-Es muy tarde; vamos.
-Vamos, vamos.
Pasamos, corriendo delante de una fila de taxis parados, huyendo de la tentación. La niña y yo sabemos que las pocas veces que salimos juntas casi nunca dejo de coger un taxi. A ella le gusta; pero, a decir verdad, no es por alegrarla por lo que lo hago; es, sencillamente, que cuando salgo de casa con la niña tengo la sensación de que emprendo un viaje muy largo. Cuando medito una de estas escapadas, uno de estos paseos, me parece divertido ver la chispa alegre que se le enciende a ella en los ojos, y pienso que me gusta infinitamente salir con mi hijita mayor y oÃrla charlar; que la llevaré de paseo al parque, que le iré enseñando, como el padre de la buena Juanita, los nombres de las flores; que jugaré con ella, que nos reiremos, ya que es tan graciosa, y que, al final, comparemos barquillos -como hago cuando voy con ella- y nos los comeremos alegremente.
Luego resulta que la niña empieza a charlar mucho antes de que salgamos de casa, que hay que peinarla y hacerle las trenzas (que salen pequeñas y retorcidas, como dos rabitos dorados debajo del gorro) y cambiarle el traje, cuando ya está vestida, porque se tiró encima un frasco de leche condensada, y cortarle las uñas, porque al meterle las manoplas me doy cuenta de que han crecido… y cuando salimos a la calle, yo, su madre, estoy casi tan cansada como el dÃa en que la puse en el mundo… Exhausta, con un abrigo que me cuelga como un manto, con los labios sin pintar (porque a última hora me olvidé de eso), voy andando casi arrastrada por ella, por su increÃble energÃa, por infinitos “porqués” de su conversación.
-Mira, un taxi -este es mi grito de salvación y de hundimiento cuando voy con la niña… un taxi.
Una vez sentada dentro, se me desvanece siempre aquella perspectiva de pájaros y flores y lecciones de la buena Juanita, y doy la dirección de casa de las abuelitas, un lugar concreto donde sé que todos seremos felices: la niña y la abuela, charlando, y yo fumando un cigarrillo, solitaria y en paz.
Pero hoy, esta mañana frÃa, en que tenemos más prisa que nunca, la niña y yo pasamos de largo delante de la fila tentadora de autos parados. Por primera vez en la vida vamos al colegio… Al colegio, le digo, no se puede ir en taxi. Hay que correr un poco por las calles, hay que tomar el metro, hay que caminar luego, en un sitio determinado, a un autobús… Es que yo he escogido un colegio muy lejano para mi niña, esa es la verdad; un colegio que me gusta mucho, pero que está muy lejos… Sin embargo, yo no estoy impaciente hoy, ni cansada, y la niña lo sabe. Es ella ahora la que inicia una caricia tÃmida con su manita dentro de la mÃa; y por primera vez me doy cuenta de que su mano de cuatro años es igual a mi mano grande: tan decidida, tan poco suave, tan nerviosa como la mÃa. Sé por este contacto de su mano que le late el corazón al saber que empieza su vida de trabajo en la tierra, y sé que el colegio que le he buscado le gustará, porque me gusta a mÃ, y que aunque está tan lejos, le parecerá bien ir a buscarlo cada dÃa, conmigo, por las calles de la ciudad… Que Dios pueda explicar el porqué de esta sensación de orgullos que nos llena y nos iguala durante todo el camino…
Con los mismos ojos ella y yo miramos el jardÃn del colegio, lleno de hojas de otoño y de niños y niñas con abrigos de colores distintos, con mejillas que el aire mañanero vuelve rojas, jugando, esperando la llamada a clase.
Me parece mal quedarme allÃ; me da vergüenza acompañar a la niña hasta última hora, como si ella no supiera ya valerse por sà misma en este mundo nuevo, al que yo la he traÃdo… Y tampoco la beso, porque sé que ella en este momento no quiere. Le digo que vaya y nos damos la mano, como dos amigas. Sola, desde la puerta, la veo marchar, sin volver la cabeza ni por un momento. Se me ocurren cosas para ella, un montón de cosas que tengo que decirle, ahora que ya es mayor, que ya va al colegio, ahora que ya no la tengo en casa, a mi disposición a todas horas… Se me ocurre pensar que cada dÃa lo que aprenda en esta casa blanca, lo que la vaya separando de mà -trabajo, amigos, ilusiones nuevas-, la irá acercando de tal modo a mi alma, que al fin no sabré dónde termina mi espÃritu ni dónde empieza el suyo…
Y todo esto quizá sea falso… Todo esto que piensa y que me hace sonreÃr, tan tontamente, con las manos en los bolsillos de mi abrigo, con los ojos en las nubes. Pero yo quisiera que alguien me explicase por qué cuando me voy alejando por la acera, manchada de sol y niebla, y siento la campana del colegio llamando a clase, por qué digo esa expectación anhelante, esa alegrÃa, porque me imagino el aula y la ventana, y un pupitre mÃo pequeño, desde donde veo el jardÃn, y hasta veo clara, emocionantemente, dibujada en la pizarra con tiza amarilla una A grande, que es la primera letra que voy a aprender…
Carmen Laforet
(España, 1921-2004)

