Cuesta más un metro cuadrado en Broadway que una amplia hacienda situada en cualquiera de los estados más remotos del paÃs. De hecho, se trata del suelo más caro de todo el mundo. Y en ese suelo más caro se alza el más caro de los templos. Para poder admirarlo en toda su envergadura, uno tiene que echar la cabeza hacia atrás. Asà miraban antes los hombres a los dioses y las estrellas. La altura del templo de marras alcanza los ciento treinta metros. Lo corona una inmensa cúpula de cristal. En las noches, la cúpula emite señales de aviso a los aviones. De dÃa, colma de orgullo los corazones de los transeúntes. La construcción de este templo costó la friolera de dieciséis millones de dólares. Cuenta con treinta y seis plantas. Y doce ascensores que discurren sin parar. Cuatro gigantescos relojes miran hacia otros tantos puntos del orbe. Son los encargados de mostrar la hora a Nueva York. El portal por el que se accede al templo supera en altura a los portales de todos los templos. Es mayor que sus similares de Nuestra Señora de ParÃs o la Catedral de San Pedro, en Roma. Adentro, pulula una muchedumbre de ajetreados empleados de uniforme. Adentro hay mármol, bronce y lienzos antiguos. Adentro, miles de máquinas de escribir Underwood entonan febril canto y hay arpas que despiden tiernas melodÃas. Un malintencionado europeo podrÃa pensar que ha entrado a la bolsa o a algún banco. Por algo es un europeo malintencionado. Mas no. Se trata, en efecto, de un templo, del sagrario de un nuevo culto, y está dedicado a su incansable apóstol, el gran Paramount, conocido en el mundo entero como Adolph Zukor.
El templo es espacioso y son muchos los negociados que acoge. Abajo, hay jóvenes anémicas que lloran las desgraciadas cuitas de dos enamorados. En la vigésimo cuarta planta, sofocados contables suman números de siete cifras. En el silencio de las cámaras más recónditas, hay leves sombras que lloran sobre sus literas: se trata de una clÃnica en la que reposan los empleados exhaustos. Y, por fin, en el más espacioso de todos los despachos, al que se accede a través de colosales puertas, mister Adolph Zukor ejercita su rara inteligencia cuatro dÃas a la semana.
En tanto norteamericano, Zukor respeta la paz de los domingos; en tanto judÃo, observa el descanso sabatino. Por consiguiente, su descanso comienza los viernes. Descansa tres dÃas. Trabaja 14 la fábrica de sueños cuatro. Hoy es martes, de manera que Zukor ha venido a trabajar. En este instante, repasa un montón de papeles. No hay espÃas en su despacho, asà que Zukor no sonrÃe. Torcidos sus labios en un gesto de impaciencia, no se parece ahora su rostro al que reproduce su retrato, impreso en cien mil ejemplares. Si sonrÃe en presencia de testigos, lo hace para dar testimonio de su buen corazón y su firmeza como hombre de negocios. Ahora, en cambio, se muestra sombrÃo. Los hermanos Warner le han tomado la delantera. Zukor no creyó al principio en el cine sonoro. Y los hermanos Warner se tomaron en serio la patente de la Western Electric. Rodaron la pelÃcula El cantante de jazz. HabÃan estado al borde de la bancarrota. Fueron una pequeña empresa que Zukor pudo haber comprado sin el menor esfuerzo. Pero ahora estaban comenzando a erguirse hasta alcanzar a la Paramount. Controlaban el First National. Están comprando cines a montones. ¡Y todo gracias a una sola pelÃcula! Una, por cierto, bastante simplona: la historia de un niño judÃo a quien le destinan la carrera de rabino, pero que se resiste a ello porque, vaya usted qué cosa, quiere ser artista…
Adolph Zukor se hunde un instante en sus propias ensoñaciones. Ya no repasa los folios llenos de cifras, esos trofeos que se han llevado los hermanos Warner. Ante su mirada perdida pasan un pesado candelabro, los enrevesados rollos del Talmud y la enjuta y seca mano del rabino.
El templo es espacioso y son muchos los negociados que acoge. Abajo, hay jóvenes anémicas que lloran las desgraciadas cuitas de dos enamorados. En la vigésimo cuarta planta, sofocados contables suman números de siete cifras. En el silencio de las cámaras más recónditas, hay leves sombras que lloran sobre sus literas: se trata de una clÃnica en la que reposan los empleados exhaustos. Y, por fin, en el más espacioso de todos los despachos, al que se accede a través de colosales puertas, mister Adolph Zukor ejercita su rara inteligencia cuatro dÃas a la semana.
