- Antes de dormirme cierro los ojos y cuento los hombres por quienes no me importarÃa ser besada. Los cuento con los dedos. Es muy agradable. Pero me entristece no poder pensar en más de diez.
Estas observaciones fueron hechas al joven Eguchi por la esposa de un ejecutivo comercial, una mujer de mediana edad, una mujer de sociedad y, según se rumoreaba, una mujer inteligente. En aquel momento estaban bailando un vals. Tomando esta súbita confesión como una sugerencia de que no le importarÃa ser besada por él, Eguchi aflojó la presión de su mano.
-No hago más que contarlos -dijo ella en todo superficial-. Usted es joven, y supongo que no le agobia tratar de dormirse. Y, aunque asà fuera, tiene a su esposa. Pero inténtelo de vez en cuando. Yo lo considero una medicina excelente.
La voz era definitivamente seca, y Eguchi no contestó. Ella habÃa dicho que se limitaba a contarlo; pero resultaba fácil imaginar que evocaba en su mente tanto sus rostros como sus cuerpos. Conjurar a diez debÃa exigir un tiempo y una imaginación considerables. Al pensar en esto, el perfume de algo parecido a una poción amorosa por parte de esta mujer ya madura asaltó a Eguchi con más fuerza. Ella era libre de evocar a su antojo la figura de Eguchi entre los hombres por quienes no le importaba ser besada. El asunto no era de su incumbencia, y no podÃa resistirse ni lamentarse; y, no obstante, el hecho de ser utilizado a sus espaldas por la mente de una mujer de edad mediana resultaba bochornoso. Pero no habÃa olvidado las palabras de ella. Después empezó a sospechar que la mujer podÃa haberse burlado de él o inventado la historia para divertirse a su costa; pero, al final, las palabras permanecieron. La mujer habÃa muerto hacÃa tiempo y Eguchi ya habÃa desechado todas estas dudas. Y, mujer inteligente, ¿antes de morir, cuántos centenares de hombres imaginó que habÃa besado?

