jueves, 16 de mayo de 2013

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El caballero que cayó al mar

Cuando Henry Preston Standish cayó de cabeza al océano Pacífico, el sol empezaba a trepar por el horizonte oriental. El mar estaba calmo como una laguna; el clima tan templado y la brisa tan suave, que era imposible no sentirse gloriosamente triste.

En esa parte del Pacífico, el amanecer se realizaba sin fanfarria: el sol simplemente colocaba su bóveda naranja en el borde lejano del gran círculo y se impulsaba hacia arriba, lento pero persistente, dándoles a las débiles estrellas tiempo de sobra para difuminarse con la noche. De hecho, Standish estaba pensando en la enorme diferencia entre la salida y la puesta del sol cuando dio el desafortunado paso que lo mandó al agua salada. Pensaba que la naturaleza prodigaba toda su generosidad a los magníficos atardeceres, pintando las nubes con haces de colores tan brillantes que nadie con un mínimo sentido de belleza sería capaz de olvidar. Y pensaba que por algún motivo incomprensible la naturaleza era extraordinariamente tacaña con sus amaneceres sobre aquel mismo océano.

El buque de vapor Arabella avanzaba, puntual, desde Honolulu hacia la zona del Canal; en ocho días con sus noches llegaría a Balboa. Pocos barcos hacían el trayecto entre Hawai y Panamá; ese único barco de pasajeros y algún que otro carguero de servicio irregular. Las naves extranjeras rara vez tenían motivo para pasar por allí, ya que Estados Unidos controlaba la mayor parte del comercio con las islas y casi todo el tráfico se dirigía a San Pedro, San Francisco y Seattle. En los trece días con sus noches que el Arabella había pasado en alta mar se había avistado un solo barco, en dirección opuesta, hacia Hawai. Standish no lo había visto. Estaba en su camarote leyendo una revista; pero el jefe de cubierta, el señor Prisk, se lo contó más tarde. Era un carguero con algún tipo de nombre escandinavo que olvidó de inmediato.

Hasta el momento el viaje había sido tan afablemente plácido que Standish no se cansaba de agradecerle a su estrella de la suerte por haber decidido viajar en el Arabella.

En una vida abrumada por cuidados y deberes, como correspondía a alguien de su posición, aquel viaje siempre se destacaría como algo simple y bueno. Si nunca volviera a experimentar tranquilidad no se preocuparía, porque ahora sabía que existía tal cosa. Su estrella era la Estrella Polar, baja en el cielo en aquella latitud, y la había elegido de entre todas las demás porque no sabía mucho de estrellas y esa era la más fácil de localizar y recordar.

En realidad, el Arabella era un carguero con unas pocas plazas para pasajeros. Había ocho pasajeros a bordo además de Standish. Estaba la productiva señora Benson, que le había obsequiado a su marido cuatro niños en pocomás de cuatro años y medio. El propio señor Benson no estaba presente, pero sí lo estaban cuatro de sus imágenes, tres niñas y un niño cuyas edades iban de casi cero a tres años y ocho meses. Y el señor Benson era casi como si estuviera, con todo lo que la señora Benson le contaba sobre él. El señor Benson trabajaba para un banco como auditor itinerante; por algún motivo habían quedado separados y ahora la señora Benson iba a reunirse con él en Panamá.

De los tres pasajeros restantes dos eran misioneros, unos tales señor y señora Brown, que parecían levantar una barrera cada vez que Standish se les acercaba, como sugiriendo que sabían tanto más sobre Dios que no tenía sentido tratar de hacerse amigos. El último de sus compañeros era un granjero norteño de setenta y tres años llamado Nat Adams, que no tenía una explicación sensata para estar donde estaba. Después de toda una vida de honesta labor, dos cosas trascendentales le habían sucedido al mismo tiempo: una buena cosecha de papas y un fuerte ataque de ansias de viajar. Había dejado el arado y comprado los pasajes al azar; ahora, a bordo del Arabella, era el amigo leal de Standish, incansable al exponer las virtudes de sus dientes postizos, que se sacaba de la boca y exhibía con orgullo ante la menor provocación.

