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Ayer falleció Marisa Paredes y, desde entonces, las redes y los medios se han llenado de recuerdos, anécdotas y escenas ligadas a ella, a sus películas y a los papeles que la convirtieron en leyenda. Ante la enorme pérdida que supone para el cine y el teatro, también es momento de recordar lo importante que fue para muchos.


En ICON tuvimos la suerte de compartir con ella dos momentos fundamentales. El primero fueron nuestros premios de 2019, donde recibió el premio Icono y demostró que subirse a un escenario es mucho más que subir los escalones que lo separan del suelo. Estuvo magnífica.

La segunda vez fue hace menos de un año, cuando nos dio una de las entrevistas más bonitas de su carrera. Se publicó en febrero de 2024, y en ella charló con Tom C. Avendaño sobre su infancia, su compromiso político, los papeles que había interpretado y su amor por la profesión. Los retratos que la acompañaron, de Alberto García-Alix, fueron otro de esos hitos que dan sentido a una cabecera como la nuestra. Dos mitos dialogando y creando algo juntos. Una vez más, Marisa Paredes demostraba estar a la altura de la leyenda de Marisa Paredes. Y eso no es poca cosa.


La actriz madrileña tuvo una carrera atípica, con una intensísima actividad teatral y televisiva en su juventud y una madurez espléndida, ya convertida en estrella. Es inevitable hablar de Almodóvar porque fue su trilogía melodramática (Tacones Lejanos, de 1991; La flor de mi secreto, de 1995; y Todo sobre mi madre, de 1999) la que acabó de perfilar un arquetipo de mujer con experiencia y heridas sin cicatrizar, de artista con pasado turbulento, de veterana que no renuncia a sus contradicciones.
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‌Lo suyo nunca fueron los papeles ligeros; en Tras el cristal (1986), de Agustí Villaronga, perfiló un papel dificilísimo, una presencia aparentemente secundaria pero imprescindible en el baile de muerte y crueldad de los protagonistas: además del drama y la comedia, a Paredes se le daba muy bien el terror, tal vez por esa distinción elegante que, como contaba en su entrevista a ICON, la hacía perfecta para el teatro eslavo o nórdico.

Tenía ese algo llamado presencia escénica dentro y fuera de los escenarios.


En primavera de 2019, el fotógrafo Pablo Zamora y yo volvíamos de hacer un reportaje juntos en Berlín y en la terminal del aeropuerto madrileño nos cruzamos con Paredes. O, casi casi, con uno de sus personajes. Llevaba un traje de chaqueta rojo y labios del mismo color. Entre tanta gente apresurada, corriendo de un lado a otro en vaqueros y chándal, Marisa Paredes se había vestido para ir al aeropuerto, y lo había hecho como uno de sus personajes, como Becky del Páramo en Tacones Lejanos, cuando desembarca en Barajas para reencontrarse con su pasado. En cierto modo, parte de su talento era dar lo que se esperaba de ella; esas miradas, esas entonaciones, esas frases que, como reconocía a Tom en aquella entrevista, sentía como suyas porque, en cierto modo, lo eran.


Para mí, Marisa Paredes fue uno de los rostros que me enseñaron a ver cine. Yo debía tener 12 años cuando mi madre grabó en vídeo una reposición de Tacones Lejanos y la vimos juntos. Mi madre me indicó que debía fijarme en la importancia de los planos y los colores, la teatralidad de ciertos gestos, la cadencia de las frases. Me quedé hipnotizado. Además, muchas cosas de aquella película me resultaban familiares: por aquel entonces mis abuelos vivían al lado de la plaza del Alamillo, y yo había pasado mil veces por el tragaluz de la portería donde vuelve a vivir Becky-Marisa al regresar de América. También la dicción madrileña, seca, elegante, de las dos protagonistas, Paredes y Victoria Abril, me resultaba cercana. Recuerdo muchas más interpretaciones suyas, pero aquella, para mí, es como volver a casa. Por eso, cuando pienso en Marisa Paredes, pienso en Becky del Páramo pidiéndole al taxista que pare un momento en la plaza del Alamillo para ver su antigua casa y descubrir que los muros están empapelados con carteles de su imitadora (la drag interpretada por Miguel Bosé). Cuando los ve, Becky-Marisa se siente halagada, pero también algo tensa, en uno de esos matices contradictorios que la actriz bordaba como nadie y que resumen, por encima de todo, los motivos que convierten a una actriz en estrella. O en icono.

Carlos Primo
Fotos: Alberto García-Alix
ICON, Diario El País, Madrid, 18 de diciembre de 2024

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Guardián del pasado literario de Brooklyn y de la generación heredera de Faulkner, el narrador falleció de cáncer en Nueva York tras unos años marcados por la tragedia de la muerte de su nieta y su hijo.


El escritor estadounidense Paul Auster ha muerto este martes en Nueva York a los 77 años consecuencia del cáncer de pulmón que padecía, cuyo diagnóstico anunció públicamente hace un año su esposa, la también escritora Siri Hustvedt. Su muerte se produce pocos meses después de publicar Baumgartner, la novela en la que repasa cinco décadas de escritura y que constituye su testamento literario. Reconocido internacionalmente, tanto por su literatura como por sus incursiones en el cine —como la película Smoke, con Harvey Keitel en el papel protagonista—, autor de la aclamada Trilogía de Nueva York o la novela río 4 3 2 1, el carismático escritor y patrón laico de su barrio de adopción, Brooklyn, recibió numerosos premios —entre ellos el Príncipe de Asturias en 2006— aunque siempre le fuera esquivo el Nobel. Pero fue sobre todo el reconocimiento de la crítica —el suplemento literario del británico Times lo calificó como “uno de los escritores estadounidenses con una inventiva más espectacular”— el que forjó su estatura de gigante de las letras.

Aunque originario del Estado vecino de Nueva Jersey, Auster fue una de las luminarias de la escena cultural neoyorquina, de la que se retiró tras ser diagnosticado de cáncer. Visiblemente desmejorado incluso antes de conocerse la enfermedad que padecía, sus cada vez más contadas apariciones públicas, como por ejemplo el homenaje de autores a su amigo Salman Rushdie, víctima de un atentado en agosto de 2022, hacían presagiar un debilitamiento de su estado, que el doble mazazo familiar que sufrió al perder a su nieta y a su hijo en un breve periodo de tiempo, acabó de minar.

Novelista prolífico, escritor de memorias y guionista cuya fama eclosionó en la década de los ochenta con su reinvención posmoderna de la novela negra, Auster era descrito a menudo como una “superestrella literaria” en los medios de comunicación. Ligado a los ritmos de su ciudad adoptiva, que también fue un personaje en gran parte de su obra, permaneció fiel sobre todo a Brooklyn, donde se instaló en 1980 entre las calles bordeadas de robles de las brownstones, o tradicionales casas de piedra rojiza que constituyen la tipología de la zona de Park Slope, su barrio. A medida que crecía su reputación, Auster pasó a ser considerado un guardián del rico pasado literario de Brooklyn, de raigambre judía, y también el principal recambio de la generación que heredó al coloso Faulkner, con Philip Roth a la cabeza.

