domingo, 4 de enero de 2015

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La bella cartografía de un desgarro

En las frías mañanas de Londres, adonde había llegado refugiándose de las más feroces hostilidades del autoritarismo, Guillermo Cabrera Infante solía seguir minuciosamente un ritual toda vez que se disponía a escribir. En un pequeño piso en Gloucester Road, rodeado de una frondosa vegetación que le traía recuerdos del Caribe, cada mañana se quitaba sin prisa primero el saco, y luego los pantalones, la camisa, la ropa interior y las medias, de modo que cuando se sentaba ante su máquina de escribir, una Smith Corona que lo acompañó siempre y en la que inventó una de las obras más deslumbrantes de la literatura en lengua castellana, estaba completamente desnudo. Su compañera de toda la vida, Miriam Gómez, lo miraba entre risueña y perpleja, y se preguntaba qué demonios estaría escribiendo el cronista antillano así, tal como Dios lo había traído al mundo. Cabrera Infante escribía sumido en un silencio de muerte, y cada tanto se inclinaba sobre un mapa de La Habana desplegado sobre su mesa de trabajo, cuya cartografía acicateaba su memoria y le producía una punzada en el corazón.


Muchísimos años después, cuando ya el escritor había muerto, dejándonos una obra monumental, su musa supo que ese texto era Mapa dibujado por un espía, la crónica de ese último desgarro que fueron los cuatro meses de 1965 durante los que el poeta vivió en Cuba antes de ser carcomido por el exilio. Cabrera Infante era agregado cultural en Bruselas, pero debió regresar ese año a La Habana para velar los restos de su madre. La burocracia castrista retuvo en el país al escritor, que ya se había desencantado de la revolución y poco después se convertiría en uno de sus críticos más furibundos. Miriam Gómez decidió publicar ese texto descarnado, aunque su esposo narraba en él con indisimulado trazo autobiográfico los infortunios y las desolaciones de su deriva fantasmal por la ciudad, pero sobre todo sus amoríos desesperados y sus volcánicas aventuras sexuales.

Cabrera Infante tenía 36 años, ya había escrito la decisiva Tres tristes tigres y su estilo mordaz, que es un verdadero prodigio del lenguaje y al que alguien definió como ilusionismo retórico, había fascinado ya al mundo hispanohablante en los días del boom latinoamericano. Su obra posterior (Mea Cuba, La Habana para un infante difunto) es en buena parte una memoria de su tierra y de lo que amó en ella durante sus años de juventud, que fueron los años tempranos de la revolución: los bares, la bohemia de la noche, los cabarets, los parques y las salas de cine, donde se dejó encantar por el lenguaje ilusorio de las imágenes y se formó como crítico cinematográfico. Ese ejercicio de la memoria fue también para él un modo de guarecerse de la intemperie existencial a la que lo arrojó brutalmente el exilio. Sabía, como lo saben desde el fondo de los tiempos todos quienes han padecido el destierro, que el lenguaje es un hogar.

El nombre de Cabrera Infante regresó esta semana a los diarios -cuando tras más de medio siglo de distanciamiento Washington y La Habana anunciaron la reanudación de relaciones diplomáticas-, junto al de otros artistas e intelectuales cubanos como Reinaldo Arenas y Néstor Almendros, cuyas vidas también cambiaron para siempre cuando después de abrazar el ideario de la revolución hicieron oír sus primeras disidencias con el régimen cubano. Arenas, el formidable autor de Antes que anochezca y contemporáneo de José Lezama Lima, fue víctima además de una feroz persecución que develó uno de los rasgos más atroces de los autoritarismos: fue encarcelado por su condición de homosexual. Consiguió escapar de ese encierro cuando Fidel Castro autorizó el éxodo de miles de disidentes que se refugiaron en la embajada de Perú y partieron hacia Miami desde el puerto de Mariel. Una vez en el exilio, en Nueva York, Arenas se suicidó a los 47 años.

Miriam Gómez decía que en el extranjero Cuba solía convertirse en el infierno de su marido. Quizás ese sentimiento invade a los exiliados de todos los autoritarismos, que pese a ser hombres libres viven recluidos en la memoria y deben resignarse a no abandonar del todo su patria. Leonardo Padura, el autor de El hombre que amaba a los perros, suele decir que el problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba consiguen salir de la isla.

Esa herida se llama melancolía.

Víctor Hugo Ghitta
La Nación, domingo 28 de diciembre de 2014
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