domingo, 27 de marzo de 2016

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Viaje al norte extremo

La ciudad noruega de Longyearbyen es la que está situada más al norte del mundo y, según sus habitantes, también la más feliz.



Solo debe de existir un lugar en el mundo donde alguien puede entrar con un rifle y un pasamontañas en un banco sin que nadie se inmute: Longyearbyen. Esta frase, pronunciada por uno de los diez policías que vigilan un territorio tan grande como Irlanda, puede servir para resumir la vida en la ciudad situada más al norte del mundo, capital del archipiélago de las Svalbard, de soberanía noruega. Tiene 2.240 habitantes, 40 nacionalidades y un gigantesco valor estratégico que no hace más que crecer con el cambio climático, que propicia nuevas rutas marítimas a través del Polo Norte y un acceso más rápido a sus inmensos recursos naturales. El único problema de seguridad son los osos polares –unos 3.000 en las tres islas principales–, motivo por el que la ley exige que cualquier ciudadano que abandone los escasos núcleos de población debe ir armado con un rifle de un calibre suficiente para tumbar a una criatura imprevisible, peligrosa y que puede llegar a pesar hasta 800 kilos. “Existe mucho interés estratégico por esta ciudad tan cerca del Polo, por saber cómo conseguimos que funcione y sea próspera una comunidad tan al norte”, explica Arild Olsen, un antiguo líder sindical minero y actual alcalde de Longyearbyen.


Una de las primeras imágenes que sorprenden al contemplar esta plácida localidad de casas de madera de diferentes colores es que desde ninguna vivienda emerge humo de chimeneas pese al frío polar (en el sentido literal de la expresión, ya que el Polo se encuentra a 1.400 kilómetros). La madera, como cualquier otro producto, es un lujo porque en las islas Svalbard no crecen árboles, ni se puede cultivar nada: el suelo es permafrost (tierra helada) y el 60% de su territorio son glaciares. Todo, la leña, las naranjas, los coches o la leche, se trae por avión o barco, salvo el carbón mineral y la carne de foca y reno. Instalarse en ese rincón del mundo representa un esfuerzo enorme de infraestructura.




A 1.000 kilómetros del cabo Norte, se trata de un gigantesco desierto helado en mitad del océano Ártico, muy cerca de la zona de hielo permanente del Polo. Sin embargo, cuenta con una gran ventaja: la corriente del Golfo, más cálida, impide la formación de hielo gran parte del año en su costa este y hace que las temperaturas sean menos extremas que en otros lugares a esa latitud. Longyear­byen aprovecha un amplio puerto natural en un fiordo y se extiende hacia el interior rodeada de montañas siguiendo un valle. Situada a 78º 15’ N, está ligeramente más al norte que Qaanaaq y Siorapaluk, en Groenlandia. Las ciudades más septentrionales de Alaska están a 71º N. El Círculo Polar Ártico, a 66,5º N.


Los osos polares son una amenaza, incluso en los límites urbanos

Sin embargo, pese a ser mucho más ­accesible que otros lugares del Ártico, no tiene pueblos nativos: nadie vivía allí antes de la llegada del explorador holandés Willem Barents en 1596. Ahora es más bien todo lo contrario. No importa con quién se hable, con la cajera del supermercado ­colombiana, con dos obreros polacos, con una noruega que ejerce de guía turística y mantiene una manada de 12 perros de trineo en una cabaña fuera de la ciudad, con un venezolano que trabaja en la universidad mientras que su pareja es comercial en una empresa turística, con una glacióloga francesa que está a punto de agarrar el avión de vuelta, con una enfermera jubilada noruega que ha montado una empresa, con el pastor o con un antiguo reportero de sucesos en Los Ángeles que ahora dirige un diario local en Internet (bueno, dirige y escribe porque es el único trabajador). Pese al frío (aunque este año no ha habido invierno, las temperaturas pueden alcanzar los 40 grados bajo cero y en verano no suben de los 10), los osos y los glaciares, todo el mundo describe la vida en Svalbard como El Dorado polar.