“Paul Auster era el novelista de Brooklyn en los años ochenta y noventa, cuando yo crecía allí, en una época en la que muy pocos escritores famosos vivían en el barrio”, ha declarado al diario The New York Times la escritora y poeta Meghan O’Rourke, criada en un barrio cercano al de Auster. “Sus libros estaban en las estanterías de todos los amigos de mis padres. De adolescentes, mis amigos y yo leíamos ávidamente su obra tanto por su extrañeza —ese toque de surrealismo europeo— como por su cercanía”.

Ese toque europeo le convirtió, como a Woody Allen y sus películas, en un creador especialmente apreciado en el Viejo Continente. En Francia —vivió de joven en París— ganó varios premios literarios y se convirtió en uno de esos contados estadounidenses que los franceses acogen como a un hijo adoptivo. “Auster es una estrella del rock en París”, escribió en 2007 la revista New York.

En el Reino Unido, su novela 4 3 2 1, publicada en 2017 y que ofrece cuatro versiones paralelas de los primeros años de vida de su protagonista —Ferguson, un niño judío nacido en Newark en 1947—, fue preseleccionada para el Premio Man Booker. Otro paralelo con el gran Roth, tal vez el padre literario al que nunca quiso matar para abrirse paso en el mundo de las letras: ambos con raíces judías y de Nueva Jersey.

Su carrera despegó en 1982, con sus memorias La invención de la soledad, una inquietante reflexión sobre su distante relación con su padre. Su primera novela, Ciudad de cristal, fue rechazada por 17 editoriales antes de ser publicada por un pequeño sello californiano en 1985. El libro se convirtió en la primera entrega de su obra más célebre, Trilogía de Nueva York, más tarde reunidas en un solo volumen. Fue una de las 25 novelas neoyorquinas más significativas de los últimos 100 años según un suplemento de estilo de The New York Times.

Ciudad de cristal es la historia de un escritor de novelas de misterio que se tambalea por una pérdida personal —un tema siempre presente en la obra de Auster, primero la de su padre y luego, en el último tramo de su vida, la doble tragedia de su nieta y su hijo a consecuencia de la adicción a las drogas de este― y que, a través de un número equivocado, es confundido con un detective privado llamado Paul Auster. El escritor comienza a asumir la identidad del detective, perdiéndose en un trabajo de investigador de la vida real mientras desciende hacia la locura.

Auster decía a menudo que prefería a Emily Brontë antes que a cualquier contemporáneo; evitaba los ordenadores y escribía a menudo con pluma estilográfica en cuadernos. Utilizaba luego su antigua máquina de escribir Olympia para mecanografiar sus manuscritos. Inmortalizó la máquina en su libro de 2002 La historia de mi máquina de escribir. Ejemplo de clásico moderno, o de moderno con maneras muy clásicas, Auster estaba casado con la escritora y ensayista Hudsvedt, también galardonada con el premio Príncipe de Asturias. En una publicación en la red social Instagram, la autora reflexionó sobre las paradojas que plantea acompañar a un enfermo y sobre la dureza de los tratamientos: “Vivir en un lugar llamado Cancerland”.

María Antonia Sánchez-Vallejo
Diario El País, Madrid, 1 de mayo de 2024
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El artista estadounidense, discípulo de Cartier-Bresson y vinculado a la agencia Magnum durante seis décadas, deja una obra en blanco y negro que ha entrado en los museos.


Sin llegar a la socarronería de Martin Parr y sus populares escenas de turismo de masas, el fotógrafo estadounidense Elliot Erwitt plasmó en su obra el humor y el absurdo cotidianos con ironía, pero también la emoción y el amor, al margen de que fueran perennes o fugaces. Heredero de la mejor escuela en blanco y negro, esa raigambre que viene de Herbert List y que en los ochenta coronó a una generación entera (Irving Penn, Helmut Newton, Richard Avedon, el propio Erwitt), definió el modo de plasmar un mundo en movimiento, de ahí que sus imágenes parezcan en algunos casos en volandas. Erwitt destacó especialmente retratando a niños y a perros, seres especialmente inquietos y las criaturas que, como recomendó en su día Hitchcock -y luego repitiera Bertolucci-, más conviene mantener alejadas de las cámaras.

“La belleza de la fotografía está en su capacidad de detener el tiempo”, dijo. Su tiempo se acabó este miércoles, a los 95 años, en su domicilio de Manhattan, rodeado de su familia. Su muerte fue anunciada por la agencia Magnum, a la que perteneció durante más de seis décadas, llegando a dirigirla en los años sesenta. Reconocido fotoperiodista, pero también fotógrafo comercial, dijo también algo que describe a la perfección su obra: “Para que una fotografía sea buena debe tener equilibrio, forma y fondo. Pero para ser muy buena también debe tener una magia indefinible”. Casi todas sus instantáneas tienen la impronta de la fugacidad. Porque Elliot Erwitt perfeccionó lo que su maestro, Henri Cartier-Bresson, consideraba clave de una buena fotografía, el “instante decisivo”, el momento justo, aun sin saber, jamás, que el resultado estuviese a la altura de las expectativas. El dedo presto en el disparador para percibir lo extraordinario en lo ordinario y fijar para siempre esa milésima de segundo.

Defensor a ultranza de la película en blanco y negro hasta bien entrada la era de la fotografía digital, armado siempre con sus Rolleiflex y Leica, Erwitt compatibilizó una doble carrera como periodista y como artista. Empezó a colaborar en la década de los cincuenta en Magnum, la agencia de fotoperiodismo fundada por Cartier-Bresson y otro mentor, Robert Capa, así como con revistas populares de la época, como Life, Newsweek, Collier’s y Look. El país recién salido de la guerra, entregado al optimismo hasta patentar el american way of life, desfiló por delante de su objetivo comercial, el que le permitía vivir y pagar las facturas. Pero a las sesiones siempre llevaba otra cámara, la del artista. Al primer trabajo, lo llamaba “obediencia creativa”, tarea que cumplía con oficio para poder desarrollar su pulsión artística. Esa dualidad se retroalimentó hasta que su consagración como fotógrafo le permitió decantarse por la creación, no sólo por la recreación de lo que veía.

“Elliott ha conseguido un milagro”, declaró Cartier-Bresson al diario The Guardian en 2003, “trabajando [a la vez] en campañas comerciales y ofreciendo un ramillete de fotos robadas [de esas mismas sesiones] con un sabor especial, una sonrisa de su yo más profundo”.

