de la muerte, hizo que su esposa entrara en primer lugar.

El buen negocio
Al lado de la fábrica donde se producían los fósforos, aquel hombre de negocios había fundado una empresa donde se encendían los fósforos para comprobar si eran útiles.

La cifra
Cuando volvió a quedar embarazada, creyó que se volvería loca. Así y todo, muerta de miedo, dio a luz. Y el miedo fue incluso mayor al ver que la criatura viviría. Era su hijo número trece.
Trece, la cifra que temía más que a la vida o la muerte. Entonces, temerosa de una inminente desgracia, mató con sus propias manos a los otros doce hijos.

El acto
Eran muchos los que esperaban en el andén la llegada del subterráneo. Una decena, lás o menos. Esperaban con paciencia, desgastados por la rutina.
Les sorprendió, por eso, ver a un hombre bastante mayor que manifestaba cierta ansiedad. Hablaba con los usuarios, murmuraba unas palabras y les daba nerviosamente unos billetes.
- No, por favor, no me agradezcan -les decía-. Es para que tomen el taxi.
Ya se oía el rugido del subterráneo.
El hombre se arrojó a las vías poco antes de que llegara el subte, que no tuvo tiempo de frenar.
Aquel gesto desesperado provocó por dos horas, en efecto, la interrupción del servicio.

El ganador
Nunca había comprado un billete de lotería, pero a menudo pensaba en e! dinero de! premio mayor. Y un buen día, pensando en ello, ante sus ojos surgieron un nombre y una dirección. El nombre le era totalmente desconocido, al igual que la dirección.
Al día siguiente comprendió que aquél era el nombre del ganador, el nombre de quien había sido escogido por el azar de la lotería.
Desde entonces piensa regularmente en el ganador. Siempre sabe, de antemano, su nombre y su dirección.
Pero nunca sabe el número del billete ganador.

Cuentos glaciales, de Jacques Sternberg
Lea la primera tanda y la segunda.
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La confusión
En realidad, María -a quien apodaban la Virgen- parió dos hijos a la vez, gemelos.
Uno se convirtió en un alegre vagabundo, un amante de las andanzas y las palabras que llegó a ganarse, al azar de sus peregrinaciones, cierta fama de predicador. Pero fue muy pronto olvidado.
Al otro le fue mucho peor. Terminó, a los 33 años, en una cruz, entre otros dos ladrones.
Curiosamente lo confundieron con su hermano y la gloria se encargó de todo lo demás.

El uso
Crearon el mundo en seis días, tal como estaba previsto. Descansaron al séptimo y al octavo día inventaron a Dios.
Todo el mundo se vio entonces aburrido, sin saber qué hacer.
Hasta que alguien se puso de pie y sugirió:
- ¿Y si les damos a Dios a los terrícolas? Ellos sabrán darle un uso.
y así fue.

El punto final
Dios creó el mundo en seis días, como se ha dicho. Después, al séptimo día, descansó.
Esto le permitió reflexionar. Y, aterrado por el monstruo que había arrojado al espacio infinito, al día siguiente creó la muerte.

Cuentos glaciales, de Jacques Sternberg
Mirá la primera tanda.
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Los marcianos
Hacía mucho tiempo que se hablaba de ello... Hasta que al fin, una mañana, los marcianos llegaron a la Tierra, a los suburbios de una gran ciudad donde fueron acogidos con simpleza.
- ¿Ustedes vienen de muy lejos? -preguntaron los terrícolas, que todavía ignoraban quiénes eran.
- Venimos de la Tierra, somos terrícolas.
- ¡De la Tierra! Pero, ¿dónde creen que están?
- Creemos que llegamos a Marte -respondieron con igual simpleza.

El pollo
La familia, muy religiosa, estaba comiendo el pollo de los domingos cuando, por glotonería, la más pequeña de las hijas se atragantó con un hueso y, en pocos instantes, murió.
-Dios nos la ha dado -dijo el padre, sin soltar su tenedor-, Dios nos la quita. Alabado sea el Señor.
Entonces Dios, que no es ingrato, se apiadó, produjo un pequeño milagro y en un abrir y cerrar de ojos hizo resucitar al pollo.