“Estuvimos de vacaciones aquí y nos preguntamos cómo sería vivir en Svalbard. Entonces decidimos dar el salto, probar la experiencia y ya llevamos dos años y medio”, explica Jorge Kristiansen, venezolano de 37 años. La tranquilidad, la seguridad, la sensación de vivir una aventura y la solidez de una comunidad que confía en la bondad de los desconocidos –el 20% de la población cambia cada año, con lo que, en realidad, nadie es de ahí, todos son extranjeros– son los principales motivos citados. “La oscuridad es tenaz”, asegura Claudia Antonsen, colombiana de 45 años, sobre la larga noche polar que resiste gracias a generosas dosis de vitamina D. Durante cuatro meses es de noche y durante otros cuatro es de día. “La calma, la nieve, la aventura, la naturaleza, la belleza”, agrega para explicar por qué decidió instalarse allí desde Bogotá. Casada con un noruego que trabaja como taxista, ella es empleada en el supermercado local, que ofrece productos de todo el mundo a precios disparatados: 3,75 euros un litro de leche, 2,41 un yogur, 6 una lata de bonito Ortiz o 5,7 una cesta de tomates cherry. La ventaja es que es una zona libre de impuestos indirectos y que los noruegos cuentan con una ayuda de casi 20.000 euros por instalarse allí.

“Es como una burbuja. Uno se siente muy seguro, aunque nunca hay que olvidar que estamos en un lugar en el que la naturaleza lo controla todo. Nunca se debe perder el respeto”, afirma Heidi Sevestre, una investigadora francesa de 28 años que, tras cuatro en Svalbard, está preparando su vuelta a casa, en los Alpes, un traslado que incluye la venta de su moto de nieve. Kristin Jaegger Wexsahl, de 25 años, lleva cuatro en Svalbard. Su gran pasión son los perros y mantiene a 12. Como no puede tener tantos en la ciudad, habita una cabaña en las afueras. Trabaja como guía turística y no se le ocurre ningún otro lugar en el que vivir. Sin embargo, pese a que las Svalbard albergan el mayor espacio de naturaleza virgen de Europa, Longyearbyen está muy lejos de ser el territorio salvaje de sus orígenes.

La iglesia de Svalbard abre 24 horas y acoge todas las confesiones. James Rajjote


Tiene un aeropuerto internacional, un puerto en el que pueden atracar cruceros, 650 camas hoteleras, una universidad importante con 300 alumnos y planes para doblar su número, cafés, restaurantes japoneses, tailandeses o internacionales, colegios, un centro cultural, un museo… Casi todos van acompañados de la misma coletilla: la fábrica de cerveza (inaugurada en 2014) más al norte del mundo, el supermercado más al norte del mundo, la chocolatería más al norte del mundo (la especialidad son bombones con forma de oso polar), la iglesia más al norte del mundo… El mejor restaurante de la ciudad, Huset, ofrece alta cocina y alberga una de las bodegas más nutridas del norte de Europa (las guías dicen que la mayor, pero ellos matizan). No deja de ser surrealista que, después de degustar unos sofisticados encurtidos de arenque, haya que salir con cierto cuidado porque, al encontrarse en el límite de la ciudad, a unos metros empieza la zona en la que, en teoría, hay que ir armado por los osos. Y no es ninguna broma: en 1995 una visitante fue devorada en las afueras de la ciudad y en 2011 un estudiante murió en un ataque durante una excursión.

“Es una comunidad pequeña, pero no lo parece”, explica el pastor Leif Magne Helgesen, que lleva 12 años en la isla y se ha convertido en un experto en el Ártico, coordinador del ensayo The Ice is Melting (el hielo se funde). “Se trata de un lugar con mucho pulso, en el que la gente se queda normalmente cuatro años. Es una comunidad muy solidaria porque nadie tiene a nadie aquí, así que al final nos ayudamos todos”. Sobre los cambios que experimenta la ciudad, explica: “El interés por el Ártico es económico y estratégico, sin duda. El dinero lo mueve todo. Pero también existe un interés científico a causa del cambio climático: lo que ocurre aquí va a tener influencia en todo el mundo”. La conversación tiene lugar el martes al atardecer en la iglesia, que permanece siempre abierta. Esa misma noche se ha celebrado una misa católica (el templo es protestante, pero abierto a las demás confesiones cristianas) y luego ofrecen café y bollos en los confortables sillones. Se escucha hablar noruego, danés, filipino, italiano, español… Las islas Svalbard comenzaron a ser explotadas en el siglo XVII por tramperos y balleneros. No es una casualidad que una pequeña bahía se llame Vizcaya porque los vascos tenían una pericia especial para capturar ejemplares grandes y eran visitantes asiduos desde 1611. De hecho, la flota gallega sigue acudiendo allí a pescar bacalao. Longyearbyen fue fundada en 1906 como una ciudad minera por un aventurero y emprendedor bostoniano, John Munro Longyear, y su socio Frederick Ayer en la isla principal, Spitsbergen. Después de la Primera Guerra Mundial, se firmó el Tratado de Svalbard, que reconoce la soberanía noruega sobre el territorio. Un principio de no discriminación permite a cualquier país firmante del pacto establecer actividades comerciales, siempre y cuando respeten la ley de Noruega y la autoridad del gobernador de la isla, nombrado por Oslo por periodos de tres años. El tratado también impide la presencia de fuerzas militares permanentes, lo que provocó no pocas polémicas durante la Guerra Fría.