Fascinado por los perros, aunque también autor de un maravilloso retrato femenino con gato (Lucienne and cat, de 1953), los retrató en escenarios inverosímiles, muchas veces suplantando los humores de los humanos: perros perplejos, inquisidores, melancólicos, cascarrabias, insolentes. Uno de ellos se pasea por la playa de Deauville en temporada baja como una alegoría de la soledad; otro mira despreocupadamente hacia el fotógrafo desde el asiento del conductor de un Renault, en una calle de París. Porque Erwitt fue uno de los grandes de la fotografía estadounidense, pero también inmortalizó el París de los tópicos: el niño francés con boina, sobre una bicicleta, entre su padre y dos baguettes. O la grácil pirueta de un hombre con paraguas recortándose sobre el fondo de la torre Eiffel mientras una pareja se besa. Besos, como niños y perros, fueron motivos constantes en su obra. A los cánidos les dedicó tres libros monográficos: Son of Bitch (Hijo de perra o hijo de puta), To the Dogs (A los perros) y Woof, la onomatopeya inglesa para el ladrido.

El artista que consagró el carisma de Castro y del Che
Definir a Elliot Erwitt como un fotoperiodista con una doble vida artística sería limitar la grandeza de su obra. Por delante de su cámara pasaron Frank Sinatra, Muhammad Ali y Simone de Beauvoir. Sus retratos de 1964 del líder cubano Fidel Castro y del icono Che Guevara pavoneándose por las calles de La Habana consagraron definitivamente el carisma de ambos. “Fidel Castro era muy fotogénico, una especie de cowboy”, contó después. “Una persona interesante, obviamente, y muy hablador. Fue extraordinario reunirlos en la misma habitación. Estaban dispuestos a dejarse fotografiar, era bastante fácil. Es mucho más fácil fotografiar a las estrellas que no hacerlo”.

De otras estrellas más mundanas también mostró el lado menos conocido. A Marilyn Monroe la bajó del pedestal de Hollywood para mostrarla simplemente como la aplicada estudiante de un guion; a Jacqueline Kennedy, clamorosamente sola entre la multitud tras el entierro de su esposo, con la bandera que cubría el féretro doblada en sus manos. Erwitt fue fotógrafo oficial de la Casa Blanca durante la presidencia del demócrata asesinado en Dallas hace ahora 60 años.

Aunque viajó por medio mundo, incluida la Unión Soviética de Nikita Jrushov, el universo creativo de Erwitt empezaba y terminaba en su casa. Una de sus fotos más celebradas, un claroscuro con grano de 1953, muestra a su esposa, Lucienne, mientras mira con arrobo a Ellen, su bebé de seis días, dormida en la cama, mientras un gato vela a los pies de la criatura (una variación de la citada Lucienne and cat). El propio autor la definió sencillamente como “una foto de familia de mi primer hijo, mi primera mujer y mi gato”, pero se convirtió en una de las más vendidas de su carrera, tanto que “permitió que varios de mis hijos fueran a la universidad”, declaró en una entrevista. Su hija Shasha fue este miércoles la encargada de comunicar que su padre había detenido definitivamente el tiempo, aquello que persiguió toda su vida con la cámara.

María Antonia Sánchez-Vallejo
Diario El País, España, 30 de noviembre de 2023
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Hace 30 años la banda británica grabó en la capital española el considerado su último gran álbum, Songs Of Faith And Devotion. Tras quemar la noche madrileña, se embarcaron en una gira tan accidentada, peligrosa y controvertida como genial, que todavía se recuerda


Juanito Torpedo (izquierda) junto a Depeche Mode durante un encuentro con la prensa previo a su concierto en Pachá auditorium del 8 de marzo de 1984. Foto de Manuel Navarro, cedida por Juanito Torpedo.

Cuando unos fans avistaron a los componentes de Depeche Mode haciendo la compra en el hipermercado Continente de Alcobendas (Madrid) no dieron crédito. Corría el año 1992, y la banda procedente de Basildon (Reino Unido) era una de las más grandes del momento. Su último álbum por entonces, Violator, había sido número 1 en medio mundo (incluida España) y el fervor popular que despertaban era uno de los más intensos del planeta. Pero, en aquella época anterior a internet, aún se podían hacer cosas medio en secreto.

A la hora de grabar su esperadísimo nuevo disco, el que iba a ser el octavo de su trayectoria, el cuarteto británico decidió cambiar su método. El productor, Flood, acaba de registrar Achtung Baby con U2 en Berlín. Bono y compañía se habían aislado de su entorno natural y se encerraron a vivir y grabar en otro país, con resultados sobresalientes. Si aquel fue el disco de la reinvención de los irlandeses, Songs Of Faith And Devotion pretendía tener la misma función en la carrera de Depeche Mode, aunque el giro sería el inverso: en lugar de pasarse del rock a la electrónica, los héroes del tecno pop iban a abrazar las guitarras eléctricas. No sin debate interno.

El impulso rock provenía de su cantante, Dave Gahan, quien se había afincado en Los Ángeles y se había enganchado a los sonidos de Jane’s Addiction, Nirvana, Soundgarden y Neil Young. También había cambiado radicalmente de imagen: estaba delgadísimo, lucía barba y una larga melena negra y su piel se había cubierto de tatuajes. Al llegar a Madrid, muchos no lo reconocieron.

La banda aterrizó en la capital de España en febrero de 1992, y habilitó su vivienda-estudio en un chalé en la exclusiva urbanización de La Moraleja. ¿Por qué Madrid? Hay varias teorías sobre esto. En un artículo de la época en El País, Diego A. Manrique exponía que la motivación era ahorrarse impuestos. La escritora y periodista Elena Cabrera, autora del libro Depeche Mode. Los últimos amantes (La Máscara, 1999), apunta que en su discográfica “les buscaron opciones de sitios en Europa donde pudieran estar tranquilos y vivir y grabar a la vez, y esta les pareció la mejor”.

La opinión más generalizada: que el atractivo de la noche madrileña fue lo que inclinó la balanza a su favor. El idilio de los Depeche con la ciudad venía de lejos: en plena Movida, habían actuado dos noches seguidas en la emblemática sala Rock-Ola en 1982, cuando solo tenían un disco, y, dos años después, lo hicieron en la Escuela de Caminos. Aquellas apariciones fueron muy influyentes en los ambientes tecnopop de la ciudad, como rubrica la periodista. “Ellos siempre han tenido buen recuerdo de los conciertos en Madrid, saben que aquí tienen un público muy fiel. No en todas las ciudades llenan dos noches seguidas el mismo estadio, como suele suceder aquí con el Palacio de Deportes. Pero el recuerdo de los días del chalé no es idílico para ellos. La idea de vivir juntos y grabar a la vez no fue la mejor. Dave Gahan se encerraba en su habitación todo el día, se ponía a pintar en un cuarto con velas y salía solo por la noche a cantar. Martin Gore [guitarra y teclados] bebía mucho. Alan Wilder [teclados y batería] estaba enfadado… Fue un infierno para la banda”.