Los propietarios del Arabella no ganaban dinero con el viaje; se comentaba que el servicio entre Panamá y Hawai sería interrumpido el año entrante. La carga era escasa en aquella travesía, y el buque viajaba parcialmente en lastre. El señor Prisk estaba francamente preocupado, porque él envejecía y sus dos hijos, allá en Baltimore, crecían. Hacía tres años que no veía a sus hijos ni a su esposa, pero la empresa le enviaba a la señora Prisk, automáticamente, el ochenta por ciento de su sueldo como primer oficial de cubierta, y a él solo le quedaba lo justo como para tabaco e impermeables. El capitán Bell no les prestaba atención a sus pasajeros. Cenaba con ellos la primera noche en alta mar. Luego se retiraba a su camarote y pasaba en reclusión los días subsiguientes. El señor Prisk decía que el patrón era fanático de los barcos a escala y durante los últimos tres viajes había estado reproduciendo una goleta de cuatro mástiles en miniatura. El segundo y el tercer oficial de cubierta, así como los ingenieros y radiotelegrafistas, eran todos tipos sociables que llevaban adelante, a toda máquina, una clase particular de torneo de bridge; el que dejaba la guardia retomaba la mano del que debía suplantarlo. Eran amables con los pasajeros y el señor Travis, jefe de máquinas le mostraba a quien lo solicitara las profundidades de la sala de máquinas; pero el bridge siempre estaba primero. El señor Prisk, que había llegado a jefe de cubierta por medio del antiguo expediente de comenzar como marinero común para luego ir subiendo de rango, no sabía jugar al bridge, salvo por el innombrable “bridge de subasta”. Se veía así obligado, a fuerza de soledad, a mezclarse con los pasajeros de vez en cuando. Standish la pasó bien desde el primer momento. Sin resultar demasiado misterioso, se las arregló para restringir al mínimo las averiguaciones sobre su propia vida, entrometiéndose con ingenio en la vida de los demás. No era nada difícil; todos (excepto los misioneros) estaban más que dispuestos a desahogarse. Standish observó que tenía un urgente afán por descubrir tanto como pudiera sobre aquella gente; por primera vez en su vida estaba de verdad interesado en seres humanos desconocidos. Pasaba horas contemplando la cara marchita de Nat Adams, o examinando los ojos azules y satisfechos de la señora Benson. Y los niños Benson eran una ilimitada fuente de deleite. Standish reconocía que le proporcionaban más placer los pequeños Jimmy y Gladys Benson que el que jamás le habían proporcionado sus propios hijos allá en Nueva York, aunque bien sabía Dios que los amaba tanto como cualquier padre. Con Jimmy y Gladys no jugaba; solo los observaba desde su cómoda reposera mientras ellos hacían todo tipo de locuras. Sus cómicas risas, sus cuerpos saludables y esa piel tan bellamente bronceada lo llenaban de una agradable forma de melancolía. El viaje en su totalidad era realmente espléndido. Después del primer día de navegación, en que el mar estuvo un poquito agitado, el agua se puso tan increíblemente tersa que era como navegar por un océano de cristal. El clima era perfecto; era esa la única palabra que Standish podía pensar para describirlo. De hecho, los superlativos más comunes le bastaban a Standish para describir mentalmente el viaje. Había cosas que no podían ponerse en palabras, como los colores del atardecer, el suave oleaje del mar y la galaxia de estrellas en los cielos por la noche.
En cuanto al resto: el camarote que le habían asignado, la comida, el aire, la litera no muy blanda con sus sábanas limpias y sus mantas fragantes, todo le parecía maravilloso, magnífico y fantástico. Comía mucho y hacía ejercicio en la piscina de lona que habían instalado en la cubierta, y por las noches simplemente se sentaba a fumar sus cigarrillos y escuchar a Nat Adams, que intentaba explicar cómo las ansias de ver mundo habían asaltado de un momento a otro a un frugal granjero de Nueva Inglaterra.