Rusia mantiene una ciudad minera, Barentsburg, con unos 500 habitantes, que es una de las excursiones más impresionantes que se pueden realizar en la isla. El viaje en moto de nieve (en invierno solo se llega así o en helicóptero, en verano en barco) desde Longyearbyen se prolonga durante unas tres horas y muestra hasta qué punto es tan duro como bello el paisaje helado hasta alcanzar un pueblo anclado en la URSS de los años ochenta. Existía una segunda ciudad rusa, ahora abandonada, que se llama Pyramiden. El resto de los asentamientos son estaciones científicas, como Ny-Alesund, que puede servir para resumir el interés internacional por el Ártico ya que reúne equipos de China, Alemania, Reino Unido, Japón, Noruega, Corea del Sur y Estados Unidos. Viven unas 50 personas en invierno y hasta 200 en verano. Hornsund, una base polaca, solo cuenta con 15 personas.

El principio de que cualquiera puede instalarse es válido para los países firmantes del tratado (unos 40 en total, España entre ellos; Corea del Norte ha sido el último, a finales de febrero), pero también para los individuos. En la sede del Gobierno local una hoja informativa explica las condiciones para trasladarse al Polo, que, básicamente, consisten en tener un trabajo remunerado o una forma de vida (no se puede ir a probar suerte), un alojamiento (que viene con lo anterior) y no depender de nadie (no existen servicios sociales, aunque sí un hospital). Durante sus primeros 100 años de existencia, Longyear­byen era una ciudad minera, dominada por la compañía Store Norske, con trabajadores que pasaban 15 días allí y otros 15 en Noruega continental.



“En 1985 vine por primera vez y esto era una comunidad minera, solo minera”, explica Marie Haga, diplomática noruega, exlíder de Los Verdes, que ocupó diferentes carteras ministeriales en los años noventa y que ahora, como directora general de la ONG Crop Trust, viaja a menudo a Svalbard porque alberga un banco de semillas internacional. “Ha cambiado muy rápido. Era todavía la Guerra Fría. Antes solo estábamos aquí por motivos de soberanía, ahora es el turismo, la investigación”. Ya queda únicamente una mina operativa, que sirve exclusivamente para alimentar la central eléctrica de Longyearbyen, la única de este tipo que permanece abierta en Noruega y cuyo futuro está en permanente discusión.

Con ese clima y cuatro meses de oscuridad, existen pocas alternativas energéticas viables que no pasen por el carbón. Sin embargo, la única mina rentable en la actualidad fue abandonada tal cual en los años noventa, como una especie de Chernóbil en la que todavía están los calendarios y los turnos de trabajo del año en que se cerró. Y es rentable porque se ha convertido en una nueva atracción turística. Un recorrido por sus instalaciones evidencia cuánto han cambiado los tiempos.

De la época del carbón queda una costumbre que convierte a Longyearbyen en un lugar bastante casero: todo el mundo va en zapatillas o en calcetines cuando está en el interior (entonces los mineros arrastraban siempre carbón en las botas). Salvo en el supermercado y en algún bar, hay que descalzarse en todas partes, al entrar en el Ayuntamiento o en la sede del Gobierno, en la universidad o en los hoteles y restaurantes. De hecho, como explica Arve Johnsen, de 37 años, uno de los diez policías del archipiélago, la mayoría de los delitos denunciados tienen que ver con el robo de botas que se dejan en la entrada de los edificios públicos. Los últimos crímenes que se recuerdan fueron el de un minero que apuñaló a otro en Barentsburg en 2013 y una redada antidroga en 2015 que acabó con 11 detenidos por fumar cannabis. La presencia de un oso en la ciudad en 2014, que tuvo que ser anestesiado y trasladado en helicóptero a la otra punta de las Svalbard porque se había acostumbrado a buscar comida en el asentamiento, completa el cuadro de problemas de seguridad graves. Ni las casas ni los coches se cierran habitualmente.

Tanto el minero apuñalador como los ­fumadores de cannabis fueron enviados a Noruega porque la isla carece de prisión. También los fallecidos son trasladados a tierra firme. No se puede enterrar a nadie allí porque, a causa del permafrost, los cuerpos nunca se descomponen. De hecho, en 1999 se pudieron extraer muestras del virus de la gripe española, que mató a 40 millones de personas después de la Primera Guerra Mundial, de seis cuerpos enterrados en las Svalbard en octubre de 1918. Nada se pudre en la tierra helada.

