miércoles, 31 de diciembre de 2014

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Los libros de 2014

Más un recorrido para la memoria que un alardeo de cultura, una refrescada de los libros con los que recorrimos este año.

Enero
  • Papeles en el viento, de Eduardo Sacheri
  • Aviones en el cielo, de Eduardo Sacheri

Febrero
  • Memorias del desierto, de Ariel Dorfman
  • La obra de arte en la era de su reproducción técnica, de Walter Benjamin
  • Homo videns, de Giovanni Sartori
  • La máquina del tiempo, de H.G. Wells

Marzo
  • Mi perdición, de Alfred Hayes
  • Primeros daguerrotipos de la Argentina 1843-1844. El Almirante Guillermo Brown y otros retratos de John Elliot, de Carlos Vertanessian. 

Abril
  • Los comienzos de la fotografía en Uruguay. El daguerrotipo y su tiempo, de Juan Antonio Varese
  • El cine mudo argentino, de Roberto Di Chiara
Mayo
Junio
  • De la sabiduría egoísta, de Francis Bacon
  • Breve historia de la fotografía, de Walter Benjamin
  • El mármol, de César Aira

Julio
  • Nueve cuentos, de J.D. Sallinger

Agosto
  • El toldo de Bolonia, de John Berger
  • 120 historias de cine, de Alexander Kluge

Septiembre
  • Paseos nocturnos, de Charles Dickens
  • Será siempre Independiente, de José Bellas y Ferando Soriano

Octubre
  • Buster Keaton, de Marcel Oms

Noviembre
  • De mi tierra a la Tierra, de Sebastiao Salgado

Diciembre
  • Pantallas de plata, de Carlos Fuentes
  • Los libros de 2009
  • Los libros de 2010
  • Los libros de 2011 
  • Los libros de 2012
  • Los libros de 2013
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martes, 30 de diciembre de 2014

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Doña Diáspora en La Habana

Nuestra activa defensora de los emigrantes despidió el 2014 en La Habana. Aunque acostumbra a celebrarlo en Baíñas [Vimianzo] en la compañía de su milenaria amiga Pedra da Arca tuvo que cambiar el rumbo ya que recibió una invitación urgente de Fidel Castro Ruz para cenar en la “Perla del Caribe”. Se quedó muy sorprendida pues llevaba desde 1991 sin contestación a una petición que le hiciera ---siendo presidente de Cuba--- delante de la casa de Manatí, en la que el presidente Fraga Iribarne vivió durante buena parte de su infancia.


Fidel: ¡Bienvenida! Me alegra mucho que hayas aceptado mi invitación. Después de años sin noticias mías, te convoco sin avisarte con un mínimo de antelación. Espero perdones mi absoluta falta de cortesía pero creo que te vendrá bien un airecito de calor tropical y unas cuantas cuncas –así le llamaba don Manuel-- de una queimada especial que te voy a preparar con el mejor ron del mundo.

Diáspora: No hay nada que agradecer. Entenderás que soy la primera interesada en volver sobre el tema que te presenté en el año 1991. Por otra parte, cuenta a tu favor la gran amistad que me unía al noble emigrante don Ángel de Láncara. Supuse que ahora retirado, tendrás tiempo libre para reflexionar sobre el medio siglo de historia cubana en el que fuiste protagonista. Me dije que tenía que aprovechar para convencerte de que es el momento apropiado para que enciendas la luz verde sobre la propuesta que te hice.

Fidel: Es cierto, mi amiga, es el momento de reparar errores. Estoy al final del camino. Si mañana me voy para el cementerio, pasado mañana se celebran elecciones y las gana el partido de los cubanos que se fueron a Miami en los primeros años de la década del 60. No es por desmerecer a mi hermano pero es evidente que el “Chino” no tiene la autoridad moral que tengo yo. Es buen cumplidor de sus obligaciones pero entiende poco de economía. Se quedó enredado y anquilosado en la retórica anti-imperialista de cuando bajamos de Sierra Maestra.