Crisis en el chalé, fiestones en la noche madrileña

El de La Moraleja era un chalet amplio, con grandes ventanales de cristal, que alguien del entorno del grupo definió como “parecido a la mansión de Scarface”. Aunque rogaron que no se filtrase la localización, como confesó Wilder a Manrique (“Fuimos a Radio Madrid a hablar en directo y al final se congregaron tantos seguidores que no podíamos huir, se subían encima del coche y llegamos a temer por nuestras vidas”), algunos seguidores sí la encontraron. Es el caso de Juan García Flores, alias Juanillo, responsable del club de fans del grupo en Madrid y autor del libro Más de 35 años de Depeche Mode (Bubok, 2017).

“Nos enteramos de dónde estaban. La Moraleja era entonces una urbanización privada pero con acceso libre, llamamos al portero automático y nos dejaron pasar cuando les dijimos que íbamos en representación del club de fans”. Los chicos tuvieron la oportunidad de ver parte de la grabación y pasar unos minutos charlando con los componentes de la banda, sin ser conscientes del mal ambiente que había entre ellos.

Dave Gahan en un momento de la gira 'Devotional' en Bruselas el 25 de mayo de 1993.

No obstante, fue en los clubes nocturnos donde Gahan, Gore y el otro teclista, Andy Fletcher (fallecido el pasado mayo), más se hicieron ver. “Mientras Wilder se quedaba en el estudio trabajando con Flood, al resto se les avistó en varias ocasiones en la sala Morocco, que entonces era regentada por Alaska, siempre en zona VIP, y en discotecas como Archy u Oh! Madrid. También se supo de un enfrentamiento de Dave Gahan con unos ángeles del infierno a las puertas de una sala y casi lo detienen”, apunta Juanillo.

La banda estuvo afincada en Madrid durante cuatro meses, con un descanso en abril que el vocalista aprovechó para casarse en Las Vegas en segundas nupcias. Gahan, entonces de 29 años, se acababa de divorciar de su primera esposa. En la gira de Violator ya se había empezado a entregar por completo a la noche y sus excesos. Llegó a Madrid enganchado a la heroína, lo que, sumado a las enormes diferencias creativas entre Gore y Wilder, avivó la tensión entre todos los miembros del grupo. Este último tomó ya ahí la decisión de que, en cuanto finalizase la gira posterior, abandonaría Depeche Mode.

“No podíamos soportar estar en la misma habitación juntos, y me juré a mí mismo que nunca más volvería a hacer un disco en esas circunstancias”, declaró. Añadió, no obstante, que estaban “en la peor situación como miembros del grupo”, pero de ahí salió uno de sus mejores trabajos.

Martin Gore, Dave Gahan y el fallecido Andrew Fletcher, durante una conferencia de prensa en 2012 en París.

En efecto. Gahan volcó todo aquello en unas interpretaciones vocales que se pueden considerar las mejores de su vida, y Songs Of Faith And Devotion fue un éxito de crítica y público: vendió cuatro millones de copias y fue su primer disco en auparse directamente al número 1 en el Reino Unido y EE UU (en España se quedó en el 2). “Es su última obra maestra”, afirma el crítico cultural, y fan del grupo, Óscar Cabrera.

Devotional, la gira que casi acaba con ellos

No todo Songs Of Faith And Devotion se registró en Madrid. La banda culminó la grabación en Hamburgo. No regresaron a España hasta julio de 1993, ya con la gira del disco. El célebre Devotional Tour pasó por una ciudad tan poco habitual como Pontevedra (apenas acudieron tres mil personas a un desolado estadio de Pasarón), además de Madrid (Plaza de Toros de Las Ventas) y Barcelona (Palau Sant Jordi). Alberto Monreal, entonces responsable del influyente fanzine Maldoror y actualmente del podcast Pobres chavales, fue testigo de los dos últimos conciertos. “En cada gira Dave estaba más salido, y aquí estaba a tope, se movía continuamente, no paraba. Estaba todo el tiempo bailando y gritando y contoneándose, parecía un diablo. Era el mejor frontman del mundo en aquel entonces. Fue un espectáculo apabullante, lo dieron todo. Era una banda herida, nada sabíamos de la adicción de Dave ni los problemas entre ellos, pero en directo eran una apisonadora”.

Lo que se percibía en el escenario contrastaba con lo que sucedía fuera de él. Tanto que el Devotional Tour fue definido por la revista británica Q como “la gira de rock más depravada de todos los tiempos”. Fue la más extensa en la carrera del grupo: 158 conciertos en 27 países, a lo largo de los cinco continentes durante 14 meses para dos millones de personas en total. En la gira les acompañaba un equipo de 120 personas, entre las que se incluían un psiquiatra y un camello a tiempo completo. Se dice que las fiestas que seguían a los conciertos eran verdaderamente salvajes. Buen indicador de ello es que los teloneros en gran parte de la gira, Primal Scream (no precisamente unos santurrones) se asustaron de lo que veían.

Los miembros originales de Depeche Mode retratados en Tokio en el verano de 1986.

Diversos testigos contaron historias de orgías, vandalismo y consumo exacerbado de drogas. A Gahan le expulsaron de un hotel en Berlín y le detuvieron en Montreal por agredir a un conserje. En Nueva Orleans sufrió un paro cardíaco en pleno concierto debido a una sobredosis. Cada noche le ponían chutes de cortisona para poder actuar. Gore también fue arrestado en Denver por alteración del orden público y, en Los Ángeles, padeció convulsiones y pérdidas de conocimiento. Fletcher fue hospitalizado por una crisis nerviosa en Sudáfrica y terminó abandonando la gira por depresión. Lo ingresaron en la clínica londinense The Priory, donde lamentó las secuelas que le habían dejado el abuso del alcohol y las drogas en Madrid.

En la parte final de la gira, Gahan mordió a un periodista en el cuello porque estaba convencido de que era un vampiro, y acabó hospitalizado de nuevo, esta vez por la fractura de varias costillas, al dar un mal salto desde el escenario. “Ninguno de nosotros volvimos a ser los mismos después de esa gira”, confesó Gore. Al final de la misma, se daba por sentado que Depeche Mode se había disuelto. Alan Wilder anunció oficialmente que dejaba el grupo en 1995, Gahan intentó suicidarse en una ocasión y llegó a estar al borde de la muerte por otra sobredosis.

Gahan y Gore, ¿el último tour?

Ya como trío, el grupo siguió adelante con la publicación de Ultra en 1997, pero “tras la marcha de Wilder, nada fue lo mismo”, opina Óscar Cabrera. “Su trabajo era vital en el estudio y los fans aseguran que su ausencia fue la causa del declive del grupo. Yo creo que el motivo de que Depeche cada vez hagan peores discos es el mismo que en todos los grupos de rock: la edad. Es ridículo exigir a un grupo de sesentones que vuelvan a hacer historia. Ya la hicieron. Cambiaron la música de su momento, y eso está al alcance de muy pocos”.