“La economía está cambiando. Durante 100 años ha sido una ciudad minera y ahora se está convirtiendo en algo muy diferente”, explica la gobernadora, Kjerstin Askholt, de 54 años, que fue directora general de Asuntos Polares en el Ministerio de Justicia en Oslo y que es la máxima responsable del Gobierno noruego desde octubre de 2015. “Mucha gente piensa que el turismo y la investigación son el futuro de Svalbard. También está la pesca”, prosigue. Entre 2014 y 2015, el turismo subió un 11%, con 60.000 pernoctaciones. Atracaron además varios cruceros que, de repente, soltaban a 3.500 turistas en una localidad de 2.240 habitantes. “Los visitantes son esenciales, pero no podemos convertirnos en un gueto turístico”, explica Ronny Brunvoll, responsable de Visit Svalbard. Mark Sabbatini, un antiguo periodista de sucesos de Los Ángeles que tras varios periplos por el mundo ha acabado instalado en Svalbard y edita un diario sobre el Ártico, Icepeople, define el problema con palabras más crudas: “Esto es cualquier cosa menos tranquilo. Durante el verano, con los cruceros, se convierte en una versión ártica de Disneylandia”.

Las islas albergan una especie única de renos que no han sido domesticados. James Rajjote


Pero la transformación más profunda no está relacionada con las visitas, sino con los efectos del cambio climático. “Las reivindicaciones nacionales sobre territorios en el Ártico se basan en las masas de tierra, pero el cambio climático puede introducir nuevas rutas marítimas”, explica Frank Nilsen, oceanógrafo y director de la Universidad de Svalbard (UNIS). “Es una zona que sin duda ganará importancia geopolítica. El tráfico de barcos se incrementará y Longyearbyen puede ocupar un lugar crucial en todo ese proceso”, prosigue. También la pesca, con muchas especies que cada vez suben más al norte, será una nueva fuente de recursos y de problemas.


Los geólogos consideran que una quinta parte de los recursos de gas y petróleo no descubiertos en el mundo se encuentran más allá del Círculo Polar Ártico, además de todo tipo de minerales. Los países con acceso al Ártico son Rusia, Dinamarca –a través de Groenlandia–, Canadá, Estados Unidos y Noruega. Pero el estatuto de las Svalbard, y la facilidad para llegar, las convierte en un territorio muy deseado. Con los precios actuales del petróleo y la crisis de los hidrocarburos, su importancia inmediata radica sobre todo en que el deshielo –el Panel de Cambio Climático de la ONU considera que desde 1979 se ha perdido un 40% de la capa de hielo en el Polo– permitirá la consolidación de nuevas rutas marítimas que, a través del norte, conectarán el Atlántico con Asia sin pasar por el canal de Suez. Un reciente reportaje de National Geographic sobre la economía del Ártico estimaba que, por la ruta del norte, se recorta un tercio de millas marítimas y se ahorran unos 180.000 dólares en combustible. Sin embargo, dado que no es un camino que todavía esté totalmente abierto, en 2013 lo utilizaron solo 19 buques frente a 17.000 que pasaron por el canal de Suez.

Esa facilidad de acceso y la presencia de una ciudad como Longyearbyen convierte a las Svalbard en un observatorio científico privilegiado de este inquietante proceso; pero también en un objeto de deseo estratégico. Las dos grandes noticias de Longyear­byen en los últimos tiempos fueron una avalancha que en diciembre mató a una persona y el intenso rumor de que el multimillonario chino Huang Nubo, del Beijing Zhongkun Investment Group, iba a comprar uno de los dos únicos terrenos en manos privadas del archipiélago. De hecho, en 2011 realizó importantes y polémicas inversiones en Islandia y en 2014 en el norte de Noruega. “No hay duda de que el millonario Huang Nubo es el hombre de paja del Partido Comunista y de las autoridades del país asiático”, advirtió un editorial del diario Nordlys. “Aquello nunca se concretó”, explica Sabbatini, “pero es evidente que el Ártico es cada vez más importante y atractivo y que todos los países tratan de estar aquí”. La llave para esta nueva fiebre del oro se encuentra en el lugar más feliz del mundo, que desea y necesita los cambios y, a la vez, los teme porque sabe que el futuro pasa por su remota latitud.

Guillermo Altares
Diario El País, Madrid, 26 de marzo de 2016
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