Todas las noches se acostaba muy temprano, y eso explica por qué estaba donde estaba cuando cayó al océano. Habiéndolo despertado, a las cuatro de la madrugada, el tintineo de ocho campanillas en el lejano puente delantero, Standish permaneció veinte minutos entre las sábanas limpias, sintiéndose voluptuosamente despierto. Se había acostado a las nueve en punto de la noche y, dado que eran las cuatro y veinte, supo que no podría volver a dormirse. La portilla sobre su litera estaba abierta de par en par. Se incorporó y apoyó el mentón sobre el bronce frío. Era una sensación extraña; deliciosos escalofríos le corrieron por la columna vertebral. Por último asomó la cabeza y dejó que el aire marino le pegara en la cara. Un poco más abajo el barco, abriéndose paso en el mar, hacía un sonido constante y quejoso. Las estrellas, rodeándolo, lo llenaron de admiración. Todo era tan magnífico que Standish se sintió como un niño.

Volvió a meter la cabeza y decidió levantarse y vestirse. Se había afeitado por la noche, y el baño podía esperar hasta después del desayuno, antes de ir a nadar. Simplemente se vestiría y saldría a dar una vuelta y vería la salida del sol. Incluso en aquel barco informal Standish se vestía con decoro. Por alguna razón, no se veía usando pantalones flojos o estrafalarias prendas deportivas. Durante todo el viaje se había puesto trajes clásicos. Tenía cinco en total, y después de encender la luz eléctrica sacó uno gris del amplio baúl ropero que estaba abierto, de pie, en un rincón. Pero primero se sacó el pijama y, con la piel desnuda, se lavó los dientes, las manos y la cara en el lavabo de su habitación. A continuación se peinó el cabello oscuro, opaco, lacio y obediente. Una vez vestido, extrajo con cuidado el dinero, las llaves y la billetera con sus papeles del traje marrón que había usado el día anterior y los introdujo en los correspondientes bolsillos del gris. Ya en el pasillo, tuvo esa sensación que tenía con frecuencia a bordo del Arabella: la de ser un niño travieso a punto de hacer alguna diablura. La situación era tan serena que el zumbido de la sala de máquinas le volvió a dar escalofríos. Caminó en puntas de pie, como si las pisadas de sus zapatos sobre las placas de acero pudieran ser un sacrilegio. El mundo entero permanecía tan silencioso que Standish se desconcertó. El barco solitario abriéndose camino a través del ancho mar, la miríada de estrellas desvaneciéndose en el amplio firmamento… eran cosas elementales que lo calmaban y al mismo tiempo lo inquietaban. Como si por primera vez se diera cuenta de que todos los molestos problemas de su vida eran irrelevantes e intrascendentes; y aun así se avergonzaba de haberlos tenido en el mismo mundo que ahora creaba una situación como esa.

Standish llegó hasta el comedor desierto y se sirvió una taza de café negro; la cafetera quedaba encendida durante toda la noche. Lo tomó sin azúcar, dejando que el líquido amargo y caliente fuera despertando su cuerpo interno. Luego fumó su primer cigarrillo, inhalando profundamente. El aire de mar había hecho maravillas por su salud; la áspera tos de fumador que tenía al huir de su mujer varios meses atrás había desaparecido por completo.

Habiendo sido siempre un hombre fuerte y muy cuidadoso de su cuerpo, Standish supo que estaba en la cima de su estado físico. Tenía treinta y cinco años y nunca en su vida se había sentido mejor.

Eran casi las cinco y el sol estaba por salir. En puntas de pie, Standish fue hasta la cubierta y se sentó unos minutos sobre la lona húmeda que cubría la escotilla. Después, agitándose sin razón aparente, como recordó vívidamente más tarde, atravesó la puerta antiincendios y avanzó por el pasillo de entrecubierta, al que daban la cocina, el comedor para la tripulación, el alojamiento de los camareros y otras habitaciones del estilo. El cocinero, un negro estadounidense, encendía, somnoliento, el fuego en la cocina.

