viernes, 27 de junio de 2014

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Pasados de Dios

Creación colectiva de Moscú Escuela de Teatro. Dramaturgia y dirección: Lisandro Penelas. Asistente de dirección: Lucila Rubinstein. Colaboración artística: Francisco Lumerman. Intérpretes: Martín Speroni, Agustina Arbetman, Carolina Vázquez, Francisco Devita, Ignacio Gracia, Javier Obregón, Lidia Blanco, María Lucía Ortiz, Nahuel Martínez Cantó, Zoilo Garcés, David Subi, Laura Fernández y María Emilia Cejas. Escenografía, Iluminación y Vestuario: Kenneth Orellana Gallardo. Música: Mariano Pirato. Diseño Gráfico: Martín Speroni. Producción: La de Ferécrates.

(Viernes a las 22.30 horas en el Teatro Andamio´90, Paraná 660, CABA, Teléfono: 4373-5670).


La síntesis de la gacetilla resume la obra a la perfección: “Una empresa está por lanzar al mercado un nuevo juguete que esconde un líquido mágico”. En su transcurso se toma conocimiento que esa sustancia es droga que se piensa enviar a Europa desde Buenos Aires vía Montevideo.

Pasados de Dios impresiona sobre todo por su imaginación y coraje. Se ha instalado un delirio de situaciones desopilantes que brindan una comedia brillante con trece extravagantes personajes completamente diferenciados que hacen desternillar de risa al público. Hay una sucesión vertiginosa de cuadros con enredos descabellados y aparentemente sin conexión, hasta que se van engarzando para desarrollar la historia propuesta. Pero esta es una obra de teatristas, donde la actuación y el movimiento escénico son su esencia. Desde el punto de vista dramático no puede menos que evocarse las figuras señeras de Alfred Jarry y Eugène Ionesco y, si uno imagina estar frente a una pantalla cinematográfica, a los Hermanos Marx y, más atrás, a Mack Sennett con sus divertidos slapstick. Y -¿por qué no?- pensar en una coreografía desmesurada de un espectáculo musical, ya que el sonido funciona como un soporte fundamental de la puesta.

Sucede que se ha desatado un caos planetario y los personajes deliran y se atribuyen vidas anteriores (o dotes de brujería, o poderes mentales), lo que provoca un estilo interpretativo exacerbado, propio del clown (en la escuela Moscú funciona un taller de esta especialidad). Un ritmo trepidante se apodera de los actores que deben recorrer las diferentes escenas a toda velocidad y, a la vez -y en semipenumbra-, cambiar la escenografía (ingeniosa y apropiada, como el vestuario y la iluminación).

Pasados de Dios es una prueba de que la creación colectiva puede dar una obra importante, sin fisuras, y donde la creatividad sobresale por su unidad. Claro, para ello se necesita un equipo teatral como éste, dotado de intérpretes, iluminadores, vestuaristas, músicos y escenógrafos con empuje, talento y audacia, y que un director de reconocida trayectoria como Lisandro Penelas esté a cargo de su realización.

Germán Cáceres
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