La mosca
El choque fue excepcionalmente brutal. Los dos automóviles iban a más de cien por hora y se estrellaron de frente. Resultado: nueve muertos en total.
Tardaron más de una hora en sacar el primer cadáver de los restos de hierro. El único sobreviviente aprovechó para salir de allí e irse volando.
Era una mosca.
-Mierda -pensó-, nunca más me subo a un coche.

Los insectos
Cuando los enormes insectos venidos de un mundo lejano vieron por primera vez a los habitantes de la Tierra, comentaron estupefactos y aterrados:
- Son unos insectos enormes.

Cuentos glaciales, de Jacques Sternberg
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La luz que entraba por un agujero de la puerta iluminó el rostro gris de mi hermano, sucio de grasa y de cenizas. Me miró. Sus ojos pardos, lustrosos como grosellas, aún tenían trazas de las lágrimas y el miedo.

-¿Cómo te sientes? -dije.

Se relamió los labios, que inmediatamente recuperaron el color y la tersura habituales.

-Tengo frío.

-¿Por qué no te pones el capote? -le pregunté, y rodeé con mi brazo sus hombros temblorosos.

-Se lo dejé a ese chaval, porque tenía frío- dijo, y volvió la cabeza para señalar al muerto.

-¿Todo el día?

-Sí.

-Ahora ya no le sirve para nada -le dije, enfadado-. Ve a buscarlo.

-Bueno -respondió, pero no se movió y bajó la vista.

-Voy por él -dije, y me levanté. Mi hermano me siguió, como si temiera que lo dejara atrás.

Para quitarle el capote verde de mi hermano, tuve que mover sin contemplaciones el pesado cuerpo del muerto. Cuando se lo quité por fin, el cadáver estaba boca abajo, y sentí clavarse en mí los ojos de mis compañeros. Pero no tenía otra opción.

El capote olía a fruta podrida rápidamente por la actividad de productos químicos, no por la prolongada acción de las bacterias; olía a putrefacción inorgánica.

Con el capote sobre los hombros, pero sin arrebujarse en él, como si temiera que contaminara su cuerpO desmedrado, mi hermano se inclinó a contemplar la cara del difunto, blanca como la cera, y se echó a llorar.

-¡Éramos amigos, éramos amigos! -repetía con voz entrecortada por los sollozos.

De pie detrás de él, contemplé la cara de piel tersa como la corteza de una naranja, con los ojos oscuros y sin vida, ahora abiertos de par en par, del camarada que había realizado aquel largo viaje con nosotros. Las lágrimas rodaron por mis mejillas y cayeron sobre los hombros de mi hermano.

Lo cogí por los sobacos, lo levanté y, arrancándolo de la contemplación del rostro pálido, con los ojos muy abiertos, de nuestro camarada muerto, lo hice volver al rincón situado al otro lado de la estancia. Incluso después de sentarnos allí, entre nuestros compañeros, mi hermano seguía sollozando entrecortadamente, lo que reavivaba la pena de nuestros corazones.

Arrancad las semillas, fusilad a los niños, de Kenzaburo Oé
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Todo esto y mucho más en 
www.lomoargentina.blogspot.com










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Tres fragmentos del bonito libro de Ítalo Calvino, un mes después.


Las ciudades y los cambios. 2
En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, husmean otras miradas, no se detienen.

Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, con ojos inquietos bajo el velo y los labios trémulos. Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco; una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un intercambio de miradas como líneas que unen una figura a la otra y dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que todas las combinaciones en un instante se agotan, y otros personajes entran en escena: un ciego con un guepardo sujeto con cadena, una cortesana con abanico de plumas de avestruz, un efebo, una mujer descomunal. Así, entre quienes por casualidad se juntan para guarecerse de la lluvia bajo un soportal, o se apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías, sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos.