Standish le dijo buenos días, aunque no quería hacerlo; las voces humanas, incluida la suya, volvían menos cautivadora la circunstancia. El cocinero sonrió y le respondió el saludo, agregando algún cliché sobre lo temprano que se había levantado el señor Standish. “Ah, sí”, dijo Standish, y siguió caminando unos veinte metros más. Era ese su lugar favorito en todo el Arabella para estar bien temprano. Su lugar favorito para el atardecer era en la cubierta de botes, detrás de un bote salvavidas, donde podía sentarse a solas y mirar cómo bajaba el sol en el espléndido cielo. Pero la ubicación que eligió esa mañana era particularmente original. Era una abertura en el casco del Arabella; el pasillo hacía una leve curva antes de continuar hacia estribor, y luego había dos sólidas puertas antiincendio con más pasadores que una bóveda para cajas fuertes. Dado que el Arabella navegaba por un mar tan calmo, con reportes meteorológicos favorables, aquellas puertas se mantenían abiertas día y noche. Era allí donde más cerca se estaba del mar. Era posible agarrarse de uno de los muchos soportes e inclinarse bien hacia delante para mirar el agua. Allí estaba el océano Pacífico, menos de cinco metros hacia abajo; el mar en la línea de flotación del Arabella, espumando y burbujeando en distintos colores según el momento del día. Mareaba un poco si se lo miraba mucho tiempo, que fue exactamente lo que Standish hizo. No fue esa, sin embargo, la razón de su desgracia. Normal en todos los sentidos, Standish no era propenso a los desmayos.

Estuvo allí parado largo rato, tal vez unos quince minutos, escuchando el melancólico burbujeo del agua y el zumbido de las máquinas del barco, respirando tranquilo el aire suave y tratando de seguir, con mirada alerta, la imperceptible fusión de la noche con el día. Sin embargo, como sucede con tantas otras cosas, era aquel un placer del que un adulto se cansaba si se entregaba a él por demasiado tiempo. La emoción de estar tan peligrosamente cerca del océano se fue difuminando, haciéndolo sentir un poco tonto. La razón por la que se sintió tan tonto, comprendió muchas horas después, fue que estaba excitado como un niño, y eso es algo que los hombres adultos rechazan de solo pensarlo.

Standish decidió abandonar el lugar, aunque de pronto se dio cuenta de que no podría volver a pararse allí muchas veces más. La semana siguiente, Balboa; luego otro barco en el que probablemente hubiera que arreglarse para ir a cenar: camino a Nueva York y a los niños y a Olivia. Le habría gustado sentarse un rato en la cubierta y dejar los pies colgando por sobre el borde del Arabella, pero había varias manchas de grasa alrededor. Desde allí, todas las noches, los mozos arrojaban los residuos por la borda. Aparentemente, la noche anterior no habían sido muy cuidadosos; había cáscaras de papa y otros restos de basura en la cubierta, con un poco de olor, si bien no tanto como para arruinarle el placer a Standish. Unos minutos más tarde, supuso Standish, los marineros fregarían la cubierta.

Aferrándose a un soporte seguro, Standish contempló por una última y larga vez el sol naciente y el plácido océano. Imaginó que nunca olvidaría la intensidad de ese momento. El mundo se llenó de dignidad. Dignidad era lo que se necesitaba para vivir tranquilo y en paz.

Por último, Standish se puso a pensar, sin razón aparente, en la asombrosa diferencia entre la aurora y el ocaso.

Decidió tomar otra taza de café. Dio un paso atrás con el pie izquierdo y sacó la mano del soporte. Al moverse hacia atrás, la suela de su zapato izquierdo se topó con una mancha de grasa. Standish hizo un intento desesperado por volver a agarrar el soporte y aferrarse al piso con el pie derecho. Pero le erró al soporte, y apoyó el pie derecho en otra mancha de grasa, o tal vez en la misma; Standish nunca lo supo. La mancha de grasa era engañosa.

De superficie áspera y gomosa, a simple vista no podía sospecharse su peligrosidad. Pero con una presión repentina, como la que había aplicado Standish, se volvía resbaladiza como el hielo.

El caballero que cayó al mar, de H.C. Lewis
Capítulo I
La Bestia Equilátera
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