En tanto norteamericano, Zukor respeta la paz de los domingos; en tanto judÃo, observa el descanso sabatino. Por consiguiente, su descanso comienza los viernes. Descansa tres dÃas. Trabaja 14 la fábrica de sueños cuatro. Hoy es martes, de manera que Zukor ha venido a trabajar. En este instante, repasa un montón de papeles. No hay espÃas en su despacho, asà que Zukor no sonrÃe. Torcidos sus labios en un gesto de impaciencia, no se parece ahora su rostro al que reproduce su retrato, impreso en cien mil ejemplares. Si sonrÃe en presencia de testigos, lo hace para dar testimonio de su buen corazón y su firmeza como hombre de negocios. Ahora, en cambio, se muestra sombrÃo. Los hermanos Warner le han tomado la delantera. Zukor no creyó al principio en el cine sonoro. Y los hermanos Warner se tomaron en serio la patente de la Western Electric. Rodaron la pelÃcula El cantante de jazz. HabÃan estado al borde de la bancarrota. Fueron una pequeña empresa que Zukor pudo haber comprado sin el menor esfuerzo. Pero ahora estaban comenzando a erguirse hasta alcanzar a la Paramount. Controlaban el First National. Están comprando cines a montones. ¡Y todo gracias a una sola pelÃcula! Una, por cierto, bastante simplona: la historia de un niño judÃo a quien le destinan la carrera de rabino, pero que se resiste a ello porque, vaya usted qué cosa, quiere ser artista…
Adolph Zukor se hunde un instante en sus propias ensoñaciones. Ya no repasa los folios llenos de cifras, esos trofeos que se han llevado los hermanos Warner. Ante su mirada perdida pasan un pesado candelabro, los enrevesados rollos del Talmud y la enjuta y seca mano del rabino.
No se trata del guión de alguna nueva pelÃcula: son sus recuerdos. Todo hombre tiene el derecho a recordar su niñez. Incluso alguien tan ocupado como mister Zukor y que no nació precisamente bajo una cúpula de cristal. Lo hizo, por el contrario, en la pequeña ciudad de Ricse, en HungrÃa, entre judÃos devotos y gansos chillones, rodeado de campos empobrecidos y preceptos divinos. Entonces, aún no existÃan esas mágicas cintas de celuloide que proporcionan a los hombres esperanzas y réditos. Aquellos devotos judÃos vivÃan entonces, según las costumbres legadas por sus ancestros. El tÃo del pequeño Adolph, el señor Liebermann, ocupaba un cargo principalÃsimo: era la máxima autoridad en la sinagoga. Y era su deseo que su sobrino inculcara esperanzas en la gente, es decir, querÃa que se convirtiera en rabino titular. AsÃ, sentaron a Adolph a estudiar el Talmud. Estudió qué carnes le está permitido ingerir a un buen judÃo y cuándo le está permitido ayuntarse con su legÃtima esposa. Reflexionó acerca de los pecaminosos paganos y el Jehová vengador. En torno a él alborotaban los húngaros. BebÃan vodka de ciruelas, entonaban tristes baladas y ensartaban a pesados cerdos. Adolph se repetÃa una y otra vez unas palabras llenas de sabidurÃa: «El viento vuela hacia el sur y se vuelve hacia el norte, gira y gira mientras avanza y regresa el viento a entretenerse en sus giros». La escasa llama de un cirio amenaza con apagarse. Al otro lado de la ventana, graznaban los gansos.
HacÃa mucho, mucho tiempo de todo aquello. Cuarenta años enteros. Por aquel entonces, Adolph Zukor tenÃa rollizos mofletes y hermosos rizos que lo dotaban de un aire soñador. No obstante, no vale la pena dedicar tanto rato al pasado. Zukor está demasiado ocupado como para permitÃrselo. En sus ratos de ocio, se entretiene jugando a cartas, golpeando una pelota con una raqueta o jugando al golf. Ahora está trabajando. El éxito de la Warner Bros. es algo provisional. ¡Jamás podrán con la Paramount! ¡Manos a la obra, pues! En Inglaterra, tenemos el Plaza y el Carlton, en Londres, el Royal, en Manchester, y las salas Futurist y Scala, en Birmingham… «Sam Katz, nuestro representante en Inglaterra, informa sobre la disponibilidad de otras seis salas de cine en las afueras de Londres. Catorce mil lunetas…»
Bajo la cúpula de vidrio, el trabajo prosigue sin cesar.
La fábrica de sueños, Ilya Ehrenburg
Bajo la cúpula de vidrio, el trabajo prosigue sin cesar.
La fábrica de sueños, Ilya Ehrenburg