Ya limpios y centrados, Depeche Mode se estandarizaron. En el siglo XXI su dinámica habitual ha sido la de juntarse para publicar un disco cada cuatro años y anunciar sus respectivas giras en una multitudinaria rueda de prensa. Han grabado siete discos más tras Songs Of Faith And Devotion, pero la triste novedad llega con Memento Mori. Su próximo trabajo, cuya publicación está prevista para el 17 de marzo, está lastrado por el fallecimiento de Andy Fletcher debido a una disección aórtica. El ahora dúo lo presentará el 2 de junio en el Primavera Sound de Barcelona, y el día 9 en la edición madrileña del festival, 30 años después de su mitificada visita del Devotional. “Me cuesta mucho imaginar un directo sin Andy Fletcher”, afirma Elena Cabrera. “Es probable que sea la última gira, quizá tenga cierto aroma de despedida”.

David Saavedra
Diario El País, 20 de enero de 2023
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El director finlandés recibió una distinción en Madrid y habló con el diario El País.


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El autor, considerado uno de los más influyentes de su generación. G., Siempre bienvenidos o Modos de ver son algunas de sus obras más conocidas.



El escritor, pintor, ensayista y poeta John Berger falleció este lunes a los 90 años en Antony (París), según confirmó la directora literaria de Alfaguara, María Fasce, a El País, tras hablar con una nieta del autor en Francia, quien afirmó: "Il est parti" (Partió).

John Berger era un experto en desapariciones. Toda su obra literaria es el testimonio de alguien que contempla un universo que se desvanece ante sus ojos, ya se trate de la gran pintura europea o de la vida en los pequeños pueblos de la Europa rural. Berger se formó como artista plástico pero se consagró como teórico cuando convirtió en un libro mítico —Modos de ver— una serie emitida en 1972 por la BBC. Lejos de cualquier análisis esotérico, aquel ensayo ilustrado demostró que se podría mantener la fascinación por un cuadro incluso después de rastrear las condiciones materiales en que fue encargado, pintado y expuesto.

El creador británico fue también poeta, guionista de cine, dramaturgo y colaborador de El País. El diario The Guardian lo definía recientemente como "uno de los escritores más influyentes de su generación". Nacido en Londres en 1926, entre sus obras más conocidas están El cuaderno de Bento, Con la esperanza entre los dientes, Siempre bienvenidos, The Seventh Man, Hacia la boda, Puerca tierra y Una vez en Europa. Y Alfaguara editó hace pocos meses Rondó para Beverly, un homenaje que el autor escribió junto con su hijo Yves para su esposa, fallecida en 2013. En julio de 2006, escribió un artículo titulado En defensa del pueblo palestino, junto con Noam Chomsky, Harold Pinter y José Saramago.

Tirando de los hilos que Walter Benjamin dejó lanzados en los años treinta, Berger demostró que el marxismo seguía siendo útil como herramienta de análisis cultural. De paso puso de manifiesto que, en manos de un genio, el arte nacido como propaganda —al servicio de un Papa, un rey o un noble— también puede convertirse en una vía de liberación. De eso, pero aplicado al siglo XX, trataba también su primera novela: Un pintor de nuestro tiempo (1958), que daba voz a un artista húngaro exiliado en Londres.

Guionista de varias películas de Alain Tanner, entre ellas Jonás, que cumplirá los 25 años en el año 2000, Berger se consagró como novelista al mismo tiempo que como divulgador del arte. En el mismo 1972 publicó G., una particular versión de los viajes de Casanova que se alzó con el Booker, cuya dotación el escritor compartió con los Panteras Negras. Aquella novela contenía toda una poética literaria que rompía con la narración lineal decimonónica y llenaba sus historias de voces que se superponían y contradecían. Ese es el muy reconocible tono Berger, que alcanzó su máxima cota en De sus fatigas, una trilogía que está entre lo mejor de la literatura universal de finales del siglo XX. Formada por dos libros de cuentos —Puerca tierra y Una vez en Europa— y una novela —Lila y Flag— que retratan la desaparición de la vida rural y el trasvase de los campesinos a las grandes ciudades. Berger vivía en un pueblo de la Alta Saboya francesa y las vidas de sus vecinos, con sus grandezas y mezquindades, podían tocarse en páginas que recuperan la fuerza de la oralidad tradicional sin maquillar la dureza de una vida ganada con las manos.

En 1995, cuando era reivindicado por los indignados del momento y, a la vez, reclamado como experto en los principales museos del mundo —el Prado entre ellos—, el escritor británico dio otra vuelta de tuerca a su obra literaria narrando una historia de amor en los tiempos del Sida: Hacia la boda. Esta vez los derechos de autor de aquel viaje por el viejo continente camino de unos esponsales estaban destinados a los comités de lucha contra el Sida de cada país en que se publicó. Ya fueran enfermos, campesinos, mendigos o inmigrantes, los desheredados de la tierra estuvieron siempre en el centro de la obra de John Berger, que llegó a escribir una novela —King— desde el punto de vista de un perro callejero. Nunca dejó de dibujar, de viajar en moto ni de escribir poemas. Fue el puente entre la gente de a pie y los grandes maestros de la pintura occidental. También la voz de los seres más frágiles, residuos del mundo moderno a los que su obra otorgó una dignidad de reyes.

Diario El País, Madrid
Lunes 2 de enero de 2017
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Muriel Spark nació en Edimburgo en 1918. Empezó a escribir en la década de los cincuenta y entre sus obras más conocidas están Memento mori, Las señoritas de escasos medios, La plenitud de la señorita Brodie y El banquete. Falleció el 13 de abril en Florencia, donde residía desde hace 30 años, a la edad de 88.

Cuando en España se publicó Las señoritas de escasos medios, considerada su mejor novela, Muriel Spark ya había declarado en diversas ocasiones que en sus páginas se reflejaba un asunto propio, pues recogía retazos autobiográficos que hablaban de un tiempo joven en el cual la escritora pasó hambre. La novela recrea el Londres de 1945 con "edificios a medio reparar o sin la menor traza de reparación" donde un grupo de muchachas sin recursos se hospeda en el Club May of Teck, tratando de salir adelante con modestos trabajos.

Así las describe Spark: "Pocas personas son más ingenuas, más deliciosas, más conmovedoramente adorables, y, también, más salvajes, que las muchachas de escasos medios". Muriel Spark convertiría la ironía en un signo de identidad, y lo que para algunos lectores y críticos esto resultaba inteligente y mordaz, para otros no hacía sino hilvanar una sátira poco vigorosa.

Muriel Sarah Camberg nació en Edimburgo en 1918, de padre judío y madre anglicana, y como Graham Greene, se convirtió al catolicismo, algo que se percibe en su obra. Greene fue quien la ayudó económicamente en su etapa de escasez y penuria. Y también fue uno de los que opinaron sobre sus escritos. Este autor señaló a Memento mori, una novela publicada en 1959, como un libro "divertido y macabro". Y lo es, pues el texto cuenta con humor negro las andanzas de los huéspedes de una residencia de ancianos.