Diáspora: Veo que estuviste repasando los 50 años en los que fuiste el John Wayne de la película. A ti te tocó ser el guía del rebaño. Durante años llevaste a los guajiros a pastar dentro de un vallado en el que el lobo no atacaba. Algo conseguiste pero sientes que eres un pastor fracasado. No temen al lobo. Al ver que no alcanza la hierba los invade una ansiedad que los mueve a buscar una senda fuera del espacio delimitado por el cayado del pastor. Lo que te quiero decir es que cualquier tipo de organización política es pasajera y que además el análisis que se haga del pasado casi nunca es objetivo al llenar de colores el blanco y negro.

Fidel: Contigo se puede hablar. Me abres los ojos con tus razonamientos de vieja gallega emigrante. El gigantesco escritor Miguel de Cervantes ---por cierto, leí que tiene orígenes lucenses al igual que los míos--- decía que había que confiar en el tiempo porque “suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades”. Bien, tengo mis dudas de sea así y propongo firmemente el confiar siempre en el ser humano. El tiempo es poco serio, es muy variable. Te pongo un ejemplo: una hora en compañía de tu enamorada se pasa volando y una hora encarcelado puede ser eterna. Cuando decido que es necesario acabar con la dictadura de Batista no quiero dejar pasar el tiempo. Opinaba que el tiempo no era neutral, iba pasando y los ricos se hacían más ricos y los pobres, más pobres.

Diáspora: Es una satisfacción escucharte hablar y comprobar que te estás corrigiendo. Creo que hubieras sido un gran profesor de historia o de filosofía pero te metiste de cabeza en el papel de Cronos y pasó lo que pasó. Los años, a algunos de nosotros, nos enseñan a ser humildes. Creo que la clave de la paz espiritual o de la tranquilidad de conciencia está en que el corazón se imponga a la razón. Sobre el tiempo habría que consultar a Stephen Hawking aunque yo no entendería su explicación. El tiempo es un buen docente pero su valor didáctico se reconoce al final del camino. Con el tiempo no funciona la prevención, es una pena, nos hubiera evitado una cantidad de errores que acabamos reconociendo cuando no le queda más cuerda al reloj.

Fidel: Realmente estoy encantado de tenerte en La Habana. A lo mejor te hago caso y en una vida futura doy clases de Historia de América. Nunca se sabe. ¿Me imaginas en el aula explicando las causas y consecuencias del medio siglo de embargo yanqui a Cuba? Aquí tendría mis dudas. No es fácil, si te hago caso a ti y dejo que el corazón se exprese, trasmitiré a los alumnos que los imperialistas del norte ahogaron con su fuerza a una alegre isla que quería vivir con ritmo propio. Si dejo hablar a la razón, tendré que aceptar que un danzón, un pasodoble o una canción de Elvis son diferentes formas de expresión musical que no influyen en el sentimiento patriótico de los cubanos que es un bien inmaterial no embargable.

Diáspora: Me alegra que tengas la valentía de reconocer que en el pasado veías todo con exceso de carga emotiva. Coincido contigo en que al final del camino, debemos de despejar todas las nieblas posibles para que no te castiguen con la oscuridad al llegar allá arriba. Vamos al tema que supongo me trae hasta aquí en esta noche habanera de San Silvestre. Me citaste, espero sea así, para informarme sobre la petición que te formulé para que se proceda a la devolución oficial a sus legítimos propietarios del inmueble registrado en escritura pública a nombre del Centro Gallego de La Habana. En la capital cubana los gallegos emigrados se esforzaron por labrarse un futuro a título individual y a título colectivo. Por un lado el hogar familiar y por otro el hogar social. Con sus aportes construyeron el gran palacio del Centro Gallego que es una joya arquitectónica de gran valor. El gobierno que tu dirigías lo expropió y pasó a ser utilizado por diferentes entidades públicas. No me olvido de puntualizar que las sociedades gallegas siguieron contando con un espacio para desenvolver sus actividades culturales.