Una vibración lujuriosa mueve continuamente a Cloe, la más casta de las ciudades. Si hombres y mujeres empezaran a vivir sus efímeros sueños, cada fantasma se convertiría en una persona con quien comenzar una historia de persecuciones, de simulaciones, de malentendidos, de choques, de opresiones, y el carrusel de las fantasías se detendría.


Las ciudades tenues. 5
Si queréis creerme, bien. Ahora diré cómo es Ottavia, ciudad-telaraña. Hay un precipicio entre dos montañas abruptas: la ciudad está en el vacío, atada a las dos crestas con cuerdas y cadenas y pasarelas. Se camina sobre tos travesaños de madera, cuidando de no poner el pie en los intersticios, o uno se aferra a las mallas de cáñamo. Abajo no hay nada en cientos y cientos de metros: pasa alguna nube; se entrevé mas abajo el fondo del despeñadero.

Esta es la base de la ciudad: una red que sirve de pasaje y de sostén. Todo lo demás, en vez de elevarse encima, cuelga hacia abajo; escalas de cuerda, hamacas, casas hechas en forma de saco, percheros, terrazas como navecillas, odres de agua, picos de gas, asadores, cestos suspendidos de cordeles, montacargas, duchas, trapecios y anillas para juegos, teleféricos, lámparas, macetas con plantas de follaje colgante.

Suspendida en el abismo, la vida de los habitantes de Ottavia es menos incierta que en otras ciudades. Sabes que la red no sostiene más que eso.


Las ciudades y los ojos. 3
Después de andar siete días, a través de boscajes, el que va a Baucis no consigue verla y ha llegado. Los finos zancos que se alzan del suelo a gran distancia uno de otro y se pierden entre las nubes, sostienen la ciudad. Se sube por escalerillas. Los habitantes rara vez se muestran en tierra: tienen arriba todo lo necesario y prefieren no bajar. Nada de la ciudad toca el suelo salvo las largas patas de flamenco en que se apoya, y en los días luminosos, una sombra calada y angulosa que se dibuja en el follaje.

Tres hipótesis circulan sobre los habitantes de Baucis: que odian la tierra; que la respetan al punto de evitar todo contacto; que la aman tal como era antes de ellos, y con catalejos y telescopios apuntando hacia abajo no se cansan de pasarle revista, hoja por hoja, piedra por piedra, hormiga por hormiga, contemplando fascinados su propia ausencia.
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¡Y feliz cumpleaños, chabón!
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Fragmento del cuento "Aquel asunto del Rey", de Dashiell Hammett.
 
 
Romaine Frankl se levantó y vagó por la habitación, moviendo dos centímetros una silla aquí, arreglando allá un adorno, sacudiendo los pliegues de una cortina de la ventana, pretendiendo que un cuadro estaba algo torcido, moviéndose de un lado para otro como si alguien la transportara. Una graciosa muchachita vestida de raso rosado.

Se paró delante de un espejo, se retiró un poco a un lado de modo que pudiera verme reflejado en él y se arregló los rizos del cabello mientras decía casi ausente:

- Muy bien; Einarson quiere una revolución. ¿Qué hará su muchacho?

- Lo que yo le diga.

- ¿Qué le dirá usted que haga?

- Lo que resulte más barato. Quiero llevármelo a casa junto con todo su dinero.

Se apartó del espejo y se vino hacia mí, me revolvió el cabello y me besó en la boca, tomando mi rostro entre sus manos calientes y menudas.

- ¡Déme rápido una revolución, detective! -me dijo. Sus ojos estaban negros de excitación, su voz era gutural, su boca reía y su cuerpo temblaba-. Detesto a Einarson. Utilícelo y destrócelo, por mí. ¡Pero déme una revolución!

Me eché a reír, la besé y le dí la vuelta encima de mi pecho para que su cabeza se apoyara en mi hombro.

- Veremos -prometí-. Voy a encontrarme con ellos a medianoche. Quízá entonces sepa algo.

- ¿Volverás después de la reunión?

- Intenta prohibírmelo.
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Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.


Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).

Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de Famas
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