La escritora estuvo casada con Sydney Oswald Spark, de quien se separó, aunque conservó el apellido. La boda se celebró en 1937, tuvieron un hijo, Robin, y el divorcio llegó en 1944. Vivieron en África, y de regreso a Londres, Muriel ya divorciada, se dedicó a diversos trabajos. No deja de sorprenderme que en las notas biográficas que recorren su perfil señalen que ocupó un puesto en una oficina de contraespionaje.

Empezó escribiendo poesía y biografías y en 1957 publicó su primera novela, The comforters. Ya no se detuvo. Se consagró en 1961 con La plenitud de la señorita Brodie, obra que obtuvo un gran éxito y de la que se hizo una adaptación cinematográfica. Por su interpretación en la película, Maggie Smith obtuvo un Oscar. El único problema, La intromisión, La imagen pública, Una mujer al volante, fueron algunos de sus otros títulos.

Mientras que el semblante de Muriel Spark ha ido envejeciendo en las sucesivas fotografías que han acompañado a sus libros, su mirada se ha mantenido luminosa y decidida, tanto como su deseo primero de convertirse en escritora.

Antes de dedicarse a la novela, con motivo del centenario de la muerte de Mary Shelley, que se conmemoró en 1951, Muriel escribió la biografía de esta autora del XIX, pero, 36 años después, en el prólogo que realizó para una nueva edición, no dudó en reprocharse la primera visión que hizo sobre la creadora de Frankenstein. Decía: "En mi aproximación a la vida de Mary Shelley, sostuve la entonces difundida opinión de que, tras la muerte de Shelley, sus ansias de respetabilidad burguesa fueron en aumento. Hoy no estoy tan de acuerdo con tamaña simplificación". También añadió: "Nunca imaginé que llegaría a escribir una novela, y en la actualidad no hago prácticamente otra cosa".

La escritora obtuvo premios: el T. S. Eliot y el de Literatura Británica, entre otros; y el título de dama del Imperio Británico. Fue muy reservada con su vida privada. Las anécdotas que surgen con motivo de su muerte y que acotan su trayectoria vital nombran al escritor Derek Stanford, con quien Spark había elaborado la biografía de Emily Brönte. Cuentan que Stanford en sus memorias reveló asuntos amorosos y que la escritora nunca le perdonó.

El corazón de Muriel Spark dejó de latir la semana pasada. Murió en un hospital de Florencia. Tenía 88 años y se había trasladado hacía más de tres décadas a Italia para compartir amistad, compañía y placer con la pintora y escultora Penélope Jardine.

Maria José Obiol
Diario El País, sábado 22 de abril de 2006

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La ciudad noruega de Longyearbyen es la que está situada más al norte del mundo y, según sus habitantes, también la más feliz.



Solo debe de existir un lugar en el mundo donde alguien puede entrar con un rifle y un pasamontañas en un banco sin que nadie se inmute: Longyearbyen. Esta frase, pronunciada por uno de los diez policías que vigilan un territorio tan grande como Irlanda, puede servir para resumir la vida en la ciudad situada más al norte del mundo, capital del archipiélago de las Svalbard, de soberanía noruega. Tiene 2.240 habitantes, 40 nacionalidades y un gigantesco valor estratégico que no hace más que crecer con el cambio climático, que propicia nuevas rutas marítimas a través del Polo Norte y un acceso más rápido a sus inmensos recursos naturales. El único problema de seguridad son los osos polares –unos 3.000 en las tres islas principales–, motivo por el que la ley exige que cualquier ciudadano que abandone los escasos núcleos de población debe ir armado con un rifle de un calibre suficiente para tumbar a una criatura imprevisible, peligrosa y que puede llegar a pesar hasta 800 kilos. “Existe mucho interés estratégico por esta ciudad tan cerca del Polo, por saber cómo conseguimos que funcione y sea próspera una comunidad tan al norte”, explica Arild Olsen, un antiguo líder sindical minero y actual alcalde de Longyearbyen.


Una de las primeras imágenes que sorprenden al contemplar esta plácida localidad de casas de madera de diferentes colores es que desde ninguna vivienda emerge humo de chimeneas pese al frío polar (en el sentido literal de la expresión, ya que el Polo se encuentra a 1.400 kilómetros). La madera, como cualquier otro producto, es un lujo porque en las islas Svalbard no crecen árboles, ni se puede cultivar nada: el suelo es permafrost (tierra helada) y el 60% de su territorio son glaciares. Todo, la leña, las naranjas, los coches o la leche, se trae por avión o barco, salvo el carbón mineral y la carne de foca y reno. Instalarse en ese rincón del mundo representa un esfuerzo enorme de infraestructura.




A 1.000 kilómetros del cabo Norte, se trata de un gigantesco desierto helado en mitad del océano Ártico, muy cerca de la zona de hielo permanente del Polo. Sin embargo, cuenta con una gran ventaja: la corriente del Golfo, más cálida, impide la formación de hielo gran parte del año en su costa este y hace que las temperaturas sean menos extremas que en otros lugares a esa latitud. Longyear­byen aprovecha un amplio puerto natural en un fiordo y se extiende hacia el interior rodeada de montañas siguiendo un valle. Situada a 78º 15’ N, está ligeramente más al norte que Qaanaaq y Siorapaluk, en Groenlandia. Las ciudades más septentrionales de Alaska están a 71º N. El Círculo Polar Ártico, a 66,5º N.


Los osos polares son una amenaza, incluso en los límites urbanos

Sin embargo, pese a ser mucho más ­accesible que otros lugares del Ártico, no tiene pueblos nativos: nadie vivía allí antes de la llegada del explorador holandés Willem Barents en 1596. Ahora es más bien todo lo contrario. No importa con quién se hable, con la cajera del supermercado ­colombiana, con dos obreros polacos, con una noruega que ejerce de guía turística y mantiene una manada de 12 perros de trineo en una cabaña fuera de la ciudad, con un venezolano que trabaja en la universidad mientras que su pareja es comercial en una empresa turística, con una glacióloga francesa que está a punto de agarrar el avión de vuelta, con una enfermera jubilada noruega que ha montado una empresa, con el pastor o con un antiguo reportero de sucesos en Los Ángeles que ahora dirige un diario local en Internet (bueno, dirige y escribe porque es el único trabajador). Pese al frío (aunque este año no ha habido invierno, las temperaturas pueden alcanzar los 40 grados bajo cero y en verano no suben de los 10), los osos y los glaciares, todo el mundo describe la vida en Svalbard como El Dorado polar.