Fidel: Ciertamente, Diáspora, te llamé con urgencia para resolver el asunto del Centro Gallego. Soy consciente de que me estoy acercando a la tumba. No quiero irme sin antes arreglar el tema de la devolución del Centro Gallego a sus dueños o propietarios. Como puedes ver no escapo por la tangente y te hablo de la propiedad privada de una sociedad mutualista que volverá a estar en manos de los socios. Estoy en deuda con mis ancestros y con mi padre que fue un luchador que me inculcó el valor de la perseverancia. Se había inventado un dicho con rima que con frecuencia nos repetía: “no se llega a Camagüey con la sombra del jagüey”. Quería unos hijos que se moviesen y nos aconsejaba en base a su experiencia de vendedor ambulante que recorría las haciendas con sus mulas cargadas de prendas de vestir y ropa de cama. Así fue como ahorró los primeros pesitos que invirtió en la compra de un trozo de tierra cubana. Era un gallego corajudo que se enamoró de los paisajes de una isla que decía te curaba cualquier humedad o dolor en los huesos.

Diáspora: Bueno, Fidel, no esperaba otra cosa de ti. Se abrió la puerta a una nueva realidad al acordar el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. En esta línea aperturista que no tiene vuelta atrás, te pido que intervengas con firme resolución. Eres el más indicado para impulsar el acto de reparación que enlace definitivamente a nuestros descendientes –-ciudadanos cubanos--- con la herencia de sus abuelos gallegos. Es cierto que el paréntesis que le pusiste a sus derechos fue demasiado largo pero ya conoces el dicho de que “nunca es tarde si la dicha es buena”. Si quieres puedo hacerle llegar al presidente de la Xunta de Galicia, una tarjeta invitación de tu puño y letra. Creo que corresponde lo invites para que sea testigo en un acto jurídico que marcará el inicio de una nueva etapa en la que un gaitero cubano anuncia al mundo que se abren los caminos de la libertad para los amantes de la democracia. Gracias, de verdad, me despido. Vuelvo a Galicia con la convicción de que cumplirás tu promesa de devolución en el próximo año.

Fidel: Entiendo que tengas prisa por comunicarle a los habitantes de Láncara que Fidel, el hijo de don Ángel Castro Argiz, se comprometió a la devolución del Centro Gallego de La Habana. Podrías quedarte unos días para visitar Santiago de Cuba pero otra vez será. Te hago constar, sinceramente, que el agradecido soy yo al tener la oportunidad de reparar la gran metida de pata de incautar una propiedad que lleva en sus cimientos y paredes, el sudor de miles de emigrantes de la tierra de Rosalía. Te aseguro que el Centro Gallego de La Habana, construido en el Paseo del Prado o de José Martí, volverá al seno de la colectividad gallega a la mayor brevedad posible. Antes de irte, por favor, tómate otra cunca de queimada al estilo galaico-habanero para que el camino de vuelta sea más placentero. ¡Un abrazo y feliz retorno!

Manuel Suárez Suárez
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domingo, 28 de diciembre de 2014

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Feliz cumpleaños, cine

El 28 de diciembre de 1895 los hermanos Lumière realizaban la primera exhibición cinematográfica. ¡Felices 119 años!

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martes, 23 de diciembre de 2014

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Feliz 2015


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jueves, 18 de diciembre de 2014

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El regreso del pesebre pop

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domingo, 14 de diciembre de 2014

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Los 36 billares













Av. de Mayo 1271
Buenos Aires
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viernes, 12 de diciembre de 2014

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Foto encontrada: Adicta en Cemento


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Amor por Huracán


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viernes, 21 de noviembre de 2014

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Embajada de Francia






















Cerrito y Arroyo
Buenos Aires
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lunes, 17 de noviembre de 2014

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En el paraíso de los paraísos

Los años pasan aunque el niño emigrante de la aldea de Tines [Vimianzo] no olvida su gran alegría cuando identificó la mano de su padre balanceándose en el muelle del puerto de Montevideo. El desembarco tuvo lugar el 27 de noviembre de 1958 luego de un viaje que no fue nada suave ya que el viejo "Cabo de Hornos" iba perdiendo fuerzas. En la larga singladura de 20 días perdí mucho peso y no fue hasta llegar a Santos que pude recuperarme un poco gracias a mi tío José de Romarís que subió a bordo con unas sabrosas bananas brasileñas. Hoy los plátanos canarios me resultan casi insípidos en comparación con la mágica fuerza energética de aquellos hermosos colores amarillos.


