lunes, 7 de diciembre de 2009

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Corazón débil

En cuanto se encienden las luces, el espectador no tiene ninguna duda de que los personajes son profundamente rusos, y allí reside uno de los méritos del vestuario (Juan Ferreyra y Alicia Caldarone), cuya realización —a cargo de Ana Lía Bértola y Vivian Edel Urraco— es impecable. Luego están los emotivos Vasia y Arcadio, esos amigos incondicionales, de una sensibilidad extrema y dostoievskianos hasta la médula, que la actuación de Alejandro Magnone y Sergio Pascual, respectivamente, transmite en cuerpo y alma, fruto de un sólido trabajo introspectivo.


La anécdota es sencilla: Vasia, un humilde oficinista que realiza trabajos como copista para su jefe, padece un importante defecto físico. Y se enamora de la encantadora y bella Lisenka (notable y convincente Laura Conde en este papel y en el de su hermano), y es correspondido. Claro, Vasia, embriagado de felicidad, se extravía y, pese a la ayuda que recibe de su fiel amigo, no cumple con su tarea y termina cayendo en la locura. Como si el amor y la felicidad no estuvieran permitidos, y sólo fueran trampas para perder al ser humano en los abismos de la desesperación y la melancolía.

La adaptación de Mariel Bignasco demuestra oficio y talento para transmutar la narrativa del genial escritor ruso en experiencia dramática. Su dirección supo aprovechar la nada convencional estructura del Teatro del Artefacto, para ahondar en una suerte de minimalismo del espacio escénico, que se divide sugestivamente en la habitación de la pensión donde se hospedan los amigos, en calles de la ciudad, en una tienda, en un puente y en la casa de Lisenka. Ésta es una escena logradísima en que cuatro personajes están reunidos en un rincón pequeño y logran un vigor actoral impresionante. Aquí se debe destacar la admirable labor de Cecilia Labourt como madre de Lisenka, que en una prueba de versatilidad también interpreta a la dueña de la tienda y a la conmovedora criada de la pensión.



La escenografía de Juan Ferreyra y Alicia Caldarone optó por la austeridad y la alusión, y con pequeños elementos (una cama, un escritorio, una silla, cortinas, tazas de té) le otorgan al espectador la posibilidad de participar imaginando el posible decorado. Esto permite a la dirección sacar partido de los actores cuyos cuerpos pletóricos de expresividad iluminan las laberínticas zonas vacías del escenario. En esa sugerente construcción hay que resaltar la muy profesional operación de luces de Matías Miranda.

Aquellos que aman el teatro no pueden dejar de disfrutar esta obra.

Germán Cáceres
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