“Estuvimos de vacaciones aquí y nos preguntamos cómo sería vivir en Svalbard. Entonces decidimos dar el salto, probar la experiencia y ya llevamos dos años y medio”, explica Jorge Kristiansen, venezolano de 37 años. La tranquilidad, la seguridad, la sensación de vivir una aventura y la solidez de una comunidad que confía en la bondad de los desconocidos –el 20% de la población cambia cada año, con lo que, en realidad, nadie es de ahí, todos son extranjeros– son los principales motivos citados. “La oscuridad es tenaz”, asegura Claudia Antonsen, colombiana de 45 años, sobre la larga noche polar que resiste gracias a generosas dosis de vitamina D. Durante cuatro meses es de noche y durante otros cuatro es de día. “La calma, la nieve, la aventura, la naturaleza, la belleza”, agrega para explicar por qué decidió instalarse allí desde Bogotá. Casada con un noruego que trabaja como taxista, ella es empleada en el supermercado local, que ofrece productos de todo el mundo a precios disparatados: 3,75 euros un litro de leche, 2,41 un yogur, 6 una lata de bonito Ortiz o 5,7 una cesta de tomates cherry. La ventaja es que es una zona libre de impuestos indirectos y que los noruegos cuentan con una ayuda de casi 20.000 euros por instalarse allí.

“Es como una burbuja. Uno se siente muy seguro, aunque nunca hay que olvidar que estamos en un lugar en el que la naturaleza lo controla todo. Nunca se debe perder el respeto”, afirma Heidi Sevestre, una investigadora francesa de 28 años que, tras cuatro en Svalbard, está preparando su vuelta a casa, en los Alpes, un traslado que incluye la venta de su moto de nieve. Kristin Jaegger Wexsahl, de 25 años, lleva cuatro en Svalbard. Su gran pasión son los perros y mantiene a 12. Como no puede tener tantos en la ciudad, habita una cabaña en las afueras. Trabaja como guía turística y no se le ocurre ningún otro lugar en el que vivir. Sin embargo, pese a que las Svalbard albergan el mayor espacio de naturaleza virgen de Europa, Longyearbyen está muy lejos de ser el territorio salvaje de sus orígenes.

La iglesia de Svalbard abre 24 horas y acoge todas las confesiones. James Rajjote


Tiene un aeropuerto internacional, un puerto en el que pueden atracar cruceros, 650 camas hoteleras, una universidad importante con 300 alumnos y planes para doblar su número, cafés, restaurantes japoneses, tailandeses o internacionales, colegios, un centro cultural, un museo… Casi todos van acompañados de la misma coletilla: la fábrica de cerveza (inaugurada en 2014) más al norte del mundo, el supermercado más al norte del mundo, la chocolatería más al norte del mundo (la especialidad son bombones con forma de oso polar), la iglesia más al norte del mundo… El mejor restaurante de la ciudad, Huset, ofrece alta cocina y alberga una de las bodegas más nutridas del norte de Europa (las guías dicen que la mayor, pero ellos matizan). No deja de ser surrealista que, después de degustar unos sofisticados encurtidos de arenque, haya que salir con cierto cuidado porque, al encontrarse en el límite de la ciudad, a unos metros empieza la zona en la que, en teoría, hay que ir armado por los osos. Y no es ninguna broma: en 1995 una visitante fue devorada en las afueras de la ciudad y en 2011 un estudiante murió en un ataque durante una excursión.

“Es una comunidad pequeña, pero no lo parece”, explica el pastor Leif Magne Helgesen, que lleva 12 años en la isla y se ha convertido en un experto en el Ártico, coordinador del ensayo The Ice is Melting (el hielo se funde). “Se trata de un lugar con mucho pulso, en el que la gente se queda normalmente cuatro años. Es una comunidad muy solidaria porque nadie tiene a nadie aquí, así que al final nos ayudamos todos”. Sobre los cambios que experimenta la ciudad, explica: “El interés por el Ártico es económico y estratégico, sin duda. El dinero lo mueve todo. Pero también existe un interés científico a causa del cambio climático: lo que ocurre aquí va a tener influencia en todo el mundo”. La conversación tiene lugar el martes al atardecer en la iglesia, que permanece siempre abierta. Esa misma noche se ha celebrado una misa católica (el templo es protestante, pero abierto a las demás confesiones cristianas) y luego ofrecen café y bollos en los confortables sillones. Se escucha hablar noruego, danés, filipino, italiano, español… Las islas Svalbard comenzaron a ser explotadas en el siglo XVII por tramperos y balleneros. No es una casualidad que una pequeña bahía se llame Vizcaya porque los vascos tenían una pericia especial para capturar ejemplares grandes y eran visitantes asiduos desde 1611. De hecho, la flota gallega sigue acudiendo allí a pescar bacalao. Longyearbyen fue fundada en 1906 como una ciudad minera por un aventurero y emprendedor bostoniano, John Munro Longyear, y su socio Frederick Ayer en la isla principal, Spitsbergen. Después de la Primera Guerra Mundial, se firmó el Tratado de Svalbard, que reconoce la soberanía noruega sobre el territorio. Un principio de no discriminación permite a cualquier país firmante del pacto establecer actividades comerciales, siempre y cuando respeten la ley de Noruega y la autoridad del gobernador de la isla, nombrado por Oslo por periodos de tres años. El tratado también impide la presencia de fuerzas militares permanentes, lo que provocó no pocas polémicas durante la Guerra Fría.

Rusia mantiene una ciudad minera, Barentsburg, con unos 500 habitantes, que es una de las excursiones más impresionantes que se pueden realizar en la isla. El viaje en moto de nieve (en invierno solo se llega así o en helicóptero, en verano en barco) desde Longyearbyen se prolonga durante unas tres horas y muestra hasta qué punto es tan duro como bello el paisaje helado hasta alcanzar un pueblo anclado en la URSS de los años ochenta. Existía una segunda ciudad rusa, ahora abandonada, que se llama Pyramiden. El resto de los asentamientos son estaciones científicas, como Ny-Alesund, que puede servir para resumir el interés internacional por el Ártico ya que reúne equipos de China, Alemania, Reino Unido, Japón, Noruega, Corea del Sur y Estados Unidos. Viven unas 50 personas en invierno y hasta 200 en verano. Hornsund, una base polaca, solo cuenta con 15 personas.

El principio de que cualquiera puede instalarse es válido para los países firmantes del tratado (unos 40 en total, España entre ellos; Corea del Norte ha sido el último, a finales de febrero), pero también para los individuos. En la sede del Gobierno local una hoja informativa explica las condiciones para trasladarse al Polo, que, básicamente, consisten en tener un trabajo remunerado o una forma de vida (no se puede ir a probar suerte), un alojamiento (que viene con lo anterior) y no depender de nadie (no existen servicios sociales, aunque sí un hospital). Durante sus primeros 100 años de existencia, Longyear­byen era una ciudad minera, dominada por la compañía Store Norske, con trabajadores que pasaban 15 días allí y otros 15 en Noruega continental.



“En 1985 vine por primera vez y esto era una comunidad minera, solo minera”, explica Marie Haga, diplomática noruega, exlíder de Los Verdes, que ocupó diferentes carteras ministeriales en los años noventa y que ahora, como directora general de la ONG Crop Trust, viaja a menudo a Svalbard porque alberga un banco de semillas internacional. “Ha cambiado muy rápido. Era todavía la Guerra Fría. Antes solo estábamos aquí por motivos de soberanía, ahora es el turismo, la investigación”. Ya queda únicamente una mina operativa, que sirve exclusivamente para alimentar la central eléctrica de Longyearbyen, la única de este tipo que permanece abierta en Noruega y cuyo futuro está en permanente discusión.

Con ese clima y cuatro meses de oscuridad, existen pocas alternativas energéticas viables que no pasen por el carbón. Sin embargo, la única mina rentable en la actualidad fue abandonada tal cual en los años noventa, como una especie de Chernóbil en la que todavía están los calendarios y los turnos de trabajo del año en que se cerró. Y es rentable porque se ha convertido en una nueva atracción turística. Un recorrido por sus instalaciones evidencia cuánto han cambiado los tiempos.

De la época del carbón queda una costumbre que convierte a Longyearbyen en un lugar bastante casero: todo el mundo va en zapatillas o en calcetines cuando está en el interior (entonces los mineros arrastraban siempre carbón en las botas). Salvo en el supermercado y en algún bar, hay que descalzarse en todas partes, al entrar en el Ayuntamiento o en la sede del Gobierno, en la universidad o en los hoteles y restaurantes. De hecho, como explica Arve Johnsen, de 37 años, uno de los diez policías del archipiélago, la mayoría de los delitos denunciados tienen que ver con el robo de botas que se dejan en la entrada de los edificios públicos. Los últimos crímenes que se recuerdan fueron el de un minero que apuñaló a otro en Barentsburg en 2013 y una redada antidroga en 2015 que acabó con 11 detenidos por fumar cannabis. La presencia de un oso en la ciudad en 2014, que tuvo que ser anestesiado y trasladado en helicóptero a la otra punta de las Svalbard porque se había acostumbrado a buscar comida en el asentamiento, completa el cuadro de problemas de seguridad graves. Ni las casas ni los coches se cierran habitualmente.

Tanto el minero apuñalador como los ­fumadores de cannabis fueron enviados a Noruega porque la isla carece de prisión. También los fallecidos son trasladados a tierra firme. No se puede enterrar a nadie allí porque, a causa del permafrost, los cuerpos nunca se descomponen. De hecho, en 1999 se pudieron extraer muestras del virus de la gripe española, que mató a 40 millones de personas después de la Primera Guerra Mundial, de seis cuerpos enterrados en las Svalbard en octubre de 1918. Nada se pudre en la tierra helada.

“La economía está cambiando. Durante 100 años ha sido una ciudad minera y ahora se está convirtiendo en algo muy diferente”, explica la gobernadora, Kjerstin Askholt, de 54 años, que fue directora general de Asuntos Polares en el Ministerio de Justicia en Oslo y que es la máxima responsable del Gobierno noruego desde octubre de 2015. “Mucha gente piensa que el turismo y la investigación son el futuro de Svalbard. También está la pesca”, prosigue. Entre 2014 y 2015, el turismo subió un 11%, con 60.000 pernoctaciones. Atracaron además varios cruceros que, de repente, soltaban a 3.500 turistas en una localidad de 2.240 habitantes. “Los visitantes son esenciales, pero no podemos convertirnos en un gueto turístico”, explica Ronny Brunvoll, responsable de Visit Svalbard. Mark Sabbatini, un antiguo periodista de sucesos de Los Ángeles que tras varios periplos por el mundo ha acabado instalado en Svalbard y edita un diario sobre el Ártico, Icepeople, define el problema con palabras más crudas: “Esto es cualquier cosa menos tranquilo. Durante el verano, con los cruceros, se convierte en una versión ártica de Disneylandia”.

Las islas albergan una especie única de renos que no han sido domesticados. James Rajjote


Pero la transformación más profunda no está relacionada con las visitas, sino con los efectos del cambio climático. “Las reivindicaciones nacionales sobre territorios en el Ártico se basan en las masas de tierra, pero el cambio climático puede introducir nuevas rutas marítimas”, explica Frank Nilsen, oceanógrafo y director de la Universidad de Svalbard (UNIS). “Es una zona que sin duda ganará importancia geopolítica. El tráfico de barcos se incrementará y Longyearbyen puede ocupar un lugar crucial en todo ese proceso”, prosigue. También la pesca, con muchas especies que cada vez suben más al norte, será una nueva fuente de recursos y de problemas.


Los geólogos consideran que una quinta parte de los recursos de gas y petróleo no descubiertos en el mundo se encuentran más allá del Círculo Polar Ártico, además de todo tipo de minerales. Los países con acceso al Ártico son Rusia, Dinamarca –a través de Groenlandia–, Canadá, Estados Unidos y Noruega. Pero el estatuto de las Svalbard, y la facilidad para llegar, las convierte en un territorio muy deseado. Con los precios actuales del petróleo y la crisis de los hidrocarburos, su importancia inmediata radica sobre todo en que el deshielo –el Panel de Cambio Climático de la ONU considera que desde 1979 se ha perdido un 40% de la capa de hielo en el Polo– permitirá la consolidación de nuevas rutas marítimas que, a través del norte, conectarán el Atlántico con Asia sin pasar por el canal de Suez. Un reciente reportaje de National Geographic sobre la economía del Ártico estimaba que, por la ruta del norte, se recorta un tercio de millas marítimas y se ahorran unos 180.000 dólares en combustible. Sin embargo, dado que no es un camino que todavía esté totalmente abierto, en 2013 lo utilizaron solo 19 buques frente a 17.000 que pasaron por el canal de Suez.

Esa facilidad de acceso y la presencia de una ciudad como Longyearbyen convierte a las Svalbard en un observatorio científico privilegiado de este inquietante proceso; pero también en un objeto de deseo estratégico. Las dos grandes noticias de Longyear­byen en los últimos tiempos fueron una avalancha que en diciembre mató a una persona y el intenso rumor de que el multimillonario chino Huang Nubo, del Beijing Zhongkun Investment Group, iba a comprar uno de los dos únicos terrenos en manos privadas del archipiélago. De hecho, en 2011 realizó importantes y polémicas inversiones en Islandia y en 2014 en el norte de Noruega. “No hay duda de que el millonario Huang Nubo es el hombre de paja del Partido Comunista y de las autoridades del país asiático”, advirtió un editorial del diario Nordlys. “Aquello nunca se concretó”, explica Sabbatini, “pero es evidente que el Ártico es cada vez más importante y atractivo y que todos los países tratan de estar aquí”. La llave para esta nueva fiebre del oro se encuentra en el lugar más feliz del mundo, que desea y necesita los cambios y, a la vez, los teme porque sabe que el futuro pasa por su remota latitud.

Guillermo Altares
Diario El País, Madrid, 26 de marzo de 2016
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