Antes de bajar del barco hice un recorrido visual por todas y cada una de las edificaciones que rodeaban el puerto. Enseguida comprobé que el sol americano era mucho más fuerte que el de la aldea ya que nadie llevaba abrigo. Mi padre y quien le acompañaba -después supe que era su amigo Ramón de Castromil-- llevaban unas camisas de manga corta. Mi madre decía que aquí no iba a necesitar los zuecos ya que llueve poco y no hay barro en los caminos que además son de piedra. Pues, ciertamente semejaba que la cosa pintaba bien. Aún estaba en el barco pero muy convencido de que mis padres escogieran aquella ciudad para que yo pudiese correr más ligero.

El apartamento que alquilara mi padre en la calle Pantaléon Artigas e Ipiranga en el barrio de Aires Puros, estaba bien. No era grande pero tenía mucha luz y en la vereda contaba con la sombra protectora de unos árboles llamados paraísos. Allí fue donde armé mi nuevo espacio y sistema de vida. Todo cuanto veía era nuevo y todo cuanto oía era diferente. En la cocina un aparato llamado primus encendía sin leña. Pasaba la tarde entera jugando hasta el anochecer que era cando volvía mi padre del trabajo. Alrededor de las cinco se hacía una pausa obligada para el refuerzo de pan con mortadela. Aquel Montevideo era estupendo.

El primer domingo en tierras rioplatenses coincidió con una fecha histórica en el Uruguay: la celebración de las elecciones nacionales. Por supuesto que no me enteré del asunto electoral ni de que el Partido Nacional ganó después de nueve décadas de gobiernos del Partido Colorado. Para mi fue el domingo en el que ingresé como socio de pleno derecho en la generosa República Oriental del Uruguay. Un lugar especial, lleno de felicidad, en el que los niños hacen pozos en la playa de Buceo y corren por el Parque Rodó y aplauden a las murgas en los tablados. Quiero agradecer a Mercedes Vázquez Rama que fue quien me abrió las puertas del nuevo país con su cordial hospitalidad.

El matrimonio Vázquez-Rama tenía casa propia en la calle Santa Ana a unos diez minutos de nuestro apartamento. Lo más directo para llegar era bajar hasta Propios y luego ir por la calle Tudurí. Merceditas era de Vimianzo y también vino en un barco. Quedé maravillado con ella. Estaba atento a todo lo que decía y me gustaba todo lo que hacía. Su cuaderno escolar no tenía una mancha y los dibujos eran muy buenos. Merceditas utilizaba una técnica ---desconocida para mi--- que consistía en presionar más o menos el lápiz para obtener una u otra intensidad de color. Fue quien me informó de que en la escuela tendría que aprender a cantar el himno nacional.

Mi nueva amiga tenía la experiencia adquirida en dos años de residencia y no quería que yo llegase a la escuela sin saber quien era Artigas. Fue a quien le escuché por vez primera la palabra héroe para definir a don José. Callé la boquita a pesar de no entender el significado. Lo único que me quedó claro fue que Artigas era amigo de los indios y que lo dejaron morir lejos en el olvido. En la merienda confirmé que desembarcara en el mejor lugar del mundo. Merceditas trajo para beber un agüita caliente y para comer unas rodajas de pan con una crema de color beis por encima. La bebida y la comida eran desconocidas pero no pregunté nada.

El agua caliente se echaba en unas hierbitas y se sorbía por una cañita metálica llamada bombilla. Era el mate dulce y sabía bien. Pero la emoción más fuerte la recibí cuando lleve a la boca un cacho de pan. Quedé hondamente sorprendido por un sabroso dulce de leche según le llamó Merceditas. Aquella delicia dejaba en segundo plano al chocolate que la abuela Concepción compraba en la feria de Baio. Volví sonriendo para el apartamento. Mi padre hablaba de levantarse temprano para ir a trabajar a "Casa Ponti". Pensé en mi buena suerte. En la aldea no había mate, ni dulce de leche y tampoco un primus para cocinar. El paraíso de los paraísos estaba allí en la orilla del Río da la Plata.

Manuel Suárez